domingo, 18 de diciembre de 2016

Después de un breve parón, continúo compartiendo capítulos de mi novela "El valle de los narcisos. En anteriores entradas podéis encontrar los primeros capítulos. Releer estos capítulos me trae recuerdos de mis años en las aulas, aquel tiempo increíble que no cambiaría por nada.

                                                  -8-
Quizás hubiese debido empezar mi relato hablando de Miguel, él estuvo en el inicio de la aventura. Aunque hay un momento en que ya no se sabe bien dónde estuvo el comienzo, ni en qué punto se llegó al final.
            Miguel fue mi profesor de Griego y Latín en Bachillerato. Y antes, de Cultura Clásica en cuarto de Secundaria. Ese fue el primer año que lo tuve como profesor. Yo tenía entonces trece años. Éramos un grupo reducido de alumnos (se trataba de una asignatura optativa y la mayoría de los compañeros  preferían otras opciones). El primer día de clase yo llevaba el libro de Mitología de Tito en mi cartera. Lo estaba hojeando cuando Miguel entró en clase. Al pasar junto a mí, se detuvo y miró sobre mi hombro.
-¿Te interesa la mitología?
-¿Eh?- yo me sobresalté, no lo había oído entrar.
- Es una publicación interesante- añadió, echando una rápida ojeada a mi libro y dándome una palmada de simpatía en el hombro.
- Me llamo Miguel García- dijo al llegar al pupitre del profesor.
            No se sentó, sino que se quedó de pie, en medio de la clase. Era alto y delgado, de hombros estrechos y algo caídos. Tenía el pelo revuelto, abundante y rizado (pronto le pusimos el apodo de "La Escarola") y los ojos azules y saltones con un brillo húmedo, como si hubiese acabado de estar llorando o muriéndose de risa. Pronto descartamos lo del llanto: nuestro nuevo profesor era un hombre alegre, de excelente humor, que enrojecía al reír a carcajadas ante cualquiera de nuestras ocurrencias, o ante las suyas propias.
Decididamente había hecho una buena elección al optar por la asignatura de Cultura Clásica, pensé al terminar la clase. Miguel (él quería que  le llamásemos así) se detuvo de nuevo junto a mí cuando iba a salir de la clase.
-¿Me permites?- me rogó señalándome mi libro de Mitología.
            Yo se lo tendí.
-¿Es tuyo?
            - No. Es de mi hermano.
- ¿En qué curso está  tu hermano?
            - No. Mi hermano no viene al Instituto.
Miguel me miró con sus simpáticos ojos azules. Había algo en ellos que me hacía sentir confiado.
- No puede- le expliqué- Está  inválido. Tuvo un accidente.
-¡Muy interesante!- me dijo al devolverme el libro- Me alegro de que te guste la Mitología.
    
       
Una semana más tarde, me crucé con Miguel en la calle. Yo iba empujando la silla de ruedas de Tito, era la hora de nuestro paseo habitual.
-¡Vaya! Pero si somos vecinos- exclamó al vernos- Me alegro. Yo acabo de mudarme a este barrio.
            Cuando llegamos al parque, nos detuvimos junto a unos chopos. Allí estuvimos charlando de nuestros temas favoritos sin darnos cuenta del paso del tiempo.
-¡Tenemos que seguir otro rato!- nos dijo al despedirse frente a nuestra casa y nos dio su dirección.
            - Nosotros vivimos en el bajo C- le dijo Tito al coger su tarjeta.
            La cara de mi hermano estaba radiante de dicha.
            Tres días más tarde Miguel nos hizo su primera visita. Y a partir de ese día no pasó ni una sola semana sin que pasara un rato charlando con mi hermano. Yo me unía a veces a sus charlas. Hablábamos de música, de pintura, de cine, y sobre todo de la Cultura Greco Romana: de sus filósofos, poetas, dramaturgos. De sus héroes y dioses, de sus viejos mitos.
            - Aquellos antiguos poetas conocían bien la naturaleza humana, y todas sus pasiones y contradicciones. Fabularon un Universo de dioses antropomórficos. En realidad, eran todas las facetas contradictorias de nuestra alma las que cristalizaban por separado en cada una de aquellas divinidades: el Amor, la Inteligencia, los Celos, la Venganza, la Guerra. Un Universo de seres atormentados o dichosos, amantes compasivos o crueles- Miguel se quedó un momento en silencio, pensativo- ¡Es tan difícil para la mente humana armonizar tantos opuestos! Yo llevo toda mi vida intentándolo. Hay momentos de desesperación en que todo parece absurdo, como si la única realidad humana que pudiese explicar de modo aproximado el significado del Universo fuese la locura. Pero en otros momentos siento que hay que seguir adelante, que vale la pena.
            Los ojos de Miguel brillaban de un modo distinto cuando hablaba así, sentado junto a la silla de ruedas de mi hermano. Y en esos momentos, yo me decía que aquel hombre debía de haber querido mucho a alguien. Porque había mucha nostalgia en sus palabras.
                                                                                                                                
            Cada vida esconde un secreto, ahora estoy seguro de ello: en la infinidad de pliegues de nuestro cerebro, como en el fondo de un mar de coral, permanece callado y sumergido. Miguel también tenía el suyo, yo lo intuía y no podía evitar el sentir cierta curiosidad. Pero en cuanto vi el cuadro tuve la certeza de contemplarlo a través de aquella imagen, como si adivinase las formas ocultas en la profundidad desde la superficie del agua.
             Había ido a su casa a devolverle unos libros que había prestado a mi hermano. La puerta del salón estaba abierta y desde el pasillo lo vi. Ocupaba el centro de la pared, o más bien yo diría que la llenaba en sus dos quintas partes         (intento ser preciso para no exagerar). Aunque más que la superficie, lo que me impresionó fue la sensación que producía aquel cuadro en la pared vacía de cualquier otro adorno. El marco dorado estaba cuidadosamente tallado y la tela había adquirido los tonos envejecidos que da el tiempo. En un primer plano, ocupando la práctica totalidad del lienzo, se alzaba la figura de una mujer. O más que alzarse, reposaba sentada plácidamente sobre una piedra que apenas se veía, oculta por los pliegues de la falda. Sonreía, su sonrisa fue lo primero que atrajo mi mirada, una sonrisa inocente y triste. Sonreían los ojos pardos, almendrados, y los labios pálidos. El cabello, del mismo color que los ojos, caía en cascada sobre los hombros y los brazos desnudos. Tenía una guirnalda de flores en la frente, entrelazada con los mismos suaves hilos de su pelo: margaritas blancas y amarillas, y diminutas rosas de color púrpura. Y sus manos se abrían sobre el regazo, trenzando ramas de jazmines entre los dedos. Vestía una amplia túnica de algodón estampado de infinidad   de flores que se pegaba a su cuerpo menudo descubriendo la forma suave de sus senos y sus muslos. Detrás de ella se desdibujaba el paisaje: los verdes y los ocres de un pequeño valle y de unas suaves lomas tras las que se ocultaba el sol manchando el cielo de rosa y lavanda.
- Se llamaba Guadalupe- me dijo un día que me sorprendió mirando el cuadro con la boca abierta.
Pensé que me iba a contar su historia, pero se limitó a  quedarse de pie a mi lado contemplando el cuadro con los ojos muy brillantes mientras que me acariciaba la cabeza. Me di cuenta de que estaba pensando en ella y de que la había querido mucho.

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