domingo, 29 de mayo de 2016

El valle de los narcisos. (1)

He decidido compartir con las personas que se asoman a mi blog las novelas que guardo en mis cajones, esperando un editor o terminar un día en el contenedor de papel. La presente novela corta, "El valle de los narcisos" fue finalista en el XLVII certamen Ateneo Ciudad de Valladolid. Y allí termino su recorrido, hasta hoy, que la dejo caer por aquí, capítulo a capítulo, semana a semana, en las tardes tranquilas de los domingos. La escribí con el recuerdo de mis alumnos, con toda la humanidad que he descubierto en ellos en mi trabajo como profesora.




PRÓLOGO 
            Cuando David se presentó en mi despacho con su manuscrito, no me sorprendí: hacía tiempo que venía observando sus dotes de escritor a pesar de no ser más que un alumno de Bachillerato. Y tengo que reconocer que no podía evitar un cierto sentimiento de envidia. A mis cincuenta y dos años, yo tenía guardados en un cajón de mi despacho los manuscritos de cinco novelas que habían recorrido un largo peregrinaje de editorial en editorial sin conseguir salir a la luz. Sin contar la pila de versiones corregidas que amontonaba sobre el armario de mi habitación y que luego reciclaba usando el reverso en blanco de las hojas como borrador para mis nuevas novelas. Aquello estaba resultando un largo y doloroso parto.


            Organizar talleres de escritura con mis alumnos fue una manera de consolarme. Les aconsejaba sobre cómo escribir una novela (aprovechaba la ocasión para leerles algún párrafo de las mías). Fue en uno de estos talleres donde conocí a David.
            David me presentaba  relatos breves que yo corregía con paciencia. No estaban mal, pensé al principio. Cada vez eran mejores, tuve que terminar por reconocer. Hasta que me presentó el manuscrito de su novela corta este mes de septiembre, a la vuelta de las vacaciones. Yo también había sido testigo de los hechos que relataba, aunque sin estar tan implicado como él en lo ocurrido. Incluso tengo que decir que se me había pasado por la mente la idea de escribir mi propia novela basándome en lo que sucedió. Pero aquel muchacho se me había adelantado.
            "Está  bastante bien, David" le comenté‚ después de una primera lectura, intentando que mi sonrisa no dejase transparentar la envidia que me recomía. Él se quedó mirándome con sus ojos de miope, y por un segundo temí que estuviese leyendo mi pensamiento, o más bien, que lo estuviese oliendo. Los muchachos son así, pueden ver lo que nuestros ojos cansados son incapaces de percibir. "No me he atrevido a corregirlo- le dije, como si así pudiese despistar su percepción- sólo alguna tilde, y algún signo de puntuación".

            David me ha pedido que le escriba el prólogo de su novela. Se la van a publicar. He vuelto a dedicarle una sonrisa forzada. Tengo que reconocer que él ha sabido ser testigo de lo que ocurrió con el asombro de unos ojos que aún no se han fatigado de contemplar cómo pasa la vida.


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