domingo, 19 de junio de 2016

El valle de los narcisos (capítulo 3, continuación )

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            Al día siguiente detuvieron al padre de Oscar. Al padrastro, mejor dicho.
            Lo habían encontrado detrás de la tapia del cementerio viejo, con otros yonquis. "Por ahí andará, hace días que no duerme en casa", les había dicho la madre de Oscar a la policia.
            Yo lo había visto algunas veces. La primera vez fue Oscar quien me lo señaló: "Ese es el cabrón de mi padre", dijo cuando lo vio rondando por el parque. "Bueno, es el tío que vive con mi vieja", me explicó. Era un hombre joven. Debía de haber sido alto, aunque ahora andaba encorvado. Tenía el pelo largo, que le ocultaba la cara y le hacía parecer aún más flaco y demacrado si cabe. Iba hablando solo, con los ojos perdidos en sus pesadillas.
            -¡Eh, Oscar! Ven acá - gritó al ver al muchacho.
            Oscar se paró en seco y se agarró a mi brazo. Fue un movimiento instintivo, todo su cuerpo estaba rígido como el de un gato callejero, preparado para saltar sobre su presa, o para huir, con el oído atento y con un extraño brillo en los ojos medio entornados.
            -¿Qué pasa, chaval? ¿Ya no se saluda?
Imagen: fotolog.miarroba.es

            Se nos había acercado en dos zancadas. Olía mal; esa es la sensación que más recuerdo: el olor. No era ni a tabaco, ni a alcohol, ni a sudor ni a orín. Era un olor más pegajoso, entre dulzón y agrio, sofocante, que me hacía sentir como si tuviese la cabeza debajo del agua y necesitase tomar una bocanada de aire limpio. El padre de Oscar llevaba unos pantalones grises, con el bajo raído, y una camiseta granate, arrugada y con sombras pardas en las axilas. Tenía barba de varios días. Sonreía mostrando una boca desdentada, y el aire y la saliva se le escapaban entre los dientes amarillentos al hablar.

sábado, 18 de junio de 2016

El camino es el regalo, y la risa compartida.

Interrumpo la entrega de los capítulos de "El valle de los narcisos", novela de ficción inspirada y ambientada en un Instituto Público de Madrid, para hacer un breve relato de una experiencia que concluyó ayer con la representación de una creación teatral en el IES Josefina Aldecoa, de Alcorcón.
Siento que me faltan las palabras, no las hay para contener lo que sentimos ayer y lo que hemos sentido todos los viernes de este curso escolar, de 14:15h a 15:15h. 
¿Por qué todos los viernes, al terminar las clases estábamos todos como un clavo en el salón de acto? ¿Por qué? Eva,Carmen, Sandra, Sara, Nevina, Fatima, Rosana, David, Vicente, Pablo, Oscar, Cabañas,Benjamín, chicos y chicas de distintos niveles, desde primero de la ESO a Bachillerato. Y María Jesús, la profesora de lengua, y Francis, nuestro director. Y yo, que después de 7 años de estar jubilada no consigo desengancharme...


 No contaba para la nota de ninguna asignatura, no había ningún premio, ningún concurso, pero estábamos allí. Estábamos allí para crea nuestra propia obra, nuestra propia historia, para ser cada una el personaje que queríamos ser y para reírnos de él. Para disfrutar y reírnos de la vida, y sentir que reír juntas, dejar volar la imaginación, ser un equipo, crear juntas una sola historia valía la pena: después de una mañana de estudio, sin comer ( con algunos gusanitos que compartíamos para matar el hambre) estábamos  allí.
La vida puede parecer a veces una broma pesada, pero si tenemos la suerte de compartir con otras personas la risa, entonces todo es posible. Porque la risa compartida supone amistad, cariño, fuerza.
Y eso lo hemos sentido este año. Y libertad para crear y ser cada una lo que quería ser, sin complejos.
Hay sin duda, otra manera de educar.
Nos ha salido bien, estoy satisfecho, genial, os quiero ( comentábamos por whatsapp, sin miedo de mostrar los sentimientos) Y más importante que el resultado, lo bien que lo hemos pasado. Porque el camino es el regalo.
Gracias a todos y todas,  Eva,Carmen, Sandra, Sara, Nevina, Fatima, Rosana, David, Vicente, Pablo, Oscar, Cabañas,Benjamín, por ser como sois y por permitirme sentirme una más; gracias Francis, por enseñarnos a crear un personaje, por tus consejos y tus sugerencias; gracia María Jesús, compañera y amiga. Gracias al IES público Josefina Aldecoa, por permitir crear estos espacios mágicos.

domingo, 12 de junio de 2016

Utopía, que no es lo contrario de realismo sino de mezquindad, utopía como generosidad transformadora, lucidez y coraje.

