lunes, 23 de enero de 2012

UN PUENTE SOBRE EL OCÉANO

“Hay un camino sobre el que cruzar este formidable océano de Samsara” [1] afirma un maestro de yoga. Hay un camino sobre el océano de dolor y lucha que es el ciclo de la vida y la muerte, y cada una de nuestras vidas.
Los yoguis creen en diferentes sendas para cruzar este océano de la vida y alcanzar la liberación, entre ellos el karma yoga, el camino de la acción altruista que nos hace salir de nuestro ego para abrazar la unidad del todo. También Jesús, el Maestro de los cristianos, enseñó que toda la ley se resume en amar a Dios con toda el alma y al prójimo como a nosotros mismos. [2]
Amor, compasión, empatía, ternura, discernimiento  tejen este puente. Pues bien, estos sentimientos se han contrapuesto, desde los antiguos mitos grecorromanos, a la fuerza, el vigor, la virilidad, y así son femeninas Afrodita o Venus, la diosa del amor, Deméter o Ceres, la diosa de la vida, Atenea o Minerva, la diosa de la inteligencia, mientras que Ares o Marte es el dios de la guerra. Esta disección del alma humana ha llegado hasta nuestros días y ha marcado desgraciadamente el subconsciente humano. Sin embargo el amor, la ternura, la compasión, la empatía no implican debilidad, blandura o inmadurez,  sino muy al contrario fuerza y coraje obstinado y paciente.  Si observamos la naturaleza, vemos cómo nada es más fuerte y feroz que una hembra que defiende a sus crías, y lo mismo ocurre con frecuencia en el comportamiento humano.
            Quizás llegó la hora de acabar con los antiguos mitos grecorromanos y despertar el alma femenina de la Humanidad. Para ello el primer paso es despertar el sentimiento de orgullo entre las mujeres por el hecho de ser mujer: que jamás renuncien a lo que esto supone. Que no se avergüencen de la ternura que son capaces de dar y que no la escondan cuando caminen junto a sus compañeros en la lucha por un mundo mejor. El segundo paso es ofrecer a los hombres la riqueza del alma femenina, descubrirles que no menoscaba su virilidad el compartir con ellas esos profundos sentimientos que son el fuego, el agua y el pan de la vida. La mano fuerte del hombre sosteniendo el delicado cuerpo de un bebé, cambiando un pañal o dando un biberón, es la imagen que conmueve las entrañas de la tierra y permite seguir creyendo en la grandeza humana. O los brazos fuertes de aquel compañero que pidió una excedencia en el trabajo para ocuparse de la madre con alzheimer mientras su mujer seguía con su carrera profesional. Son signos que nos permiten seguir esperando, por más que el prototipo de varón esté aún muy lejos de este ideal humano y que la tentación de renunciar a su esencia y reproducir las carencias masculinas aceche más de una vez a la mujer. Porque la incapacidad de ocuparse de los otros, de los más débiles, no es más que eso: una carencia. Y la capacidad femenina de cuidar de la vida es la garantía de la supervivencia humana, capacidad que deben desarrollar tanto los hombres como las mujeres.
            Hay un puente por el que podemos cruzar el océano de la vida con dignidad, la frente alta, hombro con hombro hombres y mujeres. Dejando que el paso de nuestras vidas sobre  nuestra madre tierra no la hiera, llevando en nuestros brazos a los más débiles. Creyendo en el futuro.


[1] Swami Sivananda, Iluminación Ediciones Librería Argentina
[2] “…El dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”  Mateo 22,37-41

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