jueves, 20 de octubre de 2016

El valle de los narcisos, retomamos la historia

Vuelvo de nuevo a mi blog para compartir las páginas de mi novela "El valle de los narcisos". Añado lo publicado hasta ahora, por si alguna persona lo lee por primera vez.
En recuerdo de todos los chicos y chicas con los que trabajé tantos años.
                                                           -3-
            Todos comentaban la detención del padre de Oscar, y a nadie le cabía la menor duda de que él era el culpable de aquel crimen. Sin embargo, yo estaba casi seguro de que aquel desgraciado era inocente. Al menos inocente de la muerte de Oscar, no del infierno en el que vivió el muchacho desde que él comenzó a vivir con la madre.
            Yo presentía quiénes podían ser los auténticos artífices del crimen, y ese presentimiento me hacía sentirme amenazado. Sabía demasiado, y eso era lo que ponía mi vida en peligro. Hasta entonces había conseguido disimular, y por el momento debía seguir haciéndolo hasta lograr las pruebas necesarias. Debía callar. Sólo había una persona con la que podía compartir mis sospechas y mi miedo: Sofía.
            La víspera, cuando descubrieron el cadáver de Oscar, apenas hablamos. Sólamente nos abrazamos en silencio.
            -¿Qué vamos a hacer?- me susurró ella.
            - No sé. Debemos tener mucho cuidado y aparentar que no sabemos nada. Me saltaré la última clase y te esperaré en tu portal, si logro que no me sigan. Tú procura despistar al Antonio- había improvisado un plan y se lo susurré al oído.
            Nos separamos, yo me acerqué a mis compañeros mientras Sofía se dirigía a su clase.
           
            Cuando Sofía llegó a su casa, yo llevaba una hora esperándola. Le temblaba la mano que sostenía el cigarrillo.
            - Entra- me dijo, empinándose un poco para besarme- La casa está  hecha un asco, tendré que darme una paliza para ponerlo todo en orden antes de que vuelvan mis padres del pueblo. Pasa y siéntate donde quieras.
            La mesa del salón estaba cubierta con envases vacíos de Coca-Cola y alguna cerveza, junto a platos con restos de patatas fritas y pizza, y un cenicero repleto de colillas. Tuve la sensación de que el humo de los cigarrillos flotaba en el aire coloreándolo todo de gris. Sobre el sofá  y los sillones estaban esparcidos algunos libros y revistas, un pantalón vaquero y dos camisas. Sofía lo amontonó todo en uno de los sillones. Me senté en el sofá  y ella se encaramó a mi lado cruzando las piernas como un pequeño buda.


PROLOGO

            Cuando David se presentó en mi despacho con su manuscrito, no me sorprendí: hacía tiempo que venía observando sus dotes de escritor a pesar de no ser más que un alumno de Bachillerato. Y tengo que reconocer que no podía evitar un cierto sentimiento de envidia. A mis cincuenta y dos años, yo tenía guardados en un cajón de mi despacho los manuscritos de cinco novelas que habían recorrido un largo peregrinaje de editorial en editorial sin conseguir salir a la luz. Sin contar la pila de versiones corregidas que amontonaba sobre el armario de mi habitación y que luego reciclaba usando el reverso en blanco de las hojas como borrador para mis nuevas novelas. Aquello estaba resultando un largo y doloroso parto.
            Organizar talleres de escritura con mis alumnos fue una manera de consolarme. Les aconsejaba sobre cómo escribir una novela (aprovechaba la ocasión para leerles algún párrafo de las mías). Fue en uno de estos talleres donde conocí a David.
            David me presentaba  relatos breves que yo corregía con paciencia. No estaban mal, pensé al principio. Cada vez eran mejores, tuve que terminar por reconocer. Hasta que me presentó el manuscrito de su novela corta este mes de septiembre, a la vuelta de las vacaciones. Yo también había sido testigo de los hechos que relataba, aunque sin estar tan implicado como él en lo ocurrido. Incluso tengo que decir que se me había pasado por la mente la idea de escribir mi propia novela basándome en lo que sucedió. Pero aquel muchacho se me había adelantado.
            "Está  bastante bien, David" le comenté‚ después de una primera lectura, intentando que mi sonrisa no dejase transparentar la envidia que me recomía. Él se quedó mirándome con sus ojos de miope, y por un segundo temí que estuviese leyendo mi pensamiento, o más bien, que lo estuviese oliendo. Los muchachos son así, pueden ver lo que nuestros ojos cansados son incapaces de percibir. "No me he atrevido a corregirlo- le dije, como si así pudiese despistar su percepción- sólo alguna tilde, y algún signo de puntuación".

