sábado, 11 de mayo de 2019

"El valle de los narcisos", capítulo 10

Oscar, David, Sofía, nuestros protagonistas, se enfrentan al mundo lleno de pasión, intriga y fantasía de la adolescencia. Un mundo en el que se refugian, inaccesible para los adultos
Capítulos anteriores:

10.
Durante unos momentos me quedé aturdido, mirando fijamente a aquel tipo, que me dirigía una sonrisa burlona y desafiante.
_ ¡Eh, tú! ¿Tú no eras amigo suyo? ¿No serás un maricón, eh?_ añadió soltando una carcajada.
Sentí como la sangre me subía hasta las mismísimas puntas de las orejas y un deseo enorme de echarme sobre él. Sé que de dos puñetazos lo hubiese tirado al suelo. Algo me retenía a pesar mío, los ojos aterrados de Oscar y su mano tirándome con fuerza de la manga. Y una mano que se apoyaba en mi hombro con un gesto de simpatía que me hizo estremecer. Era la mano de Sofía, que se había añadido al grupo.
                               
_ No eres legal, tío_ dijo con su tono desafiante_ Está  muerto ¿no? No puede defenderse de todos esos chismes, así que cierra ya tu boca de cotilla.
El tipo de la melena enmarañada se quedó mudo, rojo de rabia. Su auditorio agachó la cabeza avergonzado y se dispersó. Sofía seguía allí, mirándolo con descaro. Él se encogió de hombros fingiendo desprecio y dio media vuelta.
Por un momento nos quedamos solos en el patio. Había sonado el timbre que anunciaba el fin del recreo y todos se dirigían hacia las aulas. Ella me miraba con sus ojos llenos de inteligencia y simpatía. No sé lo que sentí entonces, sólo sé que era tan fuerte que temí caer redondo al suelo.
_ Esto no me gusta- dijo Sofía con su firmeza habitual, su voz me devolvió a la realidad.


Estrechó de nuevo mi hombro y se dirigió corriendo hacia las aulas después de entregarme un papel doblado, "mi teléfono", me dijo. Antes de entrar se volvió hacia mí y me hizo un gesto con la mano. Yo me encaminé hacia la salida del Instituto. Por primera vez en mi vida, me ausenté antes de que terminasen las clases. Necesitaba escapar, estar solo, pensar. Deambulé por las calles y por los parques. Me parecía estar en otra ciudad, la luz era distinta, y la gente con la que me tropezaba. Eran personas mayores que caminaban despacio disfrutando del sol tibio de la mañana, o amas de casa que se apresuraban de camino al mercado. Descubrí calles por las que nunca había pasado, y un pequeño jardín entre bloques de casas. Había un banco vacío a la sombra de dos enormes chopos que sobrepasaban la altura de los edificios (viejos supervivientes, pensé acurrucándome a su sombra protectora). En la terraza de un primer piso, un jilguero revoloteaba en su jaula y se paraba de vez en cuando para lanzar sus trinos a los cuatro vientos. Me sentí seguro y a salvo. Cerré los ojos e intenté calmarme, recomponerme por dentro. Era lo primero que tenía que hacer si pretendía sacar algo en claro de toda aquella locura. Nada encajaba, era como un enorme puzzle en el que ninguna pieza estuviese en su lugar. Tenía que volver a empezar y recomponerlo todo.
La televisión estaba puesta, fue en lo primero que pensé. Pero Miguel nunca ponía la televisión, no le gustaba. Estaba en un rincón, en medio de montones de libros y revistas. El asesino, o los asesinos, habían puesto la televisión. No conocían a Miguel, no sabían de sus gustos y aficiones. Eran extraños. Habían urdido todo aquel montaje para despistar, pero nada encajaba en aquel escenario. No conocían a Miguel, no le habían oído hablar de Guadalupe como lo había hecho yo. Ahora me daba cuenta de que en ningún momento se mencionó el cuadro, a pesar de todo el lujo de detalles con los que se describía la escena del crimen. Y era aquel cuadro lo primero que se veía cuando se entraba en el piso, se veía desde todos los  ángulos, lo llenaba todo. Pensé en los ojos almendrados, mudos testigos de lo ocurrido. El jilguero me sobresaltó con un trino más agudo de lo habitual, tuve la sensación de que sus diminutos ojos negros estaban fijos en mí. Y que desde algún punto, quizás desde las copas de los chopos, me contemplaban los ojos almendrados de la mujer del cuadro


