domingo, 19 de junio de 2016

El valle de los narcisos (capítulo 3, continuación )

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            Al día siguiente detuvieron al padre de Oscar. Al padrastro, mejor dicho.
            Lo habían encontrado detrás de la tapia del cementerio viejo, con otros yonquis. "Por ahí andará, hace días que no duerme en casa", les había dicho la madre de Oscar a la policia.
            Yo lo había visto algunas veces. La primera vez fue Oscar quien me lo señaló: "Ese es el cabrón de mi padre", dijo cuando lo vio rondando por el parque. "Bueno, es el tío que vive con mi vieja", me explicó. Era un hombre joven. Debía de haber sido alto, aunque ahora andaba encorvado. Tenía el pelo largo, que le ocultaba la cara y le hacía parecer aún más flaco y demacrado si cabe. Iba hablando solo, con los ojos perdidos en sus pesadillas.
            -¡Eh, Oscar! Ven acá - gritó al ver al muchacho.
            Oscar se paró en seco y se agarró a mi brazo. Fue un movimiento instintivo, todo su cuerpo estaba rígido como el de un gato callejero, preparado para saltar sobre su presa, o para huir, con el oído atento y con un extraño brillo en los ojos medio entornados.
            -¿Qué pasa, chaval? ¿Ya no se saluda?
Imagen: fotolog.miarroba.es

            Se nos había acercado en dos zancadas. Olía mal; esa es la sensación que más recuerdo: el olor. No era ni a tabaco, ni a alcohol, ni a sudor ni a orín. Era un olor más pegajoso, entre dulzón y agrio, sofocante, que me hacía sentir como si tuviese la cabeza debajo del agua y necesitase tomar una bocanada de aire limpio. El padre de Oscar llevaba unos pantalones grises, con el bajo raído, y una camiseta granate, arrugada y con sombras pardas en las axilas. Tenía barba de varios días. Sonreía mostrando una boca desdentada, y el aire y la saliva se le escapaban entre los dientes amarillentos al hablar.


            -¿Qué pasa, chaval?- repitió, arrastrando las palabras mientras tendía la mano.
            Oscar se apartó dando un brinco.
            -¡Eh, chaval! ¡Que no pasa nada!- insistió él.
            Sin dejar de sonreír, enredó sus dedos flacos y renegridos entre el cabello del muchacho que intentaba en vano esconderse detrás de mí.
            - Déjelo en paz- le dije sin poder contener mi repulsión.
            -¡Eh, eh! ¿Y tú quién eres? ¿Quién te manda meterte en lo que no te importa?
            Había dejado de sonreír y se me había encarado. Sus ojos hundidos brillaban amenazadores a poco más de un palmo de los míos y me echaba su aliento pegajoso sobre la cara al hablarme.
            Yo alargué la mano y lo empujé. Apoyé mi palma en su pecho, lo sentí blando, quebradizo; sentí sus costillas y el latido enfebrecido de su corazón. Sólo con tocarlo, le hice tambalearse.
            - Bueno, chaval, que no es para ponerse así, colega- dijo al recuperar el equilibrio, y sonrió de nuevo- ¡Vale, vale, ya me largo!
            Anduvo algunos pasos dando tumbos y luego se volvió hacia Oscar.
            -¡En casa te espero!
            -¡Que te jodan!- respondió Oscar entre dientes.
            - Vamos, chaval- le dije yo echándole la mano al hombro, pero él la rechazó.
            -¡Déjame en paz!- me respondió casi gritando.        
            No iba a llorar delante de mí, ni de miedo, ni de rabia. Pero el miedo y la rabia tenían que escapar de alguna manera de aquel cuerpo menudo. Así que me limité a caminar a su lado en silencio hasta el cruce donde solíamos separarnos. Esa tarde él no siguió caminando hacia su casa, sino que se sentó en el bordillo de la acera. Yo me senté junto a él, me quedé allí quieto y callado.
            -¡Es un cabrón, el hijo de puta!- dijo al fin intentando contener las lágrimas que se escapaban por la nariz.
            Yo asentí con la cabeza. Al cabo de un rato se levantó y empezó a dar vueltas alrededor de mí y a dar patadas a una lata vacía de cerveza que estaba tirada en la acera.
            -¿Quieres venirte a mi casa?- le dije al fin.
            -¡Bah! Ya me las apañaré. ¿Qué te crees? No he dormido yo ya veces ni nada fuera de casa- añadió tragándose el miedo y lanzando de una patada la lata de cerveza a la acera de enfrente- ¿Me das para un cigarro?
            Yo busqué en mi bolsillo. Oscar nunca fumaba delante de mí, sabía muy bien que yo no le iba a dejar. Pero esa vez fui incapaz de negarme. Le tendí veinte duros y me quedé allí callado, de pie sin saber qué hacer mientras él se alejaba silbando y dando brincos.
                                                                      
