domingo, 5 de junio de 2016

"Cuando me jubile, me compraré una casita en la playa, qué ganas tengo de perderos de vista, cabritos".

El valle de los narcisos ( 2)
(continuación de la entrada del domingo 29 de mayo, El valle de los narcisos 1)
Desde la ventana de nuestra clase se divisaba el campo de trigo a las afueras del pueblo. Me gustaba su color de oro viejo, que anunciaba el final del curso, y a veces me distraía mirándolo. Esa mañana había una mancha blanca en lo alto de la loma: la sábana que cubría el cuerpo de Oscar.

            Todos nos asomamos a las ventanas cuando oímos las sirenas de los coches de la policía y de la ambulancia. Fue inútil que el profesor, Pablo, nos rogase que volviésemos a nuestros sitios, y él mismo terminó por empinarse detrás de nosotros para ver que pasaba.
            El cuerpo estaba caído entre las espigas tronchadas, era un cuerpo menudo y estaba oculto a la vista. Habrían pasado días sin que hubiese sido descubierto ( las hormigas lo habrían devorado para entonces, comentó Julián, un compañero de clase aficionado a las películas de terror), a no ser por el perro de Don Salvador. Los que arrojaron allí el cadáver debían de ignorar las costumbres de nuestro antiguo conserje. Don Salvador daba largos paseos todos los días por los campos que se extienden detrás del Instituto. Yo lo veía desde la ventana de la clase, incluso los días lluviosos, protegiéndose con un enorme paraguas negro. Caminaba detrás de Truán. Escribía así el nombre de su perro, sin hache intercalada, “¿cómo se va a llamar Truhán, con esa hache, mi perro?” decía. Poco importaba, porque el animal sólo respondía a los sonidos, y en ese campo daba lo mismo.  Truán ( o Truhán) había envejecido junto a su dueño, y junto a nosotros, en la pequeña vivienda del conserje con su patio repleto de jazmines y claveles. Don Salvador era sevillano, conservaba su acento, "no tiréis las tisas al suelo", nos regañaba, y nosotros le pusimos el apodo de "El Tisas".
            Se había jubilado hacía un año. Una furgoneta blanca había aparcado en el patio del Instituto y, ayudado por el chófer, Don Salvador había ido cargando sus muebles: dos sillones, una cama, la mesa, cuatro sillas, poco más. Se trasladaba a un piso que había comprado en los bloques contiguos al Instituto. "Sois unos demonios", nos decía con frecuencia. "Cuando me jubile, me compraré una casita en la playa, qué ganas tengo de perderos de vista, cabritos". Pero al final decidió quedarse cerca de donde había vivido tantos años. "¿A dónde vamos a ir Truán y yo?".


             Don Salvador y Truán salían a dar su paseo a media mañana. Caminaban hasta lo alto de la loma, por los senderos entre los trigales y luego descendían hasta el camino que bordea el Instituto, justo a la hora del recreo. Nosotros nos acercábamos a la verja, y Truán daba saltos y meneaba la cola para saludarnos. Estoy seguro de que distinguía el olor de cada uno de nosotros. Y el olor de Oscar, por supuesto, que se encaramaba a la verja para tirarle de las orejas o meterle la mano en la boca.
            Aquella mañana Don Salvador estaba llorando sentado en el despacho del Director. Truán estaba echado a sus pies y lo miraba con los ojos húmedos y las orejas muy tiesas. Los vi por la puerta de cristal al salir al patio. Estaba bebiendo una taza de manzanilla que le había llevado Doña Josefina, la Secretaria. "Dice que es el cuerpo de ese crío, el tal Oscar- comentaba Doña Josefina al salir del despacho- Y que está  destrozado, como si lo hubiesen molido a palos. El perro debió de olerlo desde el camino, y no dejaba de lamer la cara del muchacho, entre dos policias lo arrancaron de allí, por lo visto el animal se resistía".
            Salimos al patio. Desde la parte posterior se veían los trigales. La policía estaba acordonando la zona.
            Sofía estaba junto a la verja, con la mirada perdida en los campos de trigo; aquel era el lugar favorito de su pandilla. Pero ese día estaba sola, y de nuevo me pareció menuda y vulnerable.
            Yo había seguido a mis compañeros de curso, desde allí podíamos observar mejor lo que ocurría. Me dejaba llevar, arrastrar por la excitación general, e intentaba al mismo tiempo dominar y disimular el pánico y la angustia que se iban transformando en algo físico en la boca del estómago y en la garganta.
            Cuando pasé junto a Sofía ella se volvió hacia mí y supe por su expresión que sentía lo mismo que yo. Estaba aterrorizada. Le temblaba la mano que sostenía el cigarrillo, y el color rojizo de su cabello corto hacía destacar aún más la palidez de su rostro. Sus pupilas verdes tenían el brillo del miedo. La abracé, o fue ella quien me abrazó (no lo sé). Nos abrazamos allí, en medio del patio delante de todo el mundo. Me conmovió su olor, mezcla de tabaco y colonia de niño, y el frío de su mejilla y de su cuerpo tembloroso. Era como si se hubiese quedado desnuda entre mis brazos. Y no me refiero a su ropa. Me refiero a todas las máscaras detrás de las que se ocultaba, el caparazón de soberbia y recelo tras el que se escondía.


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