viernes, 10 de abril de 2015

El laicismo, excusa para la guerra o garantía para la paz

Laicismo
Laicismo, una pieza clave en la construcción de una alternativa social y política.

Cuando se aborda la cuestión del laicismo, nos encontramos con posturas muy diversas, incluso enfrentadas, ante su tratamiento. Considero muy importante clasificar estas posturas, aún a sabiendas que todas las clasificaciones pueden pecar de simplistas.
En primer lugar, señalar que el laicismo no es nada nuevo ni inventado por las nuevas corrientes alternativas que despuntan en el panorama de nuestra sociedad española. Intentaré más adelante resumir el significado y la implantación o rechazo del laicismo en los últimos siglos dentro y fuera de nuestras fronteras.
Existe un amplio sector de nuestra sociedad que se siente ajeno a la cuestión del laicismo. Son principalmente jóvenes, con posturas muy escépticas y críticas ante el actual sistema político y social. Indiferentes o desconocedores, cuando no visceralmente enfrentados a todo lo que tenga relación con la religión,  no sienten el laicismo como un tema especialmente importante y al que se le deba dedicar demasiado protagonismo dentro de las propuestas programáticas, o proyectos políticos o sociales alternativos.
Existen también sectores más interesados y conocedores del significado de una propuesta de laicismo, pero que prefieren obviarlo porque presienten que podría suponer un escollo para cualquier alternativa que pudiese presentarse y que lo incluyese en su programa. O incluso temen que pudiera despertar fantasmas del pasado reciente de nuestra historia.
Frente a estas dos posturas, para las que el laicismo es un tema tangencial al que no se le debe prestar mayor atención o que se debe incluso obviar, existen otras dos enfrentadas con mayor o menor virulencia, dependiendo de las circunstancias. En algunas ocasiones pueden aceptar una relativa convivencia, pero en otras el enfrentamiento puede hacerse incluso violento. Se trata de sectores vinculados de algún modo, por lazos familiares, ya sean de consanguineidad o en un sentido más amplio de pertenencia a un grupo religioso o político. En todo caso se trata de personas ligadas por la propia experiencia o por la de sus mayores a los dos sectores que se enfrentaron desde la época de la II República en nuestro país: el sector republicano partidario del laicismo y la Iglesia Católica que luchaba por mantener la posición de poder que había gozado con la Monarquía dentro de la sociedad española.
                Para los herederos del republicanismo laico, conseguir la instauración de un gobierno laico supondría una victoria después de tantas décadas de derrota y humillación. Las tensiones anteriores a la guerra civil, y su estadillo posterior con todo el reguero de dolor y muerte que causó, hirieron profundamente a nuestra sociedad. En primer lugar, frente a los republicanos laicos el Alzamiento Nacional se proclamó como una Cruzada salvadora contra la impiedad y el ateísmo, y el ejército rebelde se rodeó  de toda una simbología religiosa que manifestaba la alianza con la Iglesia Católica Española. La victoria de los nacionales implicó la victoria de la Iglesia Católica, que como aliada del Alzamiento vio reforzados sus privilegios. Para los republicanos, a las heridas de la guerra y la derrota, siguió la humillación de la posguerra y la Dictadura. Sentirse obligado a unas prácticas de una religión que no se comparte es una de las mayores violaciones del derecho humano de libertad de conciencia, y esto se agrava si en nombre de esa religión se han bendecido a los ejércitos enemigos. Y sin embargo eso ocurrió una vez más, como tantas otras veces en la historia, a partir de 1939 en nuestro país. “Nos obligaban a no trabajar los domingos, y a asistir a Misa. Mi padre tenía que ir al campo, a segar, pero la Guardia Civil no se lo permitía. Nos obligaban a confesarnos…” He oído estos relatos a mis vecinos, es difícil aceptar que eso haya ocurrido hace no tanto tiempo y no en un país ajeno a la civilización, aceptar que es parte real de nuestra historia y que ha dejado profundas heridas en gran parte de nuestra sociedad. Y esas heridas jamás fueron sanadas, más bien se las ocultó y silenció, esperando que el paso de los años acabara por hacerlas olvidar. Pero si es cierto que una parte considerable de las generaciones jóvenes es ajena a esta reivindicación, aquellos para los que el laicismo es un derecho irrenunciable han conseguido trasmitir su apuesta a otra no menos considerable parte de las nuevas generaciones. A esto se añade la influencia manifiesta de la Iglesia Católica durante los gobiernos conservadores del Partido Popular, que encuentra a su vez un interés electoralista en perpetuar esta alianza. El intento de imponer la moral católica y conseguir que sus preceptos adquieran rango de ley en temas como el aborto o el matrimonio de homosexuales y su derecho a la adopción es una prueba de ello, lo que provoca la indignación de los colectivos afectados y en general del sector social opuesto a esta prueba de la confesionalidad del gobierno.
