sábado, 19 de noviembre de 2016

"La bellísima ninfa dio a luz a un niño, que ya entonces podía ser amado. Y le llamó Narciso". (Ovidio)

Continúo compartiendo con todos vosotros un capítulo más de mi novela corta "El valle de los narcisos" Con mi recuerdo lleno de cariño por todos los adolescentes,y por las personas que los acompañan en ese momento hermoso y complicado de la vida.
Los capítulos anteriores los encontraréis en el siguiente enlace:
http://bit.ly/2gqpcR7


Imagen. galleryhip.com
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El primer anónimo se lo envié una semana después de la muerte de mi hermano, al día siguiente de la votación sobre la huelga. Esperé en el pasillo, charlando con un compañero. Quería observarla, comprobar que lo había encontrado. Salió de su clase seguida de tres de sus admiradores y ni siquiera me miró (bueno, en realidad yo no existía para ella). Reía echando la cabeza hacia atrás entre aquellos grandullones.
Esa misma tarde dibujé mi segundo narciso, una flor de color  azafrán, cuyo centro está  rodeado de blancos pétalos. La dibujé con rabia, el azafrán se manchaba con el color cobrizo del cabello de Sofía, haciendo destacar más aún la blancura de su cara ( Sofía no es de esas muchachas que gustan de broncearse al sol, al contrario, parece temerlo y se esconde de él, como las antiguas campesinas lo hacían cuando iban a la siega protegiéndose la cara con anchos sombreros de paja y amplios pañuelos; y no es que ella se dedique a esas tareas, ni tenga necesidad de usar esos artilugios. Ella se limita a llevar una vida noctámbula).
            Necia muchacha presumida, murmuraba yo y recordaba los versos de Ovidio sobre el loco joven enamorado de su propia belleza. El hijo de Liríope," de cabellos azules a la que un día el Cefiso estrechó en su curso sinuoso y, aprisionándola en sus aguas, la violó. La bellísima ninfa dio a luz a un niño, que ya entonces podía ser amado. Y le llamó Narciso".


