lunes, 4 de junio de 2012

JOSÉ LUIS SAMPEDRO Y EL DEBER DE VIVIR

El domingo 3 de junio tuve el privilegio de ver y oír a este gran hombre (antepongo esta definición a cualquier otra: escritor, filósofo, economista…) en una entrevista en televisión. Entre todas sus reflexiones, quisiera recoger aquí una de ellas: defendemos el derecho a la vida, pero no hay que olvidar el deber de la vida, explicó. Y esta afirmación adquiere más poder cuando quien lo afirma es una persona mayor, que confiesa no temer a la muerte y que soporta estoicamente todas las cargas de la vejez.
Hombres como él son un soplo de aire fresco que nos confirma en nuestros principios de responsabilidad vital. Como Víctor E. Frankl, cuando afirmaba que no hay que pensar en lo que podemos esperar en la vida, sino en lo que la vida espera de nosotros, José Luis Sampedro afirmaba con la sencillez de un niño que aunque no le importaba morir aceptaba su deber de vivir por su mujer, que era así más feliz. A lo largo de nuestra existencia, la vida nos va poniendo diversas tareas: pequeñas o grandes, domésticas o sociales, casi invisibles o notorias: poco importa, lo que cuenta es aceptarlas con generosidad y entregarnos a ellas con coraje y alegría.
Lo que cuenta es llegar al final de nuestro camino con el alma ligera y cálida. Algunos me dicen que he sido tonto, que no me he aprovechado de las oportunidades, comentaba en la entrevista. No es un hombre que se haya enriquecido, que haya medrado a costa de los demás. Es un hombre honesto, rara perla en nuestro mundo. Y sin embargo, es esa perla por la que vale la pena vivir y darlo todo.
Compartí la tarde con un pequeño grupo de gente que se opone al proyecto Eurovegas. Sentados bajo las últimas encinas de Alcorcón, comentaban todo el poder corrupto que se esconde bajo el proyecto y sus consecuencias sociales y ecológicas. Y pienso que en aquella gente latía la misma convicción del gran hombre, la misma responsabilidad vital, la misma esperanza. Y que no hay poder en la tierra capaz de apagar la dignidad humana. Siempre renace.

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