Antes de continuar con el desarrollo de este punto, quisiera adelantar el propósito fundamental que debería motivar la propuesta de laicismo: no se trataría en ningún modo de abrir las heridas, sino de hacer un esfuerzo sincero por curarlas.
Frente a los herederos del republicanismo laico y su derrota, está la España de los vencedores. Con el paso del tiempo, muchos de ellos no son conscientes de esta profunda brecha que divide en dos a nuestro país. Se sienten cómodos en un Estado que los protege y se muestra amigo, y se inquietan ante cualquier amenaza a su situación privilegiada. Son los fieles de la Iglesia Católica Española. Cuando se habla de Iglesia en general, o de Iglesia Católica en particular, es muy importante distinguir entre la Jerarquía y su estructura, y los fieles. Es a nivel de la Jerarquía donde la religión se muta en política y el servicio en deseo de poder. Y si es cierto que la Jerarquía de la Iglesia Católica ha sido y continúa siendo un poder fáctico en el mapa político español, entre la mayoría de los fieles es la motivación religiosa la que los hace  temer cualquier cambio que suponga un peligro para sus creencias. Hay que mencionar también a un sector no pequeño de fieles a la fe cristiana, comprometidos socialmente y críticos con el posicionamiento político de la Jerarquía que consideran una degeneración de la esencia del cristianismo.
 Las creencias religiosas constituyen una parte vital de la psique humana. Del mismo modo que repugna imponer unas prácticas religiosas a un no creyente, perseguir, discriminar o humillar a una persona por sus creencias resulta igualmente un ataque  al derecho a la libertad de conciencia. En ambos casos, se trata del núcleo de nuestra esencia humana: la libertad de concebir y vivir la realidad según la propia conciencia. En este punto quisiera aclarar ciertas críticas al adoctrinamiento religioso, tan denostado por algunos. Pienso que todas las personas de un modo u otro somos adoctrinadas a lo largo de nuestra vida, y que todas del mismo modo adoctrinamos en mayor o menor medida, sencillamente porque somos seres sociales y como tales se nos cría y criamos a nuestra prole. Lo que sí es cierto es que todos los individuos poseen la capacidad de rebelarse, de elegir, de hacer su propia opción vital, en muchos casos justo la opuesta a la heredada.
Las persecuciones religiosas han existido siempre, con más o menor virulencia y crueldad, y en definitiva ha sido siempre el pueblo el que ha sufrido por sus creencias o su ausencia de ellas. También muchas personas católicas sufrieron en España en el periodo de la II República y durante la contienda fratricida, personas inocentes que fueron perseguidas, humilladas y asesinadas por el hecho de ser católicas. Más de cien edificios religiosos, conventos e iglesias ardieron en Madrid ante la inoperancia del Gobierno en mayo de 1931, año en el que por primera vez se proclamó un Estado Laico en España. Y entre febrero y julio de 1936 con el Gobierno del Frente Popular fueron más de 6000 los miembros del clero asesinados.