Viernes 10 de abril: comienza la campaña para las elecciones del 26J. Me han invitado a una charla coloquio, no se trata de ningún acto de precampaña. Es un encuentro con Joan Carrero, mucho menos conocido que cualquiera de los protagonistas que estos días nos bombardean con sus promesas electorales. “Pacifista mallorquín. Fue candidato al Premio Nobel de la Paz en 2000 por la labor realizada en favor de la paz al conflicto de los Grandes Lagos en África. Preside la Fundación S'Olivar” es una breve reseña que encuentro en internet, tengo que reconocer que yo tampoco lo conocía, a pesar de mi vinculación con Ruanda. “¿Qué harían Kasturba y Mahatma Gandhi y Coretta y Martín Luther King en este momento crítico?” es el título de la conferencia.



A veces es algo más que las palabras lo que nos impresiona y nos toca por dentro. Esto me ocurrió el viernes. “Me hace pensar en Vicente Ferrer” comento a un amigo común. “Eran grandes amigos” me explica, y no me sorprende. Un luchador infatigable, cada una de sus palabras son ratificadas por su acción. La acción por los demás, como Vicente Ferrer.
Quiero compartir con todas las personas que me leen algunas de las reflexiones que recogí y en las que encuentro apoyo y fuerza (sé que a algunas les hubiera gustado poder asistir).  Que el más pequeño paso adelante de una persona supone un avance para toda la humanidad, hasta el más pequeño puede cambiar el rumbo de la historia. 

domingo, 5 de junio de 2016

"Cuando me jubile, me compraré una casita en la playa, qué ganas tengo de perderos de vista, cabritos".

El valle de los narcisos ( 2)
(continuación de la entrada del domingo 29 de mayo, El valle de los narcisos 1)
Desde la ventana de nuestra clase se divisaba el campo de trigo a las afueras del pueblo. Me gustaba su color de oro viejo, que anunciaba el final del curso, y a veces me distraía mirándolo. Esa mañana había una mancha blanca en lo alto de la loma: la sábana que cubría el cuerpo de Oscar.

            Todos nos asomamos a las ventanas cuando oímos las sirenas de los coches de la policía y de la ambulancia. Fue inútil que el profesor, Pablo, nos rogase que volviésemos a nuestros sitios, y él mismo terminó por empinarse detrás de nosotros para ver que pasaba.
            El cuerpo estaba caído entre las espigas tronchadas, era un cuerpo menudo y estaba oculto a la vista. Habrían pasado días sin que hubiese sido descubierto ( las hormigas lo habrían devorado para entonces, comentó Julián, un compañero de clase aficionado a las películas de terror), a no ser por el perro de Don Salvador. Los que arrojaron allí el cadáver debían de ignorar las costumbres de nuestro antiguo conserje. Don Salvador daba largos paseos todos los días por los campos que se extienden detrás del Instituto. Yo lo veía desde la ventana de la clase, incluso los días lluviosos, protegiéndose con un enorme paraguas negro. Caminaba detrás de Truán. Escribía así el nombre de su perro, sin hache intercalada, “¿cómo se va a llamar Truhán, con esa hache, mi perro?” decía. Poco importaba, porque el animal sólo respondía a los sonidos, y en ese campo daba lo mismo.  Truán ( o Truhán) había envejecido junto a su dueño, y junto a nosotros, en la pequeña vivienda del conserje con su patio repleto de jazmines y claveles. Don Salvador era sevillano, conservaba su acento, "no tiréis las tisas al suelo", nos regañaba, y nosotros le pusimos el apodo de "El Tisas".
            Se había jubilado hacía un año. Una furgoneta blanca había aparcado en el patio del Instituto y, ayudado por el chófer, Don Salvador había ido cargando sus muebles: dos sillones, una cama, la mesa, cuatro sillas, poco más. Se trasladaba a un piso que había comprado en los bloques contiguos al Instituto. "Sois unos demonios", nos decía con frecuencia. "Cuando me jubile, me compraré una casita en la playa, qué ganas tengo de perderos de vista, cabritos". Pero al final decidió quedarse cerca de donde había vivido tantos años. "¿A dónde vamos a ir Truán y yo?".

Un capítulo más de "El valle de los narcisos"

Este es el escenario donde sitúo la acción de mi novela, los espacios y recuerdos de mis alumnos y alumnas con los que he construido la fi...