            Aquella tarde yo tampoco tenía ganas de encerrarme en mi habitación. Sabía que a esa hora mi madre aún no habría vuelto del trabajo. Estuve a punto de echar a correr detrás de Oscar, pero me quedé quieto viendo cómo se alejaba hasta que dobló la esquina. Entonces di media vuelta y me encaminé a mi casa.
            Tenía que hacer una traducción de griego para el día siguiente, pero no conseguía encontrar el sentido de aquellas frases. Buscaba las palabras en el diccionario, y cada una de ellas parecía tener vida propia y no guardar ninguna relación con las demás. Quizás fuera porque estaba un poco mareado, el olor del padre de Oscar parecía haber llenado mis pulmones e impregnado la palma de mi mano. Fui al cuarto de baño y me la restregué una y otra vez, pero aquel olor seguía bajando por mi garganta hasta el estómago. Sentí náuseas y devolví. Asco, miedo. Rabia. Aquello no tenía sentido, era absurdo, injusto. Oscar era un crío, medio salvaje, medio loco. Y su padrastro un yonqui capaz de molerlo a palos. Oscar dormiría esta noche en la calle, ya lo había hecho otras veces. Por ahí.
            Cuando volví a mi habitación, oí a mi madre en la cocina.
            -¡Ya he vuelto, cariño!- me dijo sonriendo al asomarse por la puerta.
            Me dirigía aquella  sonrisa que yo había desenmascarado desde el primer día aunque fingía seguir engañado. Ni siquiera se puso luto, "a Tito no le gustaba el negro", me explicó la primera vez que me dedicó aquella nueva sonrisa. Había disimulado la palidez de sus mejillas y sus ojeras con una ligera capa de maquillaje. Aún era joven y bonita, con una expresión encantadora, pero yo sabía cuánta pena escondía, y sentía una punzada en el pecho cuando a mi vez me esforzaba en devolverle la sonrisa.
            -¿Por qué me miras así?
            - Es que estás muy guapa, mamá.
            - Gracias, cariño. Voy a salir- me dijo y se ruborizó como si fuera una adolescente.
            -¡Estupendo, mamá!
            -¿No te importa?
            -¡Claro que no! Todo lo contrario.
            -¿Sabes?- me dijo volviéndose antes de salir de mi habitación- Tú también deberías salir un poco. ¿Y aquella muchacha, Sofía?
            -¡Anda, mamá! Olvida eso.
            No insistió. Me conocía bien y sabía que no me gustaba que indagaran en mi vida. Y además, ¿qué hubiera podido encontrar sino sueños y fantasías?
            Cuando oí cerrarse la puerta de la calle, aparté de un manotazo el diccionario y el texto que estaba traduciendo. Seguía sintiendo náuseas, rabia y miedo. Quería dominar esas aprehensiones. Intenté pensar en Sofía y abrí el cajón de mi escritorio. Saqué mis acuarelas, y la cartulina ya manchada de azul y azafrán y poco a poco fui perfilando los pétalos del narciso.

                                                                       

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