La mejor manera de comprender la historia es intentar contemplarla desde la perspectiva del otro. Solo una visión desde perspectivas diversas, incluso opuestas, nos acercará a la realidad, compleja y plural, tan lejana del relato de uno y otro bando, cuya parcialidad es evidente de modo especial en las imágenes de carteles o películas donde se usa la misma iconografía de buenos-héroes-santos frente a malos-villanos- verdugos, y cuya diferencia, a parte de los uniformes o hábitos, es que cada bando distribuye los papeles a su conveniencia.

Hubo, y aún hay, dos Españas. Hubo, y aún hay, dos relatos de lo ocurrido. Es preciso reconstruir el relato de luces y sombras en el que un pueblo roto se enfrentó en una guerra fratricida en la que por una parte hondearon, como una blasfemia, banderas con la cruz del Príncipe de la Paz, y en la que por otra se identificó a los católicos con el enemigo del pueblo, y se persiguió y asesinó a muchos inocentes generalizando de modo injusto.
Es importante analizar la reivindicación de un gobierno laico en la II República y las consecuencias de dicho proyecto truncado por la Guerra Civil y el triunfo del nacionalcatolicismo. Algo se hizo mal, y estamos obligados a aprender de la historia y a no repetir los errores. Quizás el paso del tiempo y el distanciamiento con lo ocurrido nos pueda ayudar a rescatar el proyecto del laicismo, un proyecto que despertó el revanchismo, la ira, el terror y la violencia, y que pudo ser una excusa más para lo que jamás debió ocurrir: la guerra civil española.

El laicismo, excusa para la guerra o espacio para la paz.
Es comprensible la reticencia de muchos cuando se propone presentar el laicismo como parte de un proyecto o programa político. En primer lugar por motivos simplemente electoralistas. Hace unos días acudí a un acto organizado por una comisión de afectados por los desahucios. El drama de la pérdida de la vivienda, que pisotea cada día uno de los derechos fundamentales de las personas, parecería no poder dejar indiferente a nuestra sociedad, sin embargo la mente humana es capaz de habituarse a cualquier horror. Quizás fuese por la poca difusión, pero el acto estuvo poco concurrido a pesar de la categoría de los ponentes. El luchar por la recuperación de este derecho se presentaba como un punto irrenunciable para una propuesta política alternativa. Al salir de la reunión me tropecé en plena calle con un grupo mucho más numeroso agolpado entorno a un sacerdote vestido con casulla y portador de una cruz.
El catolic¡ismo ha calado profundamente en nuestra sociedad, un catolicismo que se aferra a sus tradiciones como signo de identidad especialmente si como grupo se siente amenazado. Y los partidos conservadores lo saben y sabrán utilizar y azuzar estos temores en su propio favor.
Por el contrario, algunos partidarios del laicismo temen exponer abiertamente su postura.
A los motivos electoralistas se suma el sentimiento de responsabilidad social, el temor no ya a perder votos sino a las consecuencias de gestionar mal la propuesta de laicismo y su implantación, como ocurrió por la intransigencia de unos y otros la primera vez que en nuestro país se proclamó el Estado Laico con la constitución de 1931.
Sin embargo, la sociedad actual está harta de manipulaciones y engaños, y tiene derecho a ser informada. A cualquier alternativa política que se presente, la sociedad tiene el derecho de exigirle que cumpla lo que dice  y que no oculte lo que tiene intención de hacer. Pienso que esto es uno de los principios básicos exigibles al ejercicio de la política. El laicismo deberá ser presentado como propuesta y aplicarlo, o si no se presenta dentro de un programa no se deberá posteriormente tomar medidas para imponerlo. 
