sábado, 12 de noviembre de 2016

"...sabed que no hay nada estable en todo el universo, todo se desliza, todas las formas van de un sitio a otro entre un ir y venir..." (Pitágoras)

Publico un nuevo capítulo de mi novela, "El valle de los narcisos". En el siguiente enlace encontraréis el capítulo anterior.
http://doloresvendrell.blogspot.com/2016/10/el-muchacho-estaba-arrodillado-junto-al.html

Imagen:lounge.obviousmag.org

            Los anónimos florales fueron el primer paso. Luego ocurrieron todos los acontecimientos por los que me vi envuelto en situaciones que pusieron en riesgo mi vida y, por desgracia, llevaron a la muerte a Miguel y a Óscar.
            No es que mis anónimos y lo que luego ocurrió tuvieran relación en sí mismo, sino más bien en mí y en mi metamorfosis. Yo iba cambiando por dentro, cerraba los ojos y todas las imágenes de los antiguos mitos parecían brotar en el campo de mi fantasía: las fauces del lobo, la agilidad de los felinos, de los corzos y gacelas, el brillo de las escamas esmeralda de los reptiles,  ágiles y siempre acechantes en silencio, el latir ardiente de todas las pasiones de los dioses, las flores y los  árboles mágicos, las piedras sagradas, el fuego robado, el mar y las águilas, todo se encaramaba a mis sueños desde lagunas y gargantas profundas.
            Algo de todo este cambio debió de transparentar mi cuerpo, quizás mis ojos, que brillaban de modo diferente. O mi pecho, que parecía henchirse al viento, o mi voz, más ronca. No sé, pero el caso es que mi madre adivinó algo de lo que estaba sucediendo, quizás porque ella siempre ha sido capaz de ver lo que ocurría en mi interior.
            Supe que lo había adivinado cuando me sonrió mientras me revolvía el cabello.
_ Hijo, ya es hora de que lleves la vida propia de un muchacho de tu edad. Han sido muchos años cargando  con una responsabilidad demasiado pesada para un niño. Nueve años.
            Se le nublaron los ojos y miró hacia otro lado para disimular.
_ No debes preocuparte por mí_ continuó sonriendo de nuevo, y dudó unos instantes antes de seguir. Había enrojecido, esto es algo que tenemos en común mi madre y yo_ Ya sabes que estoy saliendo con Juan José‚ somos más que amigos, cariño.
            Yo asentí, y le di una palmada en la espalda. La vida sigue, nos esforzábamos en decirnos uno al otro. Hacía algunos años que ella tenía novio ( me parecía un buen hombre, Juan José) y ahora que Tito nos había dejado,  debía iniciar una nueva vida. No pude evitar sentir cierta nostalgia. No por lo del novio de mi madre, sino por Tito. La víspera habíamos llevado su silla de ruedas a la Cruz Roja. "Puede servirle a otra persona" dijo mi madre aparentando serenidad.