Mientras recordaba a Guadalupe, debí de quedarme dormido. Me despertaron los trinos del jilguero, y el roce de las hojas de los chopos, era el roce de dedos trenzando hilos de colores con los rayos del sol, me susurraban algo que no alcanzaba a comprender. Como un aviso, que me hizo agudizar el oído y estar alerta. Podía oírlo desde lejos, el crujir de los zapatos nuevos del hombre trajeado. Abrí los ojos y vi a la mujer que me sonreía. Estaba en la puerta del pequeño establecimiento, al pie del balcón donde el jilguero se agitaba en su jaula. Era curioso que no hubiese reparado antes en la pequeña floristería. Me levanté sin dudarlo y me dirigí hacia la mujer. Ella se apartó, invitándome a entrar en la tienda. Era una pequeña estancia atiborrada de macetas y jardineras que desbordaban plantas y flores de todos los colores y formas imaginables. Y en los rincones, jilgueros, canarios y periquitos revoloteaban en sus jaulas añadiendo el colorido amarillo, verde, rojo y azul de sus plumajes al arco iris vegetal. La mujer continuaba de pie en la puerta dándome la espalda. Entonces, a través del escaparate, lo vi apareciendo en la esquina: era el mismo hombre joven con el que me crucé frente al piso de Miguel. Se quedó parado un momento en medio del parque, daba la impresión de estar olfateando una presa. Luego dirigió su mirada hacia la tienda, hacia la mujer inmóvil en la puerta. Sentí un estremecimiento de espanto y di un paso hacia atrás, pegando la espalda al rincón más oscuro de la estancia. El corazón me latía con tanta fuerza que temí pudiera oírlo desde la calle. No sé cuánto tiempo pasó, a mí me pareció una eternidad, hasta que por fin dio media vuelta y se alejó, acompañado del chirriar correoso de sus zapatos nuevos.
La mujer se volvió hacia el interior, estuvo un momento pensativa observando sus macetas y luego se inclinó tomando entre sus manos una de diminutas rosas amarillas. Me la tendió sin dejar de sonreír.
_ No tengo dinero_ le dije aturdido.
_ No tiene importancia. Es un regalo.
Tomé la maceta entre mis manos y salí precipitadamente. Cogí la dirección opuesta a la que había tomado el hombre y estuve deambulando por calles estrechas por las que nunca había pasado. Cuando me di cuenta estaba a pocas manzanas de mi casa. Apresuré el paso, había perdido la noción del tiempo y del espacio. Ni siquiera había podido retener el rostro de aquella mujer, como si la luz me hubiese deslumbrado al mirarla, y sólo recordaba el trazo amable de su sonrisa. Cuando llegué a casa, dejé la maceta en la terraza.
_ ¿Dónde está  mi maceta?_ le pregunté a mi madre al día siguiente.
_ ¿Qué maceta?
-           _La que traje ayer_ dije, y luego creí reconocerla en un rincón_ Ah, ahí está.
_ David, esta maceta se la regaló Miguel a tu hermano ¿no lo recuerdas?
No supe que responder, miraba las flores como si estuviese hipnotizado.
_ ¿Te ocurre algo?_ preguntó mi madre con expresión inquieta.
_ Nada, no es nada. Estoy un poco cansado_ le contesté intentando sonreír.
Me encerré en mi habitación y me tumbé en la cama con los ojos cerrados. Seguía viendo la sonrisa blanca de la mujer, era como una caricia que me tranquilizaba y ya no sentía la sensación de vértigo de haber caminado por un espacio y un tiempo que no pertenecían a mi Universo.



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