¿Será de nuevo el laicismo una excusa para el enfrentamiento y la guerra? Esta es la pregunta que puede inquietarnos pero que no debe impedir que busquemos una solución a una cuestión sin resolver. Pienso en la importancia del cómo y el por qué para que una acción sea beneficiosa. El laicismo no es un tema secundario, porque afecta a sentimientos y heridas muy profundas, por eso es tan importante analizar bien el por qué afrontarlo y el cómo implantarlo.
La motivación de nuestras acciones las impregna, es la raíz que transforma sus frutos en saludables o venenosos. Si tenemos en cuenta que el laicismo enfrentó a nuestro pueblo y acarreó violencia y sufrimiento en ambos bandos, es evidente que en la raíz de su reivindicación o de su rechazo puede haber motivaciones de revancha y de intransigencia. Estas motivaciones no harán más que profundizar y envenenar aún más las heridas pasadas.
Hace falta una catarsis profunda que nos libere del pasado y nos haga afrontar el futuro con esperanza.
La Iglesia Católica Española confunde la religión cristiana con derecho a privilegios sociales, y cualquier atisbo de pérdida de estos privilegios, lo identifica con persecución religiosa. El Papa Benedicto XVI manifestó este sentimiento respecto a la situación de la Iglesia Española, probablemente por la influencia y la información recibida de la Jerarquía. La Iglesia Española no es consciente de que esta situación privilegiada supone en realidad un secuestro del cristianismo por parte de los poderes políticos y económicos que saben hacer buen uso para su propio interés de este hermanamiento. Supone sobre todo un alejamiento de las raíces del cristianismo y del mensaje del Evangelio, un mensaje que anteponía la unión con Dios, el amor al prójimo y el servicio a los más necesitados a todas las tradiciones de los hombres, al poder y a la riqueza. A pesar del cambio esperanzador que intenta introducir el nuevo Papa Francisco, que ha expresado abiertamente ser partidario del laicismo, separación del poder del Estado y la Iglesia, existen en España amplios sectores ultraconservadores cuya intransigencia es evidente y que no ven con buenos ojos la postura del nuevo Papa.
Frente a la postura de un catolicismo intransigente, existe una no menor intransigencia de un sector del ateísmo, que considera la religión como el opio del pueblo y que se siente comprometido con el deber de extirpar esta tara social, fruto de un largo periodo de adoctrinamiento. Nadie puede negar el esfuerzo del comunismo chino o de la Unión Soviética por borrar toda traza de religión en sus ciudadanos con métodos que son un flagrante atentado contra los derechos humanos universales. El adoctrinamiento del pueblo llevado a cabo por estos gobiernos y las campañas de propaganda no tienen nada que envidiar al adoctrinamiento de la Iglesia Católica. Esta postura no reconoce que lo que califica como opio alienante es para muchas personas motor para el compromiso social.
Nada distorsiona más la visión de la realidad que el maniqueísmo, la simplificación mental que nos hace trazar una línea en el suelo para separar el Bien del Mal, los buenos de los malos. En el caso que nos ocupa el maniqueísmo es el núcleo de la intransigencia dogmática de uno y otro bando. Para plantear el laicismo y ponerlo en práctica de modo que suponga la creación de un marco de convivencia pacífica y civilizada, es imprescindible superar dicho maniqueísmo e intransigencia fanática. Antes de construir el edificio, será preciso sanear los cimientos.
¿Es el momento de un nuevo intento de implantar el laicismo en nuestro país? ¿Hemos llegado al nivel de civilización suficiente para afrontar el problema superando la intransigencia de unos y otros?
Al temor de repetir los errores del pasado podemos contraponer el temor de dejar pasar una oportunidad inigualable de construir un nuevo marco de convivencia entre los españoles. Pienso que la solución solo se podrá lograr por el diálogo lúcido y generoso de personas de mentes abiertas de uno y otro bando, movidas únicamente por el compromiso social y el deseo de un orden que garantice la paz, la igualdad y la convivencia pacífica entre todas las personas.