            Se me hacía extraño empujar aquella silla sin el peso del cuerpo de mi hermano, me asombraba  su ligereza. Me había hecho fuerte, ahora me daba cuenta. "Mira el empollón_ me habían dicho más de una vez los compañeros en la clase de gimnasia_ ¡Pero si está  macizo el tío! ¡Vaya hombros! ¿A qué gimnasio vas, eh?" Yo seguía la broma mientras corría, saltaba o brincaba como el que más.
            Tenía sólo nueve años cuando ayudé por primera vez a mi madre a empujar la silla. Mi hermano tenía doce. Un año después del accidente. Yo no era más que un niño, quizás por eso asimilé la realidad como algo natural. Mi conciencia se asomaba a la vida y la aceptaba tal como era, con la simplicidad de mis nueve años. Hasta entonces todo había sido un pasatiempo divertido: mi padre jugaba al fútbol con Tito y conmigo en la playa. Yo hacía de portero y no conseguía parar ni uno de los balones que Tito me lanzaba; los que me echaba mi padre sí los paraba, quizás él tirase más flojo a posta. Mi madre nos miraba y aplaudía a cada gol. Luego yo me encaramaba a la espalda de mi padre. "¡Vaya con la mochila!" me decía, y echábamos a correr los cuatro hacia el mar, riendo y salpicándonos de agua y arena.
            Esos eran mis últimos recuerdos de niño, aquel verano. Luego se hizo un agujero en mi memoria. Cuando desperté‚ papá  no estaba con nosotros y mi hermano estaba inmóvil en una cama del hospital. Lo aprendí pronto, por eso no me costó asimilarlo: la vida es así, hay un tiempo para jugar cuando se es pequeño, pero hay también hospitales donde los niños permanecen inmóviles en habitaciones blancas, y sillas de ruedas que hay que empujar al lado de mi madre, porque mi padre se marchó. Yo era entonces un niño, y los niños nunca dicen " se murió" ( a no ser que estén jugando) pero cuando se trata de la muerte real de alguien que quieren, dicen simplemente "se marchó". La vida es así, lloro un poco, luego me quedo un rato respirando hondo, y sigo adelante. Y hasta vuelvo a reír y a jugar.
            Mi hermano recuperó el movimiento de las manos: podíamos jugar a las damas y al ajedrez. Y seguir tocando el violín. Antes del accidentes íbamos juntos a la Escuela de Música cuando salíamos del colegio. Después, continué yo solo, y luego le enseñaba a Tito las nuevas lecciones. Él aprendía rápidamente, practicaba horas y horas y siempre me superaba. Así es la vida, pensaba yo, y me asombraba de la belleza de la música; así es la vida, llena de maravillas, como los sonidos que salían de aquellas cuerdas en un Universo de Armonía. Y en ese Universo, la silla de ruedas y las piernas paralizadas de Tito eran un elemento más que yo aceptaba sencillamente.
Hablábamos de muchas cosas, fue mi hermano quien me aficionó a la Cultura Clásica y a su mundo fabuloso. Mi padre le había regalado un libro de mitología en su último cumpleaños. Lo habíamos colocado en nuestra librería, junto a todos nuestros libros de cuentos y de aventuras fantásticas. Al año siguiente yo le regalé el libro de "Las Metamorfosis" de Ovidio. La leímos juntos. Nos maravillábamos de ese Universo cambiante, donde todo fluía. El fuego y el agua, la piedra, los árboles, la serpiente, la corneja y el cuervo, y el pavo real, el león y el rayo. Lo contemplábamos con ojos aterrados, y éramos arrastrados por el torbellino de la vida que se agitaba y se estremecía con todas las pasiones de los dioses: allí nos empujaba nuestra fantasía. Luego Tito empezaba a reír, y su risa me sacudía y me devolvía a la realidad. Y echábamos una partida de ajedrez, o repasábamos la última lección de violín.
            Pero Tito se había ido. Su silla quedó vacía unos días en la esquina de la habitación. Tres días. Al cuarto día la empujé calle abajo, "por si podía servirle a otra persona".
Me tumbé en la cama de mi hermano y cerré los ojos, oí el río que fluía entre los chopos y los versos de Ovidio que recogían las palabras del sabio Pitágoras:
            "Y ya que soy conducido sobre el vasto mar y he entregado mis velas a los vientos que las llenan, sabed que no hay nada estable en todo el universo, todo se desliza, todas las formas van de un sitio a otro entre un ir y venir. El tiempo mismo se desliza con un movimiento continuo, ni más ni menos que un río, porque un río no puede pararse, ni tampoco la ligera hora; pero tal como la ola empuja a la ola, la que va delante es empujada por la que viene detrás y empuja a la que tiene delante de ella, de ese modo huyen las horas. En un curso igual llegan otras y siempre hay otras nuevas, el que estaba antes ya no cuenta y llega el que antes no existía y todos los momentos se renuevan..."              Yo estaba echado sobre la cama de mi hermano, y ya no era el mismo muchacho de hacía unos días.



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