jueves, 29 de mayo de 2014

RESACÓN


Suele ocurrir después de una noche de juerga. Y después de unas elecciones, de esa subida de adrenalina de una campaña electoral y de los efectos del éxito o el fracaso, de los objetivos alcanzados o la frustración amarga en el caso contrario.
Antes del día de las elecciones, hay una jornada de reflexión; después, debería haber más de una.
Y yo me hago mis propias reflexiones esta tranquila mañana. Son personales, aunque realmente todos absorbemos el pensamiento de los demás, lo digerimos más o menos, y lo hacemos nuestro.
Será porque soy libra, o simplemente porque me gusta el equilibrio y la armonía entre opuestos porque a lo largo de mi vida, ya un tanto larga, la experiencia me ha enseñado que no existen verdades absolutas, o casi ninguna. Y así voy escribiendo mis twits, pequeñas síntesis que ahora recojo aquí:
Pienso que este momento es crucial para avanzar, sin pendular entre dos polos que se han degenerado y han dado origen, de Este a Oeste, a auténticos desastres sociales y medioambientales. Constato el binomio izquierda-derecha, que se alza como únicas coordenadas capaces de señalar el punto justo donde situarnos, haciéndose cada uno de sus polos dueño en exclusiva de principios que deberían ser irrenunciables para todas las personas: la igualdad a la izquierda, la libertad a la derecha (perdonad la simplificación). Y me pregunto por qué no romper este círculo vicioso y armonizar ambos derechos inscritos en nuestros genes de seres sociales y al mismo tiempo conscientes de nuestra unicidad.  Igualdad y libertad, ¿por qué no?

Siempre me ha molestado el maniqueísmo, el dividir el mundo y las personas entre buenos y malos. No hay buenos y malos: cada una somos capaces de las mayores atrocidades o heroicidades, también el pueblo que conformamos. No hace ni un siglo que un pueblo votó por mayoría a quién se convertiría en uno de los más crueles verdugos de la humanidad: Hitler. Bastó con remover algunos de los sentimientos más rastreros de los seres humanos, como el resentimiento o la envidia, y señalar a una víctima sobre la que descargar las propias frustraciones. Y mucho más cerca, en el espacio y en el tiempo: el 25% obtenido por Le Pen en Francia en las actuales elecciones europeas. Resentimiento y envidia, como también son sentimientos negativos la avaricia, la ambición y la soberbia que late en la ideología neoliberal que tantos defienden. Es fácil un discurso demagógico que toque una u otra tecla, porque estas teclas, todos las tenemos en nuestras entrañas. Las circunstancias harán que sean unas u otras las que se toquen, y nuestra capacidad de discernimiento la que nos hará capaces de ser libres y no dejarnos manipular.

Por eso echo en falta un relato histórico y social que cuente todas las atrocidades pasadas y presentes de ambos extremos. Y la imaginación, la frescura creativa, que nos haga progresar e inventar el futuro, alimentándonos de todos los logros conseguidos sin perpetuar los errores.

Todo esto para ofrecer una alternativa que encierre una propuesta positiva para nuestra gente: la gente de mi país, de mi ciudad, de mi barrio. Gente normal, como la mayoría de nuestros conciudadanos, ni ricos ni pobres, que han trabajado duro para tener lo que tienen, que han ahorrado para ayudar a sus hijos, que han pagado sus impuestos y cumplido con sus deberes para con la sociedad. Trabajadores, o pequeños y medianos empresarios, y no por eso perros de la derecha, capaces de sentir el dolor propio y ajeno, y de comprometerse y trabajar para aliviarlo. Y gente a la que un sistema inhumano ha arrojado a la cuneta de la marginalidad de la noche a la mañana, como material desechable, con un encogimiento de hombros del que lo ve como algo inevitable, como daños colaterales. Y más allá, los hombres y mujeres que se cuelgan a las vallas de Melilla, o naufragan frente a Lampedusa, o caen en manos de mafias en la frontera Mejicana...Por toda esta gente hay que comprometerse, con rigor y responsabilidad, porque es mucho lo que nos jugamos; no es una noche de juerga, no es la victoria de nuestro equipo celebrada en Neptuno o Cibeles. No son palabras ni discursos (el papel lo aguanta todo, le oí a un amigo). Es asumir nuestro compromiso social y ponernos manos a la obra, buscando un mundo equitativo, en el que nadie viva a costa de otras personas sino que todas participen según sus capacidades en el trabajo, y en el beneficio según sus necesidades, y en el que nadie sea discriminado por ningún motivo.

Siempre pensé que en EQUO encontraría esta respuesta, y lo sigo pensando. Y deseo que nunca renunciemos a nuestra identidad, que seamos capaces de colaborar con los que comparten con nosotras las mismas causas, siempre que eso no suponga dejar de ser nosotras mismas.


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