                Pienso que el momento actual ofrece una serie de circunstancias favorables a este nuevo intento. En primer lugar, la experiencia de los errores del pasado; es imprescindible un análisis y divulgación lo más imparcial posible de lo ocurrido en 1931 y en los años posteriores. Dependerá de la objetividad de este análisis que la historia reciente sirva de maestra y nos muestre el camino correcto. En segundo lugar, existe en este momento en la Iglesia Católica una figura excepcional, el Papa Francisco, que puede legitimar la apuesta por el laicismo del pueblo español y de un sector de católicos. “ La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad” afirmó el Papa Francisco en Rio de Janeiro el 27 de julio de 2013.
Otra circunstancia positiva es la evolución cultural de la población, abierta a otras formas de culturas, incluyendo también otra espiritualidad y otras concepciones religiosas. La apertura cultural, el acercamiento a la cultura y a religiones orientales mucho más tolerantes como puede ser el budismo, puede ser un motivo de superación de la intransigencia dogmática del siglo pasado. Por último, los terribles acontecimientos de estos últimos tiempos en aquellos lugares donde se intenta implantar el sistema antagónico al laicismo, la teocracia, en el autoproclamado Estado Islámico, pone en evidencia que la necesidad de construir un marco de convivencia pacífica y civilizada. El laicismo se ofrece como garantía de este marco.
El laicismo en el panorama político actual
El estado laico no es una teoría sino una realidad en la actualidad. Esta realidad contrasta por su nivel de respeto a los derechos humanos universales con la de otras realidades que en un extremo y otro de la relación Religión_Estado existen también en el siglo XXI: las teocracias y los gobiernos opuestos a la libertad de conciencia y de culto.
La teocracia es uno de los extremos opuestos al laicismo. En un Estado Teocrático, el gobierno afirma gobernar en nombre de Dios y los líderes gubernamentales coinciden con los líderes de la religión dominante. El caso más claro es el autoproclamado Estado Islámico, pero existen otros como la República Islámica de Irán o casos ambiguos como Arabia Saudí o Marruecos, cuyos respectivos Reyes son también los líderes espirituales. Aunque no es propiamente una teocracia, la religión puede también usarse para legitimar a un gobierno, como ocurre en los regímenes monárquicos cuya autoridad de se supone deriva de Dios lo que la hace hasta cierto punto incuestionable. Otro ejemplo peculiar de teocracia es el Estado del Vaticano.
Frente a los Estados Teocráticos, en el otro extremo opuesto al laicismo, existen Estados que de forma más o menos encubierta practican la persecución religiosa. Aunque se define como laica, es el caso de la República Popular China respecto a los cristianos, los budistas del Tibet o los musulmanes uigures. Los consideran una amenaza e intentan imponer su control sobre estas religiones. En estos casos, en lugar de una alianza e identificación como ocurre con las teocracias, existe una hostilidad.
El laicismo se puede situar en un punto equidistante entre ambos extremos, supone simplemente la separación entre el Estado y la Religión.
Son numerosos los Estados que se declaran laicos en la actualidad, más de 37 solo en Europa, entre ellos España, aunque en la realidad algunos distan de serlo en la práctica y existen lazos estrechos con diferentes confesiones.
Francia es uno de los países con una clara vocación de laicidad y separación entre la religión y el Estado. Esta tradición de remonta a la Revolución Francesa, a la abolición de los privilegios de nobles y clero, y al fin de la Monarquía. Pionera en la proclamación de los derechos universales de las personas, y a su defensa de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la República Francesa se ha declarado siempre laica.

Por qué un cristiano puede ser partidario del laicismo.
El laicismo supone la separación entre la religión y los poderes del Estado. Lo que para parte de la Jerarquía, de modo especial la española, se considera una persecución por la pérdida de privilegios, para muchos cristianos que buscan en la figura de Jesús una inspiración supone el fin de un largo y penoso secuestro.