            David me ha pedido que le escriba el prólogo de su novela. Se la van a publicar. He vuelto a dedicarle una sonrisa forzada. Tengo que reconocer que él ha sabido ser testigo de lo que ocurrió con el asombro de unos ojos que aún no se han fatigado de contemplar cómo pasa la vida.



                                               1
            Desde la ventana de nuestra clase se divisaba el campo de trigo a las afueras del pueblo. Me gustaba su color de oro viejo, que anunciaba el final del curso, y a veces me distraía mirándolo. Esa mañana había una mancha blanca en lo alto de la loma: la sábana que cubría el cuerpo de Oscar.
            Todos nos asomamos a las ventanas cuando oímos las sirenas de los coches de la policía y de la ambulancia. Fue inútil que el profesor, Pablo, nos rogase que volviésemos a nuestros sitios, y él mismo terminó por empinarse detrás de nosotros para ver que pasaba.
            El cuerpo estaba caído entre las espigas tronchadas, era un cuerpo menudo y estaba oculto a la vista. Habrían pasado días sin que hubiese sido descubierto      ( las hormigas lo habrían devorado para entonces, comentó Julián, un compañero de clase aficionado a las películas de terror), a no ser por el perro de Don Salvador. Los que arrojaron allí el cadáver debían de ignorar las costumbres de nuestro antiguo conserje. Don Salvador daba largos paseos todos los días por los campos que se extienden detrás del Instituto. Yo lo veía desde la ventana de la clase, incluso los días lluviosos, protegiéndose con un enorme paraguas negro. Caminaba detrás de Truán. Escribía así el nombre de su perro, sin hache intercalada, “¿cómo se va a llamar Truhán, con esa hache, mi perro?” decía. Poco importaba, porque el animal sólo respondía a los sonidos, y en ese campo daba lo mismo.  Truán (o Truhán) había envejecido junto a su dueño, y junto a nosotros, en la pequeña vivienda del conserje con su patio repleto de jazmines y claveles. Don Salvador era sevillano, conservaba su acento, "no tiréis las tisas al suelo", nos regañaba, y nosotros le pusimos el apodo de "El Tisas".
            Se había jubilado hacía un año. Una furgoneta blanca había aparcado en el patio del Instituto y, ayudado por el chófer, Don Salvador había ido cargando sus muebles: dos sillones, una cama, la mesa, cuatro sillas, poco más. Se trasladaba a un piso que había comprado en los bloques contiguos al Instituto. "Sois unos demonios", nos decía con frecuencia. "Cuando me jubile, me compraré una casita en la playa, qué ganas tengo de perderos de vista, cabritos". Pero al final decidió quedarse cerca de donde había vivido tantos años. "¿A dónde vamos a ir Truán y yo?".
             Don Salvador y Truán salían a dar su paseo a media mañana. Caminaban hasta lo alto de la loma, por los senderos entre los trigales y luego descendían hasta el camino que bordea el Instituto, justo a la hora del recreo. Nosotros nos acercábamos a la verja, y Truán daba saltos y meneaba la cola para saludarnos. Estoy seguro de que distinguía el olor de cada uno de nosotros. Y el olor de Oscar, por supuesto, que se encaramaba a la verja para tirarle de las orejas o meterle la mano en la boca.
            Aquella mañana Don Salvador estaba llorando sentado en el despacho del Director. Truán estaba echado a sus pies y lo miraba con los ojos húmedos y las orejas muy tiesas. Los vi por la puerta de cristal al salir al patio. Estaba bebiendo una taza de manzanilla que le había llevado Doña Josefina, la Secretaria. "Dice que es el cuerpo de ese crío, el tal Oscar- comentaba Doña Josefina al salir del despacho- Y que está  destrozado, como si lo hubiesen molido a palos. El perro debió de olerlo desde el camino, y no dejaba de lamer la cara del muchacho, entre dos policías lo arrancaron de allí, por lo visto el animal se resistía".
            Salimos al patio. Desde la parte posterior se veían los trigales. La policía estaba acordonando la zona.
            Sofía estaba junto a la verja, con la mirada perdida en los campos de trigo; aquel era el lugar favorito de su pandilla. Pero ese día estaba sola, y de nuevo me pareció menuda y vulnerable.
            Yo había seguido a mis compañeros de curso, desde allí podíamos observar mejor lo que ocurría. Me dejaba llevar, arrastrar por la excitación general, e intentaba al mismo tiempo dominar y disimular el pánico y la angustia que se iban transformando en algo físico en la boca del estómago y en la garganta.
            Cuando pasé junto a Sofía ella se volvió hacia mí y supe por su expresión que sentía lo mismo que yo. Estaba aterrorizada. Le temblaba la mano que sostenía el cigarrillo, y el color rojizo de su cabello corto hacía destacar aún más la palidez de su rostro. Sus pupilas verdes tenían el brillo del miedo. La abracé, o fue ella quien me abrazó (no lo sé). Nos abrazamos allí, en medio del patio delante de todo el mundo. Me conmovió su olor, mezcla de tabaco y colonia de niño, y el frío de su mejilla y de su cuerpo tembloroso. Era como si se hubiese quedado desnuda entre mis brazos. Y no me refiero a su ropa. Me refiero a todas las máscaras detrás de las que se ocultaba, el caparazón de soberbia y recelo tras el que se escondía.
                                                                      
                                                           2
            Al día siguiente detuvieron al padre de Oscar. Al padrastro, mejor dicho.
            Lo habían encontrado detrás de la tapia del cementerio viejo, con otros yonquis. "Por ahí andará, hace días que no duerme en casa", les había dicho la madre de Oscar a la policia.
            Yo lo había visto algunas veces. La primera vez fue Oscar quien me lo señaló: "Ese es el cabrón de mi padre", dijo cuando lo vio rondando por el parque. "Bueno, es el tío que vive con mi vieja", me explicó. Era un hombre joven. Debía de haber sido alto, aunque ahora andaba encorvado. Tenía el pelo largo, que le ocultaba la cara y le hacía parecer aún más flaco y demacrado si cabe. Iba hablando solo, con los ojos perdidos en sus pesadillas.
            -¡Eh, Oscar! Ven acá - gritó al ver al muchacho.
            Oscar se paró en seco y se agarró a mi brazo. Fue un movimiento instintivo, todo su cuerpo estaba rígido como el de un gato callejero, preparado para saltar sobre su presa, o para huir, con el oído atento y con un extraño brillo en los ojos medio entornados.
            -¿Qué pasa, chaval? ¿Ya no se saluda?
            Se nos había acercado en dos zancadas. Olía mal; esa es la sensación que más recuerdo: el olor. No era ni a tabaco, ni a alcohol, ni a sudor ni a orín. Era un olor más pegajoso, entre dulzón y agrio, sofocante, que me hacía sentir como si tuviese la cabeza debajo del agua y necesitase tomar una bocanada de aire limpio. El padre de Oscar llevaba unos pantalones grises, con el bajo raído, y una camiseta granate, arrugada y con sombras pardas en las axilas. Tenía barba de varios días. Sonreía mostrando una boca desdentada, y el aire y la saliva se le escapaban entre los dientes amarillentos al hablar.
            -¿Qué pasa, chaval?- repitió, arrastrando las palabras mientras tendía la mano.
            Oscar se apartó dando un brinco.
            -¡Eh, chaval! ¡Que no pasa nada!- insistió él.
            Sin dejar de sonreír, enredó sus dedos flacos y renegridos entre el cabello del muchacho que intentaba en vano esconderse detrás de mí.
            - Déjelo en paz- le dije sin poder contener mi repulsión.
            -¡Eh, eh! ¿Y tú quién eres? ¿Quién te manda meterte en lo que no te importa?
            Había dejado de sonreír y se me había encarado. Sus ojos hundidos brillaban amenazadores a poco más de un palmo de los míos y me echaba su aliento pegajoso sobre la cara al hablarme.
            Yo alargué la mano y lo empujé. Apoyé mi palma en su pecho, lo sentí blando, quebradizo; sentí sus costillas y el latido enfebrecido de su corazón. Sólo con tocarlo, le hice tambalearse.
            - Bueno, chaval, que no es para ponerse así, colega- dijo al recuperar el equilibrio, y sonrió de nuevo- ¡Vale, vale, ya me largo!
            Anduvo algunos pasos dando tumbos y luego se volvió hacia Oscar.
            -¡En casa te espero!
            -¡Que te jodan!- respondió Oscar entre dientes.
            - Vamos, chaval- le dije yo echándole la mano al hombro, pero él la rechazó.
            -¡Déjame en paz!- me respondió casi gritando.        
            No iba a llorar delante de mí, ni de miedo, ni de rabia. Pero el miedo y la rabia tenían que escapar de alguna manera de aquel cuerpo menudo. Así que me limité a caminar a su lado en silencio hasta el cruce donde solíamos separarnos. Esa tarde él no siguió caminando hacia su casa, sino que se sentó en el bordillo de la acera. Yo me senté junto a él, me quedé allí quieto y callado.
            -¡Es un cabrón, el hijo de puta!- dijo al fin intentando contener las lágrimas que se escapaban por la nariz.
            Yo asentí con la cabeza. Al cabo de un rato se levantó y empezó a dar vueltas alrededor de mí y a dar patadas a una lata vacía de cerveza que estaba tirada en la acera.
            -¿Quieres venirte a mi casa?- le dije al fin.
            -¡Bah! Ya me las apañaré. ¿Qué te crees? No he dormido yo ya veces ni nada fuera de casa- añadió tragándose el miedo y lanzando de una patada la lata de cerveza a la acera de enfrente- ¿Me das para un cigarro?
            Yo busqué en mi bolsillo. Oscar nunca fumaba delante de mí, sabía muy bien que yo no le iba a dejar. Pero esa vez fui incapaz de negarme. Le tendí veinte duros y me quedé allí callado, de pie sin saber qué hacer mientras él se alejaba silbando y dando brincos.
                                                                      
            Aquella tarde yo tampoco tenía ganas de encerrarme en mi habitación. Sabía que a esa hora mi madre aún no habría vuelto del trabajo. Estuve a punto de echar a correr detrás de Oscar, pero me quedé quieto viendo cómo se alejaba hasta que dobló la esquina. Entonces di media vuelta y me encaminé a mi casa.
            Tenía que hacer una traducción de griego para el día siguiente, pero no conseguía encontrar el sentido de aquellas frases. Buscaba las palabras en el diccionario, y cada una de ellas parecía tener vida propia y no guardar ninguna relación con las demás. Quizás fuera porque estaba un poco mareado, el olor del padre de Oscar parecía haber llenado mis pulmones e impregnado la palma de mi mano. Fui al cuarto de baño y me la restregué una y otra vez, pero aquel olor seguía bajando por mi garganta hasta el estómago. Sentí náuseas y devolví. Asco, miedo. Rabia. Aquello no tenía sentido, era absurdo, injusto. Oscar era un crío, medio salvaje, medio loco. Y su padrastro un yonqui capaz de molerlo a palos. Oscar dormiría esta noche en la calle, ya lo había hecho otras veces. Por ahí.
            Cuando volví a mi habitación, oí a mi madre en la cocina.
            -¡Ya he vuelto, cariño!- me dijo sonriendo al asomarse por la puerta.
            Me dirigía aquella  sonrisa que yo había desenmascarado desde el primer día aunque fingía seguir engañado. Ni siquiera se puso luto, "a Tito no le gustaba el negro", me explicó la primera vez que me dedicó aquella nueva sonrisa. Había disimulado la palidez de sus mejillas y sus ojeras con una ligera capa de maquillaje. Aún era joven y bonita, con una expresión encantadora, pero yo sabía cuánta pena escondía, y sentía una punzada en el pecho cuando a mi vez me esforzaba en devolverle la sonrisa.
            -¿Por qué me miras así?
            - Es que estás muy guapa, mamá.
            - Gracias, cariño. Voy a salir- me dijo y se ruborizó como si fuera una adolescente.
            -¡Estupendo, mamá!
            -¿No te importa?
            -¡Claro que no! Todo lo contrario.
            -¿Sabes?- me dijo volviéndose antes de salir de mi habitación- Tú también deberías salir un poco. ¿Y aquella muchacha, Sofía?
            -¡Anda, mamá! Olvida eso.
            No insistió. Me conocía bien y sabía que no me gustaba que indagaran en mi vida. Y además, ¿qué hubiera podido encontrar sino sueños y fantasías?
            Cuando oí cerrarse la puerta de la calle, aparté de un manotazo el diccionario y el texto que estaba traduciendo. Seguía sintiendo náuseas, rabia y miedo. Quería dominar esas aprehensiones. Intenté pensar en Sofía y abrí el cajón de mi escritorio. Saqué mis acuarelas, y la cartulina ya manchada de azul y azafrán y poco a poco fui perfilando los pétalos del narciso.                                                            

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