martes, 5 de enero de 2016

El tercer ojo.


Son varias las religiones que hablan de un tercer ojo, un concepto místico que hace referencia a un hipotético ojo invisible que proporcionaría una percepción más allá de lo que se podría percibir con la vista ordinaria. Este concepto, como otros muchos ligados a creencias religiosas, es aceptado sin dificultad por creyentes pero fuertemente rechazado por agnósticos o ateos.

Sin embargo, pienso que esta idea puede separarse sin necesidad de forzarla de su carácter religioso. “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos” decía el Principito, de Saint-Exupèry. Siglos antes, el matemático, físico y filósofo Blaise Pascal afirmó: ”El corazón tiene razones que la razón no entiende”. En estos casos no se habla de un tercer ojo, pero sí de otro órgano perceptor de lo esencial.
Ojo, corazón, son metáforas que intentan expresar otro modo de percibir la esencia de las cosas.


En la era de las prisas y la superficialidad, de las apariencias y el espectáculo, de la acción desenfrenada a veces sin rumbo ni coherencia, de las relaciones con las otras personas y con la Naturaleza sin empatía, como puros objetos para la satisfacción personal e individual, necesitamos un antídoto para la ceguera. El tercer ojo, o el corazón, o la inteligencia emocional, o la empatía, como queramos llamarlo; concepto religioso, o psicológico, o sociológico, pero una perspectiva nueva que suponga un paso hacia la realización de un modelo distinto de individuo y de sociedad.


Es preciso el silencio y la quietud para desarrollar este tercer ojo, sin él la acción se transforma en un barco sin timón arrastrado por los caprichos del mar. Pero es preciso que esta nueva mirada se transforme en acción positiva. La raíz y los frutos deben ir unidos. Sin raíz, el árbol no dará frutos que alimenten al viajero. Sin frutos, la raíz es estéril.

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