Apostar por el laicismo no supone renunciar a las propias creencias, sino a imponerlas a los demás por alianzas con los poderes políticos que tienen como consecuencia la identificación del catolicismo con el poder y el dinero, con el consecuente rechazo de los no creyentes.
Pienso que la figura de Jesús y su Evangelio deberían estar desligados de cualquier poder político y mostrarse como patrimonio de la Humanidad, ya sean considerados como revelación o como mito, pero en todo caso como una respuesta a la búsqueda del sentido de la vida del ser humano.
Para los creyentes cristianos, Jesús es la revelación de Dios a los hombres y así lo aceptan por un acto de fe. En torno a la figura de Jesús, la comunidad de sus fieles construye una Iglesia, y un entramado de dogmas, ritos y preceptos, cuya historia muchas veces se aleja de la esencia primigenia del Evangelio, incluso la contradice. Sin embargo,  a través de esta Iglesia, incluso me atrevería a decir a pesar de ella, de sus dogmas, ritos y  preceptos, muchas personas a lo largo de los siglos y a lo ancho de toda la tierra han encontrado un sentido  y una motivación positiva para sus vidas.
Para otras muchas personas, la figura de Jesús no deja de ser un mito más con el que el ser humano intenta dar una explicación a lo inexplicable, y la Iglesia una invención humana, una estructura social con mecanismos de dominio y control. Las alianzas entre esta Iglesia y el poder político hacen que aquellos que optan por esta postura se reafirmen en ella.
“ Y tú ¿quién dices que soy yo?” me siento interpelada. Pienso que Jesús, revelación o mito, puede dar un sentido profundo a la vida humana, capaz de transformarla y sostenerla en el breve tiempo de su existencia. Y que este sentido se ofrece a todos los hombres y mujeres, dentro y fuera de la Iglesia, dentro y fuera de todas las creencias o su ausencia.
Jesús significa afirmación de la existencia, conciencia de que la existencia es un don gratuito, un don positivo. Existimos, tomamos conciencia de nuestra existencia y de su gratuidad. Jesús nos hace descubrir a un Dios Padre y un amor en el que somos y existimos. Jesús significa que existimos porque somos afirmados, amados.
Jesús significa superación del sufrimiento, del dolor y la muerte; tomamos conciencia de ese tremendo sufrimiento que es la vida humana, y encontramos el camino y la puerta para atravesarlo. La muerte y la resurrección de Jesús significan que hay una razón para la esperanza. Al dolor incomprensible se le da una respuesta: alguien lo comparte con nosotros, sufre con nosotros y nos señala nuestro lugar en la vida: nunca al lado del verdugo o el indiferente; el infierno se hace transitable por la compañía de quien nos ama.
Jesús significa la liberación de la estrechez del ego individual al abrirnos a los otros, al amarlos como a nosotros mismos, es el sentido de la fraternidad universal, la motivación profunda que cambia nuestras acciones en actos fraternales.
Jesús significa dignidad humana, hasta límites insospechados.
Jesús significa bajada a los infiernos para humanizarlos de la única forma posible.
Jesús significa “estoy contigo, estoy con vosotros”. Significa compañía más allá del tiempo y del espacio.
Descubrir este sentido a nuestras vidas, inspirarse en él, puede cambiarnos y esto lo hace real, con la verdadera realidad: la que es transformadora.
Jesús significa ese punto de encuentro absoluto entre la existencia y su fuente y entre todo lo que existe. Es el abrazo que nos arranca del dolor, nos reconcilia con nosotros mismos y con los demás, con nuestra existencia finita, el sufrimiento y la muerte.
Este sentido de la vida, le llamemos o religión o espiritualidad, o simplemente sentido, no es exclusivo del cristianismo, existe en la mayoría de las religiones, y en muchas ideologías ateas o agnósticas.


El laicismo puede ser en este comienzo del siglo XXI garantía para la convivencia pacífica y civilizada de todas las personas, y el medio favorable para el desarrollo de una nueva espiritualidad humana.

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