domingo, 30 de octubre de 2016

El muchacho estaba arrodillado junto al agua, absorto, contemplando la bella imagen que le devolvía la adoración enamorada.

Continúo compartiendo con vosotros un nuevo capítulo de mi novela corta "El valle de los narcisos"
Podéis encontrar todo lo que he compartido hasta ahora en el siguiente enlace:

          Hacía varios meses ya que había empezado con mis anónimos, no sé cómo se me ocurrió. Porque en realidad eso es lo que eran mis tarjetas, un desahogo cobarde. Fue después de la asamblea de alumnos.
            El representante del Sindicato de Estudiantes nos había convocado a los delegados de curso para informarnos sobre la convocatoria de una huelga. A mí me habían elegido mis compañeros aunque mi perfil no se ajustaba demasiado al de un delegado. Yo era el típico empollón, con todos los atributos correspondientes, incluidas las gafas. Por el contrario, la mayoría de los delegados de los otros cursos cumplían perfectamente los requisitos. La verdad es que estaba un poco perdido en medio de ellos; sentí vergüenza por mi jersey gris (llevaba con él por lo menos tres cursos, a veces pensaba que crecía conmigo; pero conocía muy bien la situación en casa y no se me hubiese ocurrido ir con exigencias a mi madre).
             El compañero que nos estaba informando era alto y desgarbado. Sonreía mientras hablaba, aunque lo que decía no tenía ninguna gracia. Supongo que era una sonrisa de satisfacción (algo así como sí se estuviese diciendo: ¡Hay que ver lo bien que hablo!) No es que yo no estuviese de acuerdo con lo que decía, en muchas cosas creo que tenía razón. Pero había algo en su tono y en su sonrisa que me sonaba a falso.
Estaba yo perdido en estas reflexiones cuando alguien pidió la palabra detrás de mí, apoyándose en mi hombro para empinarse. Era Sofía. La sonrisa del orador se hizo más amplia mientras la invitaba a subir al escenario. Hubo un murmullo de admiración en la asamblea. "Está  buena, la tía" dijo alguien a mi lado, y yo enrojecí hasta las orejas (por fortuna, en las últimas semanas esto ya no me ocurre, ni siquiera cuando Sofía se me queda mirando con sus ojos llenos de chispas verdes y doradas).


            Ella llevaba su habitual tejano negro, deshilachado en los bajos y un suéter gris. Sofía no es la típica chica con la que soñamos todos, alta y delgada, con los ojos azules y el pelo largo y rubio. Ella es más bien pequeña, tiene las caderas anchas y redondeadas, como los pechos, que no disimula su ropa más bien ajustada. Lleva el pelo muy corto, es de color cobrizo, que contrasta con la blancura de su cara y de su cuello. Me encanta su cuello, pienso que nadie lo puede mirar sin desear besarlo. Su piel está moteada de diminutas pecas de color canela   (siempre había pensado que nunca me gustaría una chica pelirroja y pecosa, pero cuando conocí a Sofía me pareció lo más hermoso del mundo).  Y sus ojos son los más bonitos que he visto jamás, verdes como un río entre los  árboles en el que chisporrotea la luz dorada del sol. "Olvídate, chaval, no hay nada que hacer" me murmuró al oído Julián mirándome de reojo. Julián era mi compañero desde párvulos, y no se le solían escapar mis sentimientos. "Esa tía da calabazas al más pintado". No hacía falta que Julián me lo dijera, yo lo sabía por propia experiencia. Nunca me hubiese atrevido a decirle a Sofía lo que sentía, pero ella lo adivinó, estoy seguro de ello. De eso hacía ya un año. Se había quedado mirándome y se había echado a reír. Desde entonces yo siempre había intentado evitarla, y la observaba de lejos y a escondidas. Ella me ignoraba y yo fingía hacer lo mismo.
            Ahora estaba en el escenario, hablando a la asamblea que la escuchaba con la boca abierta. Sabía hechizar, más por su tono, burlón y provocador, que por lo que decía. En realidad, se limitaba a repetir las consignas que acabábamos de oír. Pero en su boca sonaban más convincentes, hasta a mí me lo parecían a pesar del esfuerzo que hacía por mantener mi mente crítica.
-¡Levantad la mano los que estáis a favor de la huelga!- gritó colocándose en el centro del escenario- Uno, dos, tres...
            Había empezado a contar las manos que se habían levantado al unísono. Yo me resistía apretando los puños              .
- Diez, once, doce, trece...
Ella seguía contando, señalándonos con su dedo, con una sonrisa triunfante que la hacía aún más bonita. Me estaba mirando, perpleja, y entonces yo levanté la mano. De nuevo había enrojecido, pero esta vez era de coraje.
- Catorce, quince, dieciséis- siguió contando, señalando a los compañeros que estaban detrás de mí.
            Cuando llegué a casa, entré directamente en mi habitación y tiré mi mochila sobre la cama. Me senté en mi escritorio. Sobre mi mesa de estudio estaba el libro con una marca en la página 88. Lo abrí y releí el último párrafo sobre Narciso. Había leído ese párrafo del poeta romano Ovidio la víspera, pero era como si  lo leyese por primera vez. No había manantial de aguas más claras, apenas se oía el respirar sereno del agua. Todo el bosque estaba impregnado de su frescor, y del aroma de los juncos y las adelfas, de los nenúfares y de la arena y el césped de la orilla. El muchacho estaba arrodillado junto al agua, absorto, contemplando la bella imagen que le devolvía la adoración enamorada. Narciso tenía el cabello sedoso y rubio, que le caía en graciosos rizos sobre los hombros. Seguía inmóvil, inclinado sobre la superficie del estanque y enamorado de su propia imagen. El agua iba pintando su retrato, me acerqué para admirarlo y vi su rostro blanco y el cabello corto y rojizo, y los ojos burlones de Sofía, embelesados en el reflejo verdoso del fondo del estanque.
            Abrí los ojos (me había quedado dormido mientras leía). No estaba muy seguro de lo que sentía. Empecé a garabatear en un folio, rayas, trazos absurdos, sin sentido. Sombras de agua y pétalos. Poco a poco se fue perfilando en aquella maraña de líneas un narciso. Arrugué el folio y lo tiré a la papelera. En el tercer cajón tenía mis acuarelas y una cartulina. Empecé a mancharla de añil y azafrán que se convirtieron en pétalos brillantes que se reflejaban en el agua tranquila.
            Al día siguiente esperé que todos hubiesen bajado al recreo para dejar mi dibujo entre las hojas del libro de Física de Sofía.


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