Mientras pintaba mi Narciso, sentía que yo también me iba transformando. No en flor, ni en  árbol, o en piedra. Me cambiaba en algo salvaje, ardiente, herido en su orgullo, enamorado y loco. Me miré en el espejo, algo en mis ojos me recordaban a la bestia, el fiero jabalí de la diosa Diana, los ojos brillan de sangre y de fuego, sus pelos toscos se erizan sobre su cuello, sale un rayo de su boca y su aliento seca el follaje. Esta vez la risa de mi hermano no me hizo salir del ensueño y volver a la realidad. Me quedé allí, en mi bosque mágico. Me estaba enamorando. Hundí mi pincel en el agua y terminé en dos trazos el dibujo. Lo puse sobre la mesa para que se secase. No tenía prisa, era viernes, y hasta el lunes no tendría ocasión de deslizarlo entre los libros de Sofía. Aquello era también parte de la aventura y sólo con pensarlo me sentía emocionado.
_David, te llama Julián_ me gritó mi madre desde la cocina_ Deberías salir un poco_ me susurró mientras me pasaba el teléfono.
            No le costó mucho convencerme para que saliese con él aquella noche. Es un buen amigo, Julián. Tenían razón mi madre y él: yo debía bajar de las nubes, dejar mis fantasías y pisar el suelo. Así que me puse mi pantalón tejano y un polo blanco, estuve dudando y al final decidí dejar mis gafas en casa. Me veía un poco borroso en el espejo mientras me ponía algo de gomina en el pelo. Y me encaminé hacia el parque donde había quedado con Julián.
Recuerdo cada uno de los momentos de aquella noche. La cerveza y la hamburguesa que nos comimos Julián y yo en la pizzeria que está  frente al parque. Y el nombre de las tres chicas con las que estuvimos bailando en la discoteca "El Tiburón". La más alta (era rubia y tenía unos enormes ojos azules)  se llamaba Pili; Carmen era la más baja, era morena y tenía la cara llena de acné. Isabel fue la que me pareció más tímida al principio, con su cara cubierta de pecas y su melena pelirroja. Estuvimos bailando más de dos horas. Me gustaba bailar, dejaba que la música se me metiera en el cuerpo y me dejaba llevar, era como si volase; a ratos cerraba los ojos para sentirla mejor, o los abría y mi mirada se perdía a lo lejos, en todos los que bailaban alrededor de nosotros salpicados de luces de colores. La verdad es que sin gafas apenas distinguía nada. Otras veces intentaba fijarme en la cara de Isabel, o de Pili. O de Carmen. Para eso tenía que entornar los ojos.            “¡Guau, tío, si me miras así me vas a volver loca!" me dijo riendo Isabel, y las otras dos muchachas corearon su risa, bailando las tres alrededor de mí. Julián seguía retorciéndose y dando saltos solo, en medio de la pista.  "¡Qué manera de arrasar!" me dijo Julián con cierto tono de envidia cuando las tres muchachas se despidieron. "Tenemos que estar a las diez en casa, ¡vaya rollo!" nos dijeron después de apuntarnos sus números de teléfono en una servilleta de papel. "¡Bah!_ le contesté‚ a Julián_ No eran más que unas crías de primero de ESO".
             Caminamos un rato por la zona de bares. Yo tenía la música aún dentro del cuerpo y llevaba el ritmo mientras andaba. Entramos en otro pub ("Los Piratas", se llamaba) y tomé mi primer cubata. Sentí que me mareaba un poco, pero de nuevo la música se apoderó de mí y me lancé a la pista; no distinguía las caras, no sólo por no llevar mis gafas, sino también por los efectos del alcohol. Me sentía muy bien, bailaba y sonreía a las caras de las muchachas que me acompañaban en mi baile. Todas eran preciosas, a todas les dedicaba mi seductora mirada de miope.
            Cuando salimos a la calle la noche había refrescado. Julián me ofreció un cigarrillo. "Te despejará " me dijo. Nos cruzamos con otros grupos de muchachos. La música se había hecho más lenta en mi cabeza, como las conversaciones de los que se cruzaban con nosotros. De vez en cuando se oían carcajadas, o gritos. Yo me sentía muy a gusto y empecé a tararear la última melodía que había bailado en Los Piratas. Entonces la vi, casi tropecé con ella. Sofía estaba sentada en la acera, con la cabeza entre las rodillas. Sus hombros se estremecían, como si estuviese llorando. Levantó la cabeza y me dedicó una estúpida sonrisa,  (nunca la había visto sonreír así). Luego se inclinó de nuevo y empezó a devolver en medio de fuertes convulsiones. Desde la esquina la observaba uno de los chicos con los que la había visto alguna vez. Era un tipo alto y flaco con una maraña de pelo que le llegaba hasta los hombros. Estaba fumando apoyado en la pared; yo no podía distinguir su cara disimulada en la penumbra.
            _ ¿Te encuentras mal?_ pregunté sin saber qué hacer.
_ ¡Vaya colocón!_  dijo riendo a mi espalda Julián.
Sofía echó la cabeza hacia atrás, tenía los ojos muy abiertos, y se desplomó de espalda. Cayó sobre mis pies, quedó extendida en el suelo como un muñeco de trapo. El tipo de la esquina apagó el cigarrillo, murmuró algo que yo no llegué a comprender, dio media vuelta y desapareció.
_ Tío, qué mal rollo_ dijo asustado Julián_ Parece muerta. Anda, vámonos.
No recuerdo si me dijo algo más, si me acompañó algún rato, o no. Y nunca se lo pregunté‚ ni hablé con él de aquella noche. Sé que yo estaba solo en medio de la calle, y que tomé a Sofía en mis brazos, y que caminé así hasta mi casa. No sentía su peso (era mucho más ligera que mi hermano). Recostaba su cabeza sobre mi hombro, había cerrado los ojos, parecía dormir. De vez en cuando yo acercaba mi oído a su cara, y oía aliviado cómo respiraba.
            Cuando llegué a casa, mi madre ya estaba en su dormitorio. La oí moverse en la cama. Entré de puntillas en el cuarto de baño. Con una toalla empapada lavé la cara y los brazos de Sofía. Y su cabello, su cuello. Tomé el frasco de perfume de mi madre y con la punta de los dedos lo extendí por las sienes y las muñecas. Apenas distinguía su respiración. Me asustaba la palidez de su cara, y su tristeza. 
            Toda la noche estuve junto a ella. La había acomodado sobre la cama de mi hermano. La arropé con la colcha (estaba helada) y poco a poco su cuerpo fue recuperando el calor. Yo lo comprobaba al acariciar sus mejillas, y el cuello, con la punta de los dedos. Hasta que me quedé dormido con la cabeza apoyada junto a su brazo.
Me despertó el roce de su mano. Abrí los ojos con esfuerzo (tenía la sensación de que mis párpados estaban hinchados, me pesaban y apenas podía levantarlos). Ella me sonreía con su encantadora sonrisa de siempre. No se acordaba de nada. Y ni siquiera se fijó en la acuarela que secaba sobre mi mesa.  Apenas podía mantenerse en pie.
_ Deberías acompañarla a su casa_ me sugirió mi madre después de prepararnos un café bien cargado.



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