martes, 21 de mayo de 2019

El valle de los narcisos, capítulo 11: quedar atrapado.


11.
Mi madre golpeó suavemente a la puerta de mi habitación antes de asomarse.
_ David ¿hoy no piensas comer?
Me pareció una pregunta trivial, yo tenía otras muchas cosas en que pensar. Sin embargo no protesté y me dirigí resignado al comedor. Comí en silencio, bajo la mirada inquieta de mi madre. Un plato de lentejas, un filete con patatas fritas y una naranja. No es que el menú tuviera nada de especial, esto es evidente, pero lo recuerdo con todo detalle. Debía reponer mis fuerzas, me esperaba una tarde llena de interrogantes y probablemente también de riesgos.
_ Estas lentejas están riquísimas_ le dije a mi madre mientras saboreaba un trozo de chorizo que le daba un sabor especial al guiso.
Mi madre sonrió, y pareció relajarse.

Eran las cuatro cuando terminé de ayudarle a recoger la cocina. Estaba impaciente por encerrarme de nuevo en mi habitación para reflexionar en todo lo ocurrido hasta la hora de acudir a la cita con Oscar.
Había estado toda la mañana pensando en Guadalupe, ahora tenía que intentar ordenar mis ideas. El tipo de la melena enmarañada había hablado de drogas que habían sido encontradas en casa de Miguel; yo intentaba recordar si ese asunto había sido mencionado en las noticias de la radio, o en los periódicos, pero hubiese jurado que no se hablaba de ello ¿Cómo podía saberlo aquel tipo? ¿O se lo había inventado? Pero me costaba encontrar un motivo para semejante difamación. 
Fue en 4º de Secundaria cuando Miguel nos expuso su postura sobre la droga. Era el tutor del grupo y un compañero propuso que se debatiera el tema. Yo estaba ya resignado a oír una vez más la misma charla que todos se empeñaban en darnos: mi madre, los profesores, el psicólogo, la televisión con sus campañas antidrogas. Pero Miguel me sorprendió en cuanto empezó a hablar.
_Yo las he probado_ fue lo primero que dijo.
Hubo una reacción inmediata en la clase: guiños y codazos, algunos comentarios (un porrito, y alguna raya, mola colega, dijo alguien a mi espalda). No faltó tampoco la expresión de susto en la cara de otros.
_ ¿Qué drogas has consumido, Miguel?_ preguntó un compañero coreado por la risa de los demás.
_Tabaco. Y, para mi desgracia, sigo siendo fumador. Alcohol, pero de forma moderada: alguna caña y un vaso de tinto en las comidas. Y alguna copa con los amigos. Hachís, y coca, cuando era joven.
Hubo risas y murmullos en la clase. Y algún que otro compañero palideció como si hubiese visto al Diablo.
_ Hace ya mucho tiempo_ continuó y su tono serio nos hizo prestar atención_ Nunca quedé atrapado, fue una aventura. Pero nadie puede saber si quedará  o no atrapado.
Se hizo un silencio doloroso. Yo percibí su dolor y su tristeza, aunque entonces aún no conocía la historia de Guadalupe.
_ ¿Vosotros pensáis que vale la pena correr el riesgo de quedar atrapado?_ nos preguntó con una gran ternura cuando salió de sus reflexiones_ Es importante que conozcáis lo que eso significa. Depende de cada droga. Y nadie puede saber quién será  más fuerte, la droga o él. Ni siquiera un adulto, un hombre maduro en su cuerpo y en su mente. Un niño, un muchacho tiene todas las probabilidades de caer en la trampa.
Los que os inducen a consumirlas no merecen ninguna compasión.
 Las últimas palabras las pronunció con tanto coraje que nos asustó. Hasta los más atrevidos se removieron incómodos en sus pupitres.
Ese día empecé a sentir curiosidad por desvelar el secreto de Miguel. Ahora sé que ese secreto se llamaba Guadalupe. 


Los capítulos anteriores:




PROLOGO
Cuando David se presentó en mi despacho con su manuscrito, no me sorprendí: hacía tiempo que venía observando sus dotes de escritor a pesar de no ser más que un alumno de Bachillerato. Y tengo que reconocer que no podía evitar un cierto sentimiento de envidia. A mis cincuenta y dos años, yo tenía guardados en un cajón de mi despacho los manuscritos de cinco novelas que habían recorrido un largo peregrinaje de editorial en editorial sin conseguir salir a la luz. Sin contar la pila de versiones corregidas que amontonaba sobre el armario de mi habitación y que luego reciclaba usando el reverso en blanco de las hojas como borrador para mis nuevas novelas. Aquello estaba resultando un largo y doloroso parto.
Organizar talleres de escritura con mis alumnos fue una manera de consolarme. Les aconsejaba sobre cómo escribir una novela (aprovechaba la ocasión para leerles algún párrafo de las mías). Fue en uno de estos talleres donde conocí a David.
David me presentaba relatos breves que yo corregía con paciencia. No estaban mal, pensé al principio. Cada vez eran mejores, tuve que terminar por reconocer. Hasta que me presentó el manuscrito de su novela corta este mes de septiembre, a la vuelta de las vacaciones. Yo también había sido testigo de los hechos que relataba, aunque sin estar tan implicado como él en lo ocurrido. Incluso tengo que decir que se me había pasado por la mente la idea de escribir mi propia novela basándome en lo que sucedió. Pero aquel muchacho se me había adelantado.
"Está  bastante bien, David" le comenté‚ después de una primera lectura, intentando que mi sonrisa no dejase transparentar la envidia que me recomía. Él se quedó mirándome con sus ojos de miope, y por un segundo temí que estuviese leyendo mi pensamiento, o más bien, que lo estuviese oliendo. Los muchachos son así, pueden ver lo que nuestros ojos cansados son incapaces de percibir. "No me he atrevido a corregirlo- le dije, como si así pudiese despistar su percepción- sólo alguna tilde, y algún signo de puntuación".

David me ha pedido que le escriba el prólogo de su novela. Se la van a publicar. He vuelto a dedicarle una sonrisa forzada. Tengo que reconocer que él ha sabido ser testigo de lo que ocurrió con el asombro de unos ojos que aún no se han fatigado de contemplar cómo pasa la vida.


1.
Desde la ventana de nuestra clase se divisaba el campo de trigo a las afueras del pueblo. Me gustaba su color de oro viejo, que anunciaba el final del curso, y a veces me distraía mirándolo. Esa mañana había una mancha blanca en lo alto de la loma: la sábana que cubría el cuerpo de Oscar.
Todos nos asomamos a las ventanas cuando oímos las sirenas de los coches de la policía y de la ambulancia. Fue inútil que el profesor, Pablo, nos rogase que volviésemos a nuestros sitios, y él mismo terminó por empinarse detrás de nosotros para ver que pasaba.
El cuerpo estaba caído entre las espigas tronchadas, era un cuerpo menudo y estaba oculto a la vista. Habrían pasado días sin que hubiese sido descubierto ( las hormigas lo habrían devorado para entonces, comentó Julián, un compañero de clase aficionado a las películas de terror), a no ser por el perro de Don Salvador. Los que arrojaron allí el cadáver debían de ignorar las costumbres de nuestro antiguo conserje. Don Salvador daba largos paseos todos los días por los campos que se extienden detrás del Instituto. Yo lo veía desde la ventana de la clase, incluso los días lluviosos, protegiéndose con un enorme paraguas negro. Caminaba detrás de Truán. Escribía así el nombre de su perro, sin hache intercalada, “¿cómo se va a llamar Truhán, con esa hache, mi perro?” decía. Poco importaba, porque el animal sólo respondía a los sonidos, y en ese campo daba lo mismo. Truán (o Truhán) había envejecido junto a su dueño, y junto a nosotros, en la pequeña vivienda del conserje con su patio repleto de jazmines y claveles. Don Salvador era sevillano, conservaba su acento, "no tiréis las tisas al suelo", nos regañaba, y nosotros le pusimos el apodo de "El Tisas". 
Se había jubilado hacía un año. Una furgoneta blanca había aparcado en el patio del
Instituto y, ayudado por el chófer, Don Salvador había ido cargando sus muebles: dos sillones, una cama, la mesa, cuatro sillas, poco más. Se trasladaba a un piso que había comprado en los bloques contiguos al Instituto. "Sois unos demonios", nos decía con frecuencia. "Cuando me jubile, me compraré una casita en la playa, qué ganas tengo de perderos de vista, cabritos". Pero al final decidió quedarse cerca de donde había vivido tantos años. "¿A dónde vamos a ir Truán y yo?".
Don Salvador y Truán salían a dar su paseo a media mañana. Caminaban hasta lo alto de la loma, por los senderos entre los trigales y luego descendían hasta el camino que bordea el Instituto, justo a la hora del recreo. Nosotros nos acercábamos a la verja, y Truán daba saltos y meneaba la cola para saludarnos. Estoy seguro de que distinguía el olor de cada uno de nosotros. Y el olor de Oscar, por supuesto, que se encaramaba a la verja para tirarle de las orejas o meterle la mano en la boca.
Aquella mañana Don Salvador estaba llorando sentado en el despacho del Director. Truán estaba echado a sus pies y lo miraba con los ojos húmedos y las orejas muy tiesas. Los vi por la puerta de cristal al salir al patio. Estaba bebiendo una taza de manzanilla que le había llevado Doña Josefina, la Secretaria. "Dice que es el cuerpo de ese crío, el tal Oscar- comentaba Doña Josefina al salir del despacho- Y que está  destrozado, como si lo hubiesen molido a palos. El perro debió de olerlo desde el camino, y no dejaba de lamer la cara del muchacho, entre dos policías lo arrancaron de allí, por lo visto el animal se resistía".
Salimos al patio. Desde la parte posterior se veían los trigales. La policía estaba acordonando la zona.
Sofía estaba junto a la verja, con la mirada perdida en los campos de trigo; aquel era el lugar favorito de su pandilla. Pero ese día estaba sola, y de nuevo me pareció menuda y vulnerable.
Yo había seguido a mis compañeros de curso, desde allí podíamos observar mejor lo que ocurría. Me dejaba llevar, arrastrar por la excitación general, e intentaba al mismo tiempo dominar y disimular el pánico y la angustia que se iban transformando en algo físico en la boca del estómago y en la garganta.
Cuando pasé junto a Sofía ella se volvió hacia mí y supe por su expresión que sentía lo mismo que yo. Estaba aterrorizada. Le temblaba la mano que sostenía el cigarrillo, y el color rojizo de su cabello corto hacía destacar aún más la palidez de su rostro. Sus pupilas verdes tenían el brillo del miedo. La abracé, o fue ella quien me abrazó (no lo sé). Nos abrazamos allí, en medio del patio delante de todo el mundo. Me conmovió su olor, mezcla de tabaco y colonia de niño, y el frío de su mejilla y de su cuerpo tembloroso.
Era como si se hubiese quedado desnuda entre mis brazos. Y no me refiero a su ropa. Me refiero a todas las máscaras detrás de las que se ocultaba, el caparazón de soberbia y recelo tras el que se escondía.

2.
Al día siguiente detuvieron al padre de Oscar. Al padrastro, mejor dicho.
Lo habían encontrado detrás de la tapia del cementerio viejo, con otros yonquis. "Por ahí andará, hace días que no duerme en casa", les había dicho la madre de Oscar a la policía.
Yo lo había visto algunas veces. La primera vez fue Oscar quien me lo señaló: "Ese es el cabrón de mi padre", dijo cuando lo vio rondando por el parque. "Bueno, es el tío que vive con mi vieja", me explicó. Era un hombre joven. Debía de haber sido alto, aunque ahora andaba encorvado. Tenía el pelo largo, que le ocultaba la cara y le hacía parecer aún más flaco y demacrado si cabe. Iba hablando solo, con los ojos perdidos en sus pesadillas.
_ ¡Eh, Oscar! Ven acá _ gritó al ver al muchacho.
Oscar se paró en seco y se agarró a mi brazo. Fue un movimiento instintivo, todo su cuerpo estaba rígido como el de un gato callejero, preparado para saltar sobre su presa, o para huir, con el oído atento y con un extraño brillo en los ojos medio entornados.
_¿Qué pasa, chaval? ¿Ya no se saluda?
Se nos había acercado en dos zancadas. Olía mal; esa es la sensación que más recuerdo: el olor. No era ni a tabaco, ni a alcohol, ni a sudor ni a orín. Era un olor más pegajoso, entre dulzón y agrio, sofocante, que me hacía sentir como si tuviese la cabeza debajo del agua y necesitase tomar una bocanada de aire limpio. El padre de Oscar llevaba unos pantalones grises, con el bajo raído, y una camiseta granate, arrugada y con sombras pardas en las axilas. Tenía barba de varios días. Sonreía mostrando una boca desdentada, y el aire y la saliva se le escapaban entre los dientes amarillentos al hablar.
_ ¿Qué pasa, chaval?_ repitió, arrastrando las palabras mientras tendía la mano.
Oscar se apartó dando un brinco.
_ ¡Eh, chaval! ¡Que no pasa nada!_ insistió él.
Sin dejar de sonreír, enredó sus dedos flacos y renegridos entre el cabello del muchacho que intentaba en vano esconderse detrás de mí.
_ Déjelo en paz_ le dije sin poder contener mi repulsión.
_ ¡Eh, eh! ¿Y tú quién eres? ¿Quién te manda meterte en lo que no te importa?
Había dejado de sonreír y se me había encarado. Sus ojos hundidos brillaban amenazadores a poco más de un palmo de los míos y me echaba su aliento pegajoso sobre la cara al hablarme.
Yo alargué la mano y lo empujé. Apoyé mi palma en su pecho, lo sentí blando, quebradizo; sentí sus costillas y el latido enfebrecido de su corazón. Sólo con tocarlo, le hice tambalearse.
_ Bueno, chaval, que no es para ponerse así, colega_ dijo al recuperar el equilibrio, y sonrió de nuevo- ¡Vale, vale, ya me largo!
Anduvo algunos pasos dando tumbos y luego se volvió hacia Oscar.
_ ¡En casa te espero!
_ ¡Que te jodan! _ respondió Oscar entre dientes.
_ Vamos, chaval_ le dije yo echándole la mano al hombro, pero él la rechazó.
_ ¡Déjame en paz! _ me respondió casi gritando. 
No iba a llorar delante de mí, ni de miedo, ni de rabia. Pero el miedo y la rabia tenían que escapar de alguna manera de aquel cuerpo menudo. Así que me limité a caminar a su lado en silencio hasta el cruce donde solíamos separarnos. Esa tarde él no siguió caminando hacia su casa, sino que se sentó en el bordillo de la acera. Yo me senté junto a él, me quedé allí quieto y callado.
_ ¡Es un cabrón, el hijo de puta!_ dijo al fin intentando contener las lágrimas que se escapaban por la nariz.
Yo asentí con la cabeza. Al cabo de un rato se levantó y empezó a dar vueltas alrededor de mí y a dar patadas a una lata vacía de cerveza que estaba tirada en la acera.
_ ¿Quieres venirte a mi casa?_ le dije al fin.
_ ¡Bah! Ya me las apañaré. ¿Qué te crees? No he dormido yo ya veces ni nada fuera de casa- añadió tragándose el miedo y lanzando de una patada la lata de cerveza a la acera de enfrente- ¿Me das para un cigarro?
Yo busqué en mi bolsillo. Oscar nunca fumaba delante de mí, sabía muy bien que yo no le iba a dejar. Pero esa vez fui incapaz de negarme. Le tendí veinte duros y me quedé allí callado, de pie sin saber qué hacer mientras él se alejaba silbando y dando brincos.
Aquella tarde yo tampoco tenía ganas de encerrarme en mi habitación. Sabía que a esa hora mi madre aún no habría vuelto del trabajo. Estuve a punto de echar a correr detrás de Oscar, pero me quedé quieto viendo cómo se alejaba hasta que dobló la esquina. Entonces di media vuelta y me encaminé a mi casa.
Tenía que hacer una traducción de griego para el día siguiente, pero no conseguía encontrar el sentido de aquellas frases. Buscaba las palabras en el diccionario, y cada una de ellas parecía tener vida propia y no guardar ninguna relación con las demás. Quizás fuera porque estaba un poco mareado, el olor del padre de Oscar parecía haber llenado mis pulmones e impregnado la palma de mi mano. Fui al cuarto de baño y me la restregué una y otra vez, pero aquel olor seguía bajando por mi garganta hasta el estómago. Sentí náuseas y devolví. Asco, miedo. Rabia. Aquello no tenía sentido, era absurdo, injusto. Oscar era un crío, medio salvaje, medio loco. Y su padrastro un yonqui capaz de molerlo a palos. Oscar dormiría esta noche en la calle, ya lo había hecho otras veces. Por ahí.
Cuando volví a mi habitación, oí a mi madre en la cocina.
_ ¡Ya he vuelto, cariño! _ me dijo sonriendo al asomarse por la puerta.
Me dirigía aquella sonrisa que yo había desenmascarado desde el primer día aunque fingía seguir engañado. Ni siquiera se puso luto, "a Tito no le gustaba el negro", me explicó la primera vez que me dedicó aquella nueva sonrisa. Había disimulado la palidez de sus mejillas y sus ojeras con una ligera capa de maquillaje. Aún era joven y bonita, con una expresión encantadora, pero yo sabía cuánta pena escondía, y sentía una punzada en el pecho cuando a mi vez me esforzaba en devolverle la sonrisa.
_ ¿Por qué me miras así?
_ Es que estás muy guapa, mamá.
_ Gracias, cariño. Voy a salir _me dijo y se ruborizó como si fuera una adolescente.
_ ¡Estupendo, mamá! 
_ ¿No te importa?
-¡Claro que no! Todo lo contrario.
_ ¿Sabes? _ me dijo volviéndose antes de salir de mi habitación_ Tú también deberías salir un poco. ¿Y aquella muchacha, Sofía?
_ ¡Anda, mamá! Olvida eso.
No insistió. Me conocía bien y sabía que no me gustaba que indagaran en mi vida. Y además, ¿qué hubiera podido encontrar sino sueños y fantasías?
Cuando oí cerrarse la puerta de la calle, aparté de un manotazo el diccionario y el texto que estaba traduciendo. Seguía sintiendo náuseas, rabia y miedo. Quería dominar esas aprehensiones. Intenté pensar en Sofía y abrí el cajón de mi escritorio. Saqué mis acuarelas, y la cartulina ya manchada de azul y azafrán y poco a poco fui perfilando los pétalos del narciso.
3.
Todos comentaban la detención del padre de Oscar, y a nadie le cabía la menor duda de que él era el culpable de aquel crimen. Sin embargo, yo estaba casi seguro de que aquel desgraciado era inocente. Al menos inocente de la muerte de Oscar, no del infierno en el que vivió el muchacho desde que él comenzó a vivir con la madre.
Yo presentía quiénes podían ser los auténticos artífices del crimen, y ese presentimiento me hacía sentirme amenazado. Sabía demasiado, y eso era lo que ponía mi vida en peligro. Hasta entonces había conseguido disimular, y por el momento debía seguir haciéndolo hasta lograr las pruebas necesarias. Debía callar. Sólo había una persona con la que podía compartir mis sospechas y mi miedo: Sofía.
La víspera, cuando descubrieron el cadáver de Oscar, apenas hablamos. Sólamente nos abrazamos en silencio.
_ ¿Qué vamos a hacer? _ me susurró ella.
_ No sé. Debemos tener mucho cuidado y aparentar que no sabemos nada. Me saltaré la última clase y te esperaré en tu portal, si logro que no me sigan. Tú procura despistar al Antonio _ había improvisado un plan y se lo susurré al oído.
Nos separamos, yo me acerqué a mis compañeros mientras Sofía se dirigía a su clase.
Cuando Sofía llegó a su casa, yo llevaba una hora esperándola. Le temblaba la mano que sostenía el cigarrillo.
_ Entra- me dijo, empinándose un poco para besarme _ La casa está  hecha un asco, tendré que darme una paliza para ponerlo todo en orden antes de que vuelvan mis padres del pueblo. Pasa y siéntate donde quieras.
La mesa del salón estaba cubierta con envases vacíos de Coca-Cola y alguna cerveza, junto a platos con restos de patatas fritas y pizza, y un cenicero repleto de colillas. Tuve la sensación de que el humo de los cigarrillos flotaba en el aire coloreándolo todo de gris. Sobre el sofá  y los sillones estaban esparcidos algunos libros y revistas, un pantalón vaquero y dos camisas. Sofía lo amontonó todo en uno de los sillones. Me senté en el sofá  y ella se encaramó a mi lado cruzando las piernas como un pequeño buda.
Por un momento me olvidé del peligro que corríamos y tuve la sensación de haber sido transportado al santuario de una pequeña diosa con los cabellos de fuego y el rostro blanco como el mármol. Hubiese deseado permanecer así, adivinando en el brillo verdoso y dorado de sus ojos lo que ella sentía. Alargué la mano y acaricié su cabello y su cara. Sofía sonrió y yo sentí como se aceleraban mis latidos.
_ ¿Qué vamos a hacer?_ dijo haciéndome volver a la realidad mientras cogía un resto de pizza de un plato y empezaba a mordisquearlo.
_ Sobre todo, que nadie sospeche lo que sabemos. Al menos hasta que averigüemos con seguridad en quién podemos confiar- le respondí no sin cierta sensación de frustración por el brusco desvanecimiento de mi espejismo _ Habrá  que pensar cómo hacerlo. No quisiera que corrieses peligro, no deben relacionarte conmigo. Aunque quizás nos hayan estado espiando y sepan que Oscar estuvo escondido en tu casa los últimos días.
Sofía suspiró resignada y sacudió la ceniza de su cigarrillo. Uno de los libros amontonados en el sillón cayó al suelo y de sus páginas escapó una tarjeta: un narciso de brillantes hojas color azafrán pintado a acuarela sobre una cartulina color crema. Ella se inclinó y la recogió. Yo no pude evitar sonrojarme al ver como se quedaba contemplándola con una expresión ausente.
_ ¿Qué te ocurre?_ preguntó extrañada al levantar la vista y ver mi aturdimiento_ Te has puesto rojo como un tomate.
Su mirada fue del dibujo del narciso a mi cara, una y otra vez. Luego se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, como si le costase un enorme esfuerzo admitir lo que estaba pensando.
_ ¿Eras tú, no?_ dijo al fin mostrándome la tarjeta.
Yo asentí y bajé la cabeza avergonzado. No encontraba palabras para disculparme.
_ Todos estos meses_ continuó ella_ Llegué a tener miedo. ¿Qué significa esto?
_ No sé si podrás perdonarme, tú no te lo mereces.
_ ¿Merecer el qué? ¿ O es que se trata de un insulto?
_ Una crítica más bien.
_¡Vaya! Sabía que había un lenguaje de las flores, pero nunca hubiese pensado que este bonito lirio era un reproche. Creí que era el regalo de un admirador.
Me sonreía con los ojos llenos de pequeñas centellas doradas, y yo sentí que me ardían hasta las orejas.
_ Y lo era_ murmuré sin atreverme a mirarla.
_ Otro día me cuentas la historia de este lirio_ añadió mientras colocaba la tarjeta sobre un aparador antiguo_ Este mueble era de mi abuela.
Me sentí avergonzado al ver con qué cuidado había puesto mi dibujo en el lugar de honor del comedor (se notaba cuánto lo respetaba, era el único sitio perfectamente en orden, con una pulcritud que contrastaba con el resto de la habitación). Me sonrió agradecida al sentarse de nuevo junto a mí, y eso me hizo sentirme aún peor.
_ Mis padres volverán mañana. No tenemos mucho tiempo.
Asentí y me quedé con la vista fija en el desorden de la mesa y los sillones, en los platos sucios y en los envases vacíos. Y en la cara preocupada de Sofía. La sombra de una amenaza parecía flotar en torno a nosotros, y el recuerdo doloroso de la muerte de Oscar volvió a hacerme sentir una punzada en el estómago, y reviví la angustia aún no olvidada de aquella otra muerte: la de Miguel, nuestro profesor, y la indignación por todas las murmuraciones sobre su vida que alguien se encargó de difundir.
Sofía tenía razón, no había tiempo que perder. Así que lanzando una mirada de reojo al narciso de mi tarjeta, hice un esfuerzo por dominar mis sentimientos y centrar toda mi atención en el peligro que corríamos.

4.
Hacía varios meses ya que había empezado con mis anónimos, no sé cómo se me ocurrió. Porque en realidad eso es lo que eran mis tarjetas, un desahogo cobarde. Fue después de la asamblea de alumnos.
El representante del Sindicato de Estudiantes nos había convocado a los delegados de curso para informarnos sobre la convocatoria de una huelga. A mí me habían elegido mis compañeros aunque mi perfil no se ajustaba demasiado al de un delegado. Yo era el típico empollón, con todos los atributos correspondientes, incluidas las gafas. Por el contrario, la mayoría de los delegados de los otros cursos cumplían perfectamente los requisitos. La verdad es que estaba un poco perdido en medio de ellos; sentí vergüenza por mi jersey gris (llevaba con él por lo menos tres cursos, a veces pensaba que crecía conmigo; pero conocía muy bien la situación en casa y no se me hubiese ocurrido ir con exigencias a mi madre).
El compañero que nos estaba informando era alto y desgarbado. Sonreía mientras hablaba, aunque lo que decía no tenía ninguna gracia. Supongo que era una sonrisa de satisfacción (algo así como sí se estuviese diciendo: ¡Hay que ver lo bien que hablo!) No es que yo no estuviese de acuerdo con lo que decía, en muchas cosas creo que tenía razón. Pero había algo en su tono y en su sonrisa que me sonaba a falso.
Estaba yo perdido en estas reflexiones cuando alguien pidió la palabra detrás de mí, apoyándose en mi hombro para empinarse. Era Sofía. La sonrisa del orador se hizo más amplia mientras la invitaba a subir al escenario. Hubo un murmullo de admiración en la asamblea. "Está  buena, la tía" dijo alguien a mi lado, y yo enrojecí hasta las orejas (por fortuna, en las últimas semanas esto ya no me ocurre, ni siquiera cuando Sofía se me queda mirando con sus ojos llenos de chispas verdes y doradas).
Ella llevaba su habitual tejano negro, deshilachado en los bajos y un suéter gris. Sofía no es la típica chica con la que soñamos todos, alta y delgada, con los ojos azules y el pelo largo y rubio. Ella es más bien pequeña, tiene las caderas anchas y redondeadas, como los pechos, que no disimula su ropa más bien ajustada. Lleva el pelo muy corto, es de color cobrizo, que contrasta con la blancura de su cara y de su cuello. Me encanta su cuello, pienso que nadie lo puede mirar sin desear besarlo. Su piel está moteada de diminutas pecas de color canela (siempre había pensado que nunca me gustaría una chica pelirroja y pecosa, pero cuando conocí a Sofía me pareció lo más hermoso del mundo). Y sus ojos son los más bonitos que he visto jamás, verdes como un río entre los  árboles en el que chisporrotea la luz dorada del sol. "Olvídate, chaval, no hay nada que hacer" me murmuró al oído Julián mirándome de reojo. Julián era mi compañero desde párvulos, y no se le solían escapar mis sentimientos. "Esa tía da calabazas al más pintado". No hacía falta que Julián me lo dijera, yo lo sabía por propia experiencia.
Nunca me hubiese atrevido a decirle a Sofía lo que sentía, pero ella lo adivinó, estoy seguro de ello. De eso hacía ya un año. Se había quedado mirándome y se había echado a reír. Desde entonces yo siempre había intentado evitarla, y la observaba de lejos y a escondidas. Ella me ignoraba y yo fingía hacer lo mismo.
Ahora estaba en el escenario, hablando a la asamblea que la escuchaba con la boca abierta. Sabía hechizar, más por su tono, burlón y provocador, que por lo que decía. En realidad, se limitaba a repetir las consignas que acabábamos de oír. Pero en su boca sonaban más convincentes, hasta a mí me lo parecían a pesar del esfuerzo que hacía por mantener mi mente crítica.
_¡Levantad la mano los que estáis a favor de la huelga!_ gritó colocándose en el centro del escenario_ Uno, dos, tres...
Había empezado a contar las manos que se habían levantado al unísono. Yo me resistía apretando los puños.
_ Diez, once, doce, trece...
Ella seguía contando, señalándonos con su dedo, con una sonrisa triunfante que la hacía aún más bonita. Me estaba mirando, perpleja, y entonces yo levanté la mano. De nuevo había enrojecido, pero esta vez era de coraje.
_ Catorce, quince, dieciséis_ siguió contando, señalando a los compañeros que estaban detrás de mí. 
Cuando llegué a casa, entré directamente en mi habitación y tiré mi mochila sobre la cama. Me senté en mi escritorio. Sobre mi mesa de estudio estaba el libro con una marca en la página 88. Lo abrí y releí el último párrafo sobre Narciso. Había leído ese párrafo del poeta romano Ovidio la víspera, pero era como si lo leyese por primera vez.
No había manantial de aguas más claras, apenas se oía el respirar sereno del agua.
Todo el bosque estaba impregnado de su frescor, y del aroma de los juncos y las adelfas, de los nenúfares y de la arena y el césped de la orilla. El muchacho estaba arrodillado junto al agua, absorto, contemplando la bella imagen que le devolvía la adoración enamorada. Narciso tenía el cabello sedoso y rubio, que le caía en graciosos rizos sobre los hombros. Seguía inmóvil, inclinado sobre la superficie del estanque y enamorado de su propia imagen. El agua iba pintando su retrato, me acerqué para admirarlo y vi su rostro blanco y el cabello corto y rojizo, y los ojos burlones de Sofía, embelesados en el reflejo verdoso del fondo del estanque.
Abrí los ojos (me había quedado dormido mientras leía). No estaba muy seguro de lo que sentía. Empecé a garabatear en un folio, rayas, trazos absurdos, sin sentido. Sombras de agua y pétalos. Poco a poco se fue perfilando en aquella maraña de líneas un narciso. Arrugué el folio y lo tiré a la papelera. En el tercer cajón tenía mis acuarelas y una cartulina. Empecé a mancharla de añil y azafrán que se convirtieron en pétalos brillantes que se reflejaban en el agua tranquila.
Al día siguiente esperé que todos hubiesen bajado al recreo para dejar mi dibujo entre las hojas del libro de Física de Sofía.

5.
Los anónimos florales fueron el primer paso. Luego ocurrieron todos los acontecimientos por los que me vi envuelto en situaciones que pusieron en riesgo mi vida y, por desgracia, llevaron a la muerte a Miguel y a Oscar.
No es que mis anónimos y lo que luego ocurrió tuvieran relación en sí mismo, sino más bien en mí y en mi metamorfosis. Yo iba cambiando por dentro, cerraba los ojos y todas las imágenes de los antiguos mitos parecían brotar en el campo de mi fantasía: las fauces del lobo, la agilidad de los felinos, de los corzos y gacelas, el brillo de las escamas esmeralda de los reptiles,  ágiles y siempre acechantes en silencio, el latir ardiente de todas las pasiones de los dioses, las flores y los  árboles mágicos, las piedras sagradas, el fuego robado, el mar y las águilas, todo se encaramaba a mis sueños desde lagunas y gargantas profundas.
Algo de todo este cambio debió de transparentar mi cuerpo, quizás mis ojos, que brillaban de modo diferente. O mi pecho, que parecía henchirse al viento, o mi voz, más ronca. No sé, pero el caso es que mi madre adivinó algo de lo que estaba sucediendo, quizás porque ella siempre ha sido capaz de ver lo que ocurría en mi interior.
Supe que lo había adivinado cuando me sonrió mientras me revolvía el cabello.
_ Hijo, ya es hora de que lleves la vida propia de un muchacho de tu edad. Han sido muchos años cargando con una responsabilidad demasiado pesada para un niño.
Nueve años.
Se le nublaron los ojos y miró hacia otro lado para disimular.
_ No debes preocuparte por mí_ continuó sonriendo de nuevo, y dudó unos instantes antes de seguir. Había enrojecido, esto es algo que tenemos en común mi madre y yo- Ya sabes que estoy saliendo con Juan José‚ somos más que amigos, cariño.
Yo asentí, y le di una palmada en la espalda. La vida sigue, nos esforzábamos en decirnos uno al otro. Hacía algunos años que ella tenía novio (me parecía un buen hombre, Juan José‚) y ahora que Tito nos había dejado, debía iniciar una nueva vida. No pude evitar sentir cierta nostalgia. No por lo del novio de mi madre, sino por Tito. La víspera habíamos llevado su silla de ruedas a la Cruz Roja. "Puede servirle a otra persona" dijo mi madre aparentando serenidad.

Se me hacía extraño empujar aquella silla sin el peso del cuerpo de mi hermano, me asombraba su ligereza. Me había hecho fuerte, ahora me daba cuenta. "Mira el empollón- me habían dicho más de una vez los compañeros en la clase de gimnasia- ¡Pero si está  macizo el tío! ¡Vaya hombros! ¿A qué gimnasio vas, eh?" Yo seguía la broma mientras corría, saltaba o brincaba como el que más.
Tenía sólo nueve años cuando ayudé por primera vez a mi madre a empujar la silla. Mi hermano tenía doce. Un año después del accidente. Yo no era más que un niño, quizás por eso asimilé la realidad como algo natural. Mi conciencia se asomaba a la vida y la aceptaba tal como era, con la simplicidad de mis nueve años. Hasta entonces todo había sido un pasatiempo divertido: mi padre jugaba al fútbol con Tito y conmigo en la playa. Yo hacía de portero y no conseguía parar ni uno de los balones que Tito me lanzaba; los que me echaba mi padre sí los paraba, quizás él tirase más flojo a posta. Mi madre nos miraba y aplaudía a cada gol. Luego yo me encaramaba a la espalda de mi padre. "¡Vaya con la mochila!" me decía, y echábamos a correr los cuatro hacia el mar, riendo y salpicándonos de agua y arena. 
Esos eran mis últimos recuerdos de niño, aquel verano. Luego se hizo un agujero en mi memoria. Cuando desperté‚ papá  no estaba con nosotros y mi hermano estaba inmóvil en una cama del hospital. Lo aprendí pronto, por eso no me costó asimilarlo: la vida es así, hay un tiempo para jugar cuando se es pequeño, pero hay también hospitales donde los niños permanecen inmóviles en habitaciones blancas, y sillas de ruedas que hay que empujar al lado de mi madre, porque mi padre se marchó. Yo era entonces un niño, y los niños nunca dicen " se murió" (a no ser que estén jugando) pero cuando se trata de la muerte real de alguien que quieren, dicen simplemente: "se marchó". La vida es así, lloro un poco, luego me quedo un rato respirando hondo, y sigo adelante. Y hasta vuelvo a reír y a jugar.
Mi hermano recuperó el movimiento de las manos: podíamos jugar a las damas y al ajedrez. Y seguir tocando el violín. Antes del accidente íbamos juntos a la Escuela de
Música cuando salíamos del colegio. Después, continué yo solo, y luego le enseñaba a Tito las nuevas lecciones. Él aprendía rápidamente, practicaba horas y horas y siempre me superaba. Así es la vida, pensaba yo, y me asombraba de la belleza de la música; así es la vida, llena de maravillas, como los sonidos que salían de aquellas cuerdas en un Universo de Armonía. Y en ese Universo, la silla de ruedas y las piernas paralizadas de Tito eran un elemento más que yo aceptaba sencillamente.
Hablábamos de muchas cosas, fue mi hermano quien me aficionó a la Cultura Clásica y a su mundo fabuloso. Mi padre le había regalado un libro de mitología en su último cumpleaños. Lo habíamos colocado en nuestra librería, junto a todos nuestros libros de cuentos y de aventuras fantásticas. Al año siguiente yo le regalé el libro de "Las Metamorfosis" de Ovidio. La leímos juntos. Nos maravillábamos de ese Universo cambiante, donde todo fluía. El fuego y el agua, la piedra, los árboles, la serpiente, la corneja y el cuervo, y el pavo real, el león y el rayo. Lo contemplábamos con ojos aterrados, y éramos arrastrados por el torbellino de la vida que se agitaba y se estremecía con todas las pasiones de los dioses: allí nos empujaba nuestra fantasía. Luego Tito empezaba a reír, y su risa me sacudía y me devolvía a la realidad. Y echábamos una partida de ajedrez, o repasábamos la última lección de violín.
Pero Tito se había ido. Su silla quedó vacía unos días en la esquina de la habitación. Tres días. Al cuarto día la empujé calle abajo, "por si podía servirle a otra persona".
Me tumbé en la cama de mi hermano y cerré los ojos, oí el río que fluía entre los chopos y los versos de Ovidio que recogían las palabras del sabio Pitágoras:
"Y ya que soy conducido sobre el vasto mar y he entregado mis velas a los vientos que las llenan, sabed que no hay nada estable en todo el universo, todo se desliza, todas las formas van de un sitio a otro entre un ir y venir. El tiempo mismo se desliza con un movimiento continuo, ni más ni menos que un río, porque un río no puede pararse, ni tampoco la ligera hora; pero tal como la ola empuja a la ola, la que va delante es empujada por la que viene detrás y empuja a la que tiene delante de ella, de ese modo huyen las horas. En un curso igual llegan otras y siempre hay otras nuevas, el que estaba antes ya no cuenta y llega el que antes no existía y todos los momentos se renuevan..." Yo estaba echado sobre la cama de mi hermano, y ya no era el mismo muchacho de hacía unos días.

6.
El primer anónimo se lo envié una semana después de la muerte de mi hermano, al día siguiente de la votación sobre la huelga. Esperé en el pasillo, charlando con un compañero. Quería observarla, comprobar que lo había encontrado. Salió de su clase seguida de tres de sus admiradores y ni siquiera me miró (bueno, en realidad yo no existía para ella). Reía echando la cabeza hacia atrás entre aquellos grandullones.
Esa misma tarde dibujé mi segundo narciso, una flor de color azafrán, cuyo centro está  rodeado de blancos pétalos. La dibujé con rabia, el azafrán se manchaba con el color cobrizo del cabello de Sofía, haciendo destacar más aún la blancura de su cara ( Sofía no es de esas muchachas que gustan de broncearse al sol, al contrario, parece temerlo y se esconde de él, como las antiguas campesinas lo hacían cuando iban a la siega protegiéndose la cara con anchos sombreros de paja y amplios pañuelos; y no es que ella se dedique a esas tareas, ni tenga necesidad de usar esos artilugios. Ella se limita a llevar una vida noctámbula).
Necia muchacha presumida, murmuraba yo y recordaba los versos de Ovidio sobre el loco joven enamorado de su propia belleza. El hijo de Liríope," de cabellos azules a la que un día el Cefiso estrechó en su curso sinuoso y, aprisionándola en sus aguas, la violó. La bellísima ninfa dio a luz a un niño, que ya entonces podía ser amado. Y le llamó Narciso".
Mientras pintaba mi Narciso, sentía que yo también me iba transformando. No en flor, ni en  árbol, o en piedra. Me cambiaba en algo salvaje, ardiente, herido en su orgullo, enamorado y loco. Me miré en el espejo, algo en mis ojos me recordaba a la bestia, el fiero jabalí de la diosa Diana, los ojos brillan de sangre y de fuego, sus pelos toscos se erizan sobre su cuello, sale un rayo de su boca y su aliento seca el follaje. Esta vez la risa de mi hermano no me hizo salir del ensueño y volver a la realidad. Me quedé allí, en mi bosque mágico. Me estaba enamorando. Hundí mi pincel en el agua y terminé en dos trazos el dibujo. Lo puse sobre la mesa para que se secase. No tenía prisa, era viernes, y hasta el lunes no tendría ocasión de deslizarlo entre los libros de Sofía. Aquello era también parte de la aventura y sólo con pensarlo me sentía emocionado.
_David, te llama Julián_ me gritó mi madre desde la cocina_ Deberías salir un poco_ me susurró mientras me pasaba el teléfono.
No le costó mucho convencerme para que saliese con él aquella noche. Es un buen amigo, Julián. Tenían razón mi madre y él: yo debía bajar de las nubes, dejar mis fantasías y pisar el suelo. Así que me puse mi pantalón tejano y un polo blanco, estuve dudando y al final decidí dejar mis gafas en casa. Me veía un poco borroso en el espejo mientras me ponía algo de gomina en el pelo. Y me encaminé hacia el parque donde había quedado con Julián. 
Recuerdo cada uno de los momentos de aquella noche. La cerveza y la hamburguesa que nos comimos Julián y yo en la pizzería que está  frente al parque. Y el nombre de las tres chicas con las que estuvimos bailando en la discoteca "El Tiburón". La más alta
(era rubia y tenía unos enormes ojos azules) se llamaba Pili; Carmen era la más baja, era morena y tenía la cara llena de acné. Isabel fue la que me pareció más tímida al principio, con su cara cubierta de pecas y su melena pelirroja. Estuvimos bailando más de dos horas. Me gustaba bailar, dejaba que la música se me metiera en el cuerpo y me dejaba llevar, era como si volase; a ratos cerraba los ojos para sentirla mejor, o los abría y mi mirada se perdía a lo lejos, en todos los que bailaban alrededor de nosotros salpicados de luces de colores. La verdad es que sin gafas apenas distinguía nada. Otras veces intentaba fijarme en la cara de Isabel, o de Pili. O de Carmen. Para eso tenía que entornar los ojos. “¡Guau, tío, si me miras así me vas a volver loca!" me dijo riendo Isabel, y las otras dos muchachas corearon su risa, bailando las tres alrededor de mí. Julián seguía retorciéndose y dando saltos solo, en medio de la pista. "¡Qué manera de arrasar!" me dijo Julián con cierto tono de envidia cuando las tres muchachas se despidieron. "Tenemos que estar a las diez en casa, ¡vaya rollo!" nos dijeron después de apuntarnos sus números de teléfono en una servilleta de papel. "¡Bah!_ le contesté‚ a Julián_ No eran más que unas crías de primero de ESO".
Caminamos un rato por la zona de bares. Yo tenía la música aún dentro del cuerpo y llevaba el ritmo mientras andaba. Entramos en otro pub ("Los Piratas", se llamaba) y tomé mi primer cubata. Sentí que me mareaba un poco, pero de nuevo la música se apoderó de mí y me lancé a la pista; no distinguía las caras, no sólo por no llevar mis gafas, sino también por los efectos del alcohol. Me sentía muy bien, bailaba y sonreía a las caras de las muchachas que me acompañaban en mi baile. Todas eran preciosas, a todas les dedicaba mi seductora mirada de miope. 
Cuando salimos a la calle la noche había refrescado. Julián me ofreció un cigarrillo. "Te despejará " me dijo. Nos cruzamos con otros grupos de muchachos. La música se había hecho más lenta en mi cabeza, como las conversaciones de los que se cruzaban con nosotros. De vez en cuando se oían carcajadas, o gritos. Yo me sentía muy a gusto y empecé a tararear la última melodía que había bailado en Los Piratas. Entonces la vi, casi tropecé con ella. Sofía estaba sentada en la acera, con la cabeza entre las rodillas.
Sus hombros se estremecían, como si estuviese llorando. Levantó la cabeza y me dedicó una estúpida sonrisa, (nunca la había visto sonreír así). Luego se inclinó de nuevo y empezó a devolver en medio de fuertes convulsiones. Desde la esquina la observaba uno de los chicos con los que la había visto alguna vez. Era un tipo alto y flaco con una maraña de pelo que le llegaba hasta los hombros. Estaba fumando apoyado en la pared; yo no podía distinguir su cara disimulada en la penumbra.
_ ¿Te encuentras mal?_ pregunté sin saber qué hacer.
_ ¡Vaya colocón!_ dijo riendo a mi espalda Julián.
Sofía echó la cabeza hacia atrás, tenía los ojos muy abiertos, y se desplomó de espalda. Cayó sobre mis pies, quedó extendida en el suelo como un muñeco de trapo. El tipo de la esquina apagó el cigarrillo, murmuró algo que yo no llegué a comprender, dio media vuelta y desapareció.
_ Tío, qué mal rollo_ dijo asustado Julián_ Parece muerta. Anda, vámonos.
No recuerdo si me dijo algo más, si me acompañó algún rato, o no. Y nunca se lo pregunté‚ ni hablé con él de aquella noche. Sé que yo estaba solo en medio de la calle, y que tomé a Sofía en mis brazos, y que caminé así hasta mi casa. No sentía su peso (era mucho más ligera que mi hermano). Recostaba su cabeza sobre mi hombro, había cerrado los ojos, parecía dormir. De vez en cuando yo acercaba mi oído a su cara, y oía aliviado cómo respiraba. 
Cuando llegué a casa, mi madre ya estaba en su dormitorio. La oí moverse en la cama. Entré de puntillas en el cuarto de baño. Con una toalla empapada lavé la cara y los brazos de Sofía. Y su cabello, su cuello. Tomé el frasco de perfume de mi madre y con la punta de los dedos lo extendí por las sienes y las muñecas. Apenas distinguía su respiración. Me asustaba la palidez de su cara, y su tristeza. 
Toda la noche estuve junto a ella. La había acomodado sobre la cama de mi hermano. La arropé con la colcha (estaba helada) y poco a poco su cuerpo fue recuperando el calor. Yo lo comprobaba al acariciar sus mejillas, y el cuello, con la punta de los dedos. Hasta que me quedé dormido con la cabeza apoyada junto a su brazo.
Me despertó el roce de su mano. Abrí los ojos con esfuerzo (tenía la sensación de que mis párpados estaban hinchados, me pesaban y apenas podía levantarlos). Ella me sonreía con su encantadora sonrisa de siempre. No se acordaba de nada. Y ni siquiera se fijó en la acuarela que secaba sobre mi mesa. Apenas podía mantenerse en pie.
_ Deberías acompañarla a su casa_ me sugirió mi madre después de prepararnos un café bien cargado.

7.
La madre de Sofía nos abrió la puerta. Era una mujer menuda, de rostro redondo y pálido. Sus ojos verdes son tan bonitos como los de Sofía a pesar de tenerlos enrojecidos por el llanto_ pensé cuando me miró.
Junto a la puerta del comedor estaba el padre, un hombre alto y delgado con el pelo cano. La mujer había iniciado un gesto con la mano, algo como una caricia, pero se contuvo ante la expresión desafiante de Sofía.
_ Estoy cansada, mamá. Dejadme en paz, por favor_ dijo, y entró en su cuarto.
Me quedé en la entrada sin saber muy bien qué hacer. Habíamos llamado por teléfono a los padres de Sofía para prevenirlos y explicarles lo ocurrido.
_ Pasa, hijo ¿Quieres tomar algo?_ me preguntó la madre esforzándose por sonreír.
_ Gracias, no. Bueno, tengo que marcharme.
_ Has sido muy amable. ¿De veras no quieres un refresco?
Yo deseaba salir corriendo, me sentía confuso y torpe.
_ Pasa, hijo.
La voz del padre me impresionó; no sé si fue su tono, la ligera ronquera, o el temblor mal disimulado; sonaba a nota desgarrada de una canción triste.
_ Bueno, sí, vale. Un refresco- respondí intentando sonreír.
_ Te agradecemos mucho lo que has hecho por Sofía. Nosotros hacemos lo que podemos.
Se quedó callado, contemplando sus manos. Quería decirme algo, pero no sabía cómo. Yo me daba cuenta y me sentía cada vez más incómodo. Y apenado, con la misma pena de aquel hombre y de la mujer que se había sentado junto a él. Terminé mi refresco, les di las gracias y salí tropezando con la alfombra. Me dolía demasiado la voz de aquel hombre y las palabras que no pronunció pero que yo adivinaba.
_ ¿Qué te contaron los viejos? _  me preguntó Sofía al día siguiente. 
La noté distinta. Estaba más bonita que nunca, me pregunté si se acordaría de lo que había pasado la víspera. Probablemente no. Yo, por el contrario, lo había estado recordando minuto a minuto como se repasa una lección que no se quiere olvidar nunca. 
_ Nada, no me dijeron nada.
Pareció aliviada con mi respuesta, se esforzaba en sonreír y bajó los ojos ( nunca lo había hecho antes, era la primera vez que los veía entornados debajo de unas largas pestañas pardas, me gustaban también así). Sentí de nuevo que el pulso se me aceleraba y que mis orejas enrojecían, y me alegré de que no me estuviera mirando a la cara. Recordé los ojos llorosos su madre, y la voz ronca del padre. 
_ ¿Por qué les haces esto?_ le susurré. No sé por qué lo pregunté.
_ ¿Y yo qué? Tú no sabes nada de mí ¿te enteras? Eres un pringao_ había levantado los ojos, estaba a punto de llorar_ No entiendes nada.
Me dejó plantado en medio del pasillo. Yo me mordí los labios, me hubiese golpeado la cabeza contra la pared, si seré estúpido, me decía a mí mismo. Pero me repuse. Levanté la cabeza y di media vuelta con toda la dignidad que pude. Por la tarde, terminé con unas pinceladas rabiosas de rojo y negro mi narciso. Y de nuevo volví a fingir ignorar a Sofía cuando me cruzaba con ella por los pasillos. 

8.
Quizás hubiese debido empezar mi relato hablando de Miguel, él estuvo en el inicio de la aventura. Aunque hay un momento en que ya no se sabe bien dónde estuvo el comienzo, ni en qué punto se llegó al final.
            Miguel fue mi profesor de Griego y Latín en Bachillerato. Y antes, de Cultura Clásica en cuarto de Secundaria. Ese fue el primer año que lo tuve como profesor. Yo tenía entonces trece años. Éramos un grupo reducido de alumnos (se trataba de una asignatura optativa y la mayoría de los compañeros  preferían otras opciones). El primer día de clase yo llevaba el libro de Mitología de Tito en mi cartera. Lo estaba hojeando
cuando Miguel entró en clase. Al pasar junto a mí, se detuvo y miró sobre mi hombro.
-¿Te interesa la mitología?
-¿Eh?- yo me sobresalté, no lo había oído entrar.
-  Es una publicación interesante- añadió, echando una rápida ojeada a mi libro y
dándome una palmada de simpatía en el hombro.
-  Me llamo Miguel García- dijo al llegar al pupitre del profesor.
            No se sentó, sino que se quedó de pie, en medio de la clase. Era alto y delgado, de hombros estrechos y algo caídos. Tenía el pelo revuelto, abundante y rizado (pronto le pusimos el apodo de "La Escarola") y los ojos azules y saltones con un brillo húmedo, como si hubiese acabado de estar llorando o muriéndose de risa. Pronto descartamos lo del llanto: nuestro nuevo profesor era un hombre alegre, de excelente humor, que enrojecía al reír a carcajadas ante cualquiera de nuestras ocurrencias, o ante las suyas
propias.
Decididamente había hecho una buena elección al optar por la asignatura de Cultura Clásica, pensé al terminar la clase. Miguel (él quería que  le llamásemos así) se
detuvo de nuevo junto a mí cuando iba a salir de la clase.
_ ¿Me permites?_ me rogó señalándome mi libro de Mitología.
            Yo se lo tendí.
_ ¿Es tuyo?
           _ No. Es de mi hermano.
_ ¿En qué curso está  tu hermano?
            _ No. Mi hermano no viene al Instituto.
Miguel me miró con sus simpáticos ojos azules. Había algo en ellos que me hacía
sentir confiado.
_ No puede_ le expliqué_ Está  inválido. Tuvo un accidente.
_ ¡Muy interesante!_ me dijo al devolverme el libro_ Me alegro de que te guste la Mitología.
     
      
Una semana más tarde, me crucé con Miguel en la calle. Yo iba empujando la
silla de ruedas de Tito, era la hora de nuestro paseo habitual.
_ ¡Vaya! Pero si somos vecinos_ exclamó al vernos_ Me alegro. Yo acabo
de mudarme a este barrio.
            Cuando llegamos al parque, nos detuvimos junto a unos chopos. Allí estuvimos charlando de nuestros temas favoritos sin darnos cuenta del paso del tiempo.
_ ¡Tenemos que seguir otro rato!_ nos dijo al despedirse frente a nuestra casa y nos dio su dirección.
            _Nosotros vivimos en el bajo C _le dijo Tito al coger su tarjeta.
            La cara de mi hermano estaba radiante de dicha.
            Tres días más tarde Miguel nos hizo su primera visita. Y a partir de ese día no pasó ni una sola semana sin que pasara un rato charlando con mi hermano. Yo me unía a veces a sus charlas. Hablábamos de música, de pintura, de cine, y sobre todo de la Cultura Greco Romana: de sus filósofos, poetas, dramaturgos. De sus héroes y dioses, de sus viejos mitos.
            _Aquellos antiguos poetas conocían bien la naturaleza humana, y todas sus pasiones y contradicciones. Fabularon un Universo de dioses antropomórficos. En
realidad, eran todas las facetas contradictorias de nuestra alma las que cristalizaban por separado en cada una de aquellas divinidades: el Amor, la Inteligencia, los Celos, la Venganza, la Guerra. Un Universo de seres atormentados o dichosos, amantes compasivos o crueles- Miguel se quedó un momento en silencio, pensativo- ¡Es tan difícil para la mente humana armonizar tantos opuestos! Yo llevo toda mi vida intentándolo. Hay momentos de desesperación en que todo parece absurdo, como si la única realidad humana que pudiese explicar de modo aproximado el significado del Universo fuese la locura. Pero en otros momentos siento que hay que seguir adelante, que vale la pena.
            Los ojos de Miguel brillaban de un modo distinto cuando hablaba así, sentado junto a la silla de ruedas de mi hermano. Y en esos momentos, yo me decía que aquel hombre debía de haber querido mucho a alguien. Porque había mucha nostalgia en sus palabras.
                                                                                                                                
            Cada vida esconde un secreto, ahora estoy seguro de ello: en la infinidad de pliegues de nuestro cerebro, como en el fondo de un mar de coral, permanece callado y sumergido. Miguel también tenía el suyo, yo lo intuía y no podía evitar el sentir cierta curiosidad. Pero en cuanto vi el cuadro tuve la certeza de contemplarlo a través de aquella imagen, como si adivinase las formas ocultas en la profundidad desde la
superficie del agua.
             Había ido a su casa a devolverle unos libros que había prestado a mi hermano. La puerta del salón estaba abierta y desde el pasillo lo vi. Ocupaba el centro de la pared, o más bien yo diría que la llenaba en sus dos quintas partes         (intento ser preciso para no exagerar). Aunque más que la superficie, lo que me impresionó fue la sensación que producía aquel cuadro en la pared vacía de cualquier otro adorno. El marco dorado estaba cuidadosamente tallado y la tela había adquirido los tonos envejecidos que da el tiempo. En un primer plano, ocupando la práctica totalidad del lienzo, se alzaba la figura de una mujer. O más que alzarse, reposaba sentada plácidamente sobre una piedra que apenas se veía, oculta por los pliegues de la falda. Sonreía, su sonrisa fue lo primero que atrajo mi mirada, una sonrisa inocente y triste. Sonreían los ojos pardos, almendrados, y los labios pálidos. El cabello, del mismo color que los ojos, caía en cascada sobre los hombros y los brazos desnudos. Tenía una guirnalda de flores en la frente, entrelazada con los mismos suaves hilos de su pelo: margaritas blancas y amarillas, y diminutas rosas de color púrpura. Y sus manos se abrían sobre el regazo, trenzando ramas de jazmines entre los dedos. Vestía una amplia túnica de algodón estampado de infinidad   de flores que se pegaba a su cuerpo menudo descubriendo la forma suave de sus senos y sus muslos. Detrás de ella se desdibujaba el paisaje: los verdes y los ocres de un pequeño valle y de unas suaves lomas tras las que se ocultaba
el sol manchando el cielo de rosa y lavanda.
_ Se llamaba Guadalupe- me dijo un día que me sorprendió mirando el cuadro
con la boca abierta.
Pensé que me iba a contar su historia, pero se limitó a  quedarse de pie a mi lado contemplando el cuadro con los ojos muy brillantes mientras que me acariciaba la
cabeza. Me di cuenta de que estaba pensando en ella y de que la había querido mucho.


9.
Nunca podré olvidar el horror de la muerte de Miguel. Los periódicos dieron todos los detalles de aquel crimen: el cuerpo desnudo sobre la cama con la cara maquillada, las pintadas obscenas en las paredes. No parecía que faltase nada de valor, por lo que se descartaba el robo y todo apuntaba a un crimen pasional. Yo me sentía destrozado, pero sobre todo indignado. Me rebelaba contra la falta de pudor de los que relataban aquella muerte dando pie a todo tipo de conjeturas, como si se tratara de una profanación. Durante muchas noches me atormentaron mis pesadillas, veía sus huesos esparcidos, y su sombra ultrajada perseguida por los aullidos de los perros y los cazadores. El escorpión y la serpiente envenenaban su recuerdo. Los ojos azules de Miguel intentaban volar, transformarse en mariposa o pájaro, pero el pico cruel del cuervo los arrancaba y dejaba la noche en sus cuencas vacías. Me despertaba sobresaltado, gritando, y mi madre acudía asustada a mi habitación.
El martes no había acudido a su clase de griego, a primera hora de la mañana. Recuerdo que lo estuvimos esperando, nos extrañaba su falta de puntualidad, era algo raro en él. Habitualmente yo lo veía pasar desde mi ventana mientras terminaba de ordenar mi habitación. "Date prisa, vas a llegar tarde- me gritaba mi madre- mira, tu profesor de griego ya va hacia el Instituto". Yo salía corriendo y al llegar a la calle lo veía doblar la esquina del parque. Cuando entraba en el aula, lo encontraba sentado en su pupitre ordenando los libros y las citas clásicas que más tarde nos comentaría durante la clase. Aquel martes llovía y no me asomé a la ventana. Estiré un poco las sábanas y eché la colcha por encima. Metí mis libros y mis cuadernos en la mochila y me encaminé al Instituto. Los rezagados caminábamos deprisa, doblados bajo el peso de nuestros macutos y para protegernos de la lluvia menuda que había comenzado a caer desde la madrugada. Llegué a clase sofocado, sacudiéndome el barro de los zapatos y respiré aliviado al no encontrar a Miguel sentado en su pupitre. No se presentó en el Instituto en todo el día. Tengo que decir que nos alegramos de su ausencia: tuvimos la hora libre y nos dedicamos a charlar y algunos echaron una partida de cartas con las barajas clandestinas que siempre llevaba algún compañero por si se daba el caso de tener algún respiro.
Al día siguiente tampoco acudió a su trabajo. Algunos ya habían sacado la baraja cuando se presentó en el aula el Jefe de Estudios para ponernos alguna tarea. "¿Qué le pasa a Miguel?" le preguntó alguien. "Pues la verdad es que no sabemos" respondió con cierta extrañeza en su tono de voz. En aquel momento me sentí preocupado y decidí acercarme a su apartamento después de las clases. 
El apartamento de Miguel estaba a dos manzanas del nuestro, en un sencillo bloque de ladrillos rojos de ocho alturas. Las terrazas rompían la monotonía de la fachada con sus variopintos arreglos: algunas habían sido acristaladas para ganar espacio interior, en otras se habían instalado armarios y estanterías, donde se almacenaban los más diversos objetos; en algunas se habían acondicionado tendederos donde las sábanas y demás ropa ondeaba al viento. Las había coquetas y aseadas, que lucían macetas pintadas de verde, o de rojo, o de azul, donde los geranios y las gitanillas competían con otras especies populares. La terraza de Miguel era de estas últimas. "A Guadalupe le encantaban las flores", nos había explicado. Y en las tres jardineras junto a la barandilla y las seis macetas adosadas a la pared lucían todo tipo de flores: margaritas blancas y amarillas, claveles, pensamientos, petunias, dalias, lirios, que iban alternándose según las estaciones. Aquel miércoles pasé de largo delante de mi casa y continué hasta el portal de Miguel. Crucé a la acera de enfrente. No había nadie en la calle en ese momento. Desde allí podía observar la terraza y las dos ventanas que daban a la calle. Vi las manchas azules y blancas de las petunias, y la puerta que daba al salón desde la terraza. Estaba cerrada, y las persianas de las dos ventanas, bajadas. Me sentía paralizado, como si estuviese clavado en el suelo con la vista puesta en aquel segundo piso. Tenía una extraña opresión en el pecho. Alguien se acercaba calle abajo, me percaté cuando lo vi pasar debajo de la terraza de Miguel. Era un hombre joven, trajeado, con zapatos lustrosos que chirriaban al andar. Me miró de reojo y me hizo ser consciente de lo sospechosa que podría parecer mi actitud. Entonces decidí volver a casa, con la esperanza de encontrar a Miguel al día siguiente sentado en su pupitre. No fue así. A primera hora de la mañana, la radio dio la noticia, que se repitió a lo largo del día. Y los periódicos recogían lo ocurrido en las páginas de sucesos. El cadáver había sido descubierto a media tarde del miércoles por la asistenta que acudía dos veces por semana. En cuanto entró en el piso tuvo la sensación de que ocurría algo extraño: por las voces y música que se oían (era la televisión), y por un desagradable olor. Miguel llevaba muerto desde la tarde del lunes. 
No se hablaba de otra cosa en el Instituto. La mayoría estábamos apenados por lo ocurrido, Miguel era un buen profesor, y todos sus alumnos lo apreciábamos. Pero no podíamos dejar de estar perplejos por los rumores sobre su muerte. Y alguien se estaba encargando de difundir y agrandar aquellos rumores. El mismo día que se tuvo noticias de su muerte, vi al tipo de la melena enmarañada rodeado de un grupo que lo escuchaba asombrado.
_ El muy maricón, con la excusa de ayudar a los más pequeños se los llevaba a su casa. Era un marica de mierda. Y además, está  el asunto de la droga. Se ha encontrado en su casa, en los cajones de su despacho.
Yo me había acercado movido por la curiosidad y al oír semejante mentira estuve a punto de saltar sobre aquel farsante. Alguien me detuvo: estaba tirándome de la manga con fuerza. "Espera, tío, que estos van en serio, te la juegas". Me volví con los puños apretados, rojo de rabia, dispuesto a sacudirme a aquel inoportuno. Pero la expresión del muchacho me dejó paralizado: era Oscar y nunca había visto tanto terror en unos ojos. "Luego hablamos, te espero esta tarde en el parque. Que no te vea nadie", añadió disimuladamente y desapareció antes de que yo pudiese darme cuenta.

10.
Durante unos momentos me quedé aturdido, mirando fijamente a aquel tipo, que me dirigía una sonrisa burlona y desafiante. 
_ ¡Eh, tú! ¿Tú no eras amigo suyo? ¿No serás un maricón, eh?_ añadió soltando una carcajada.
Sentí como la sangre me subía hasta las mismísimas puntas de las orejas y un deseo enorme de echarme sobre él. Sé que de dos puñetazos lo hubiese tirado al suelo. Algo me retenía a pesar mío, los ojos aterrados de Oscar y su mano tirándome con fuerza de la manga. Y una mano que se apoyaba en mi hombro con un gesto de simpatía que me hizo estremecer. Era la mano de Sofía, que se había añadido al grupo.
_ No eres legal, tío_ dijo con su tono desafiante_ Está  muerto ¿no? No puede defenderse de todos esos chismes, así que cierra ya tu boca de cotilla.
El tipo de la melena enmarañada se quedó mudo, rojo de rabia. Su auditorio agachó la cabeza avergonzado y se dispersó. Sofía seguía allí, mirándolo con descaro. Él se encogió de hombros fingiendo desprecio y dio media vuelta. 
Por un momento nos quedamos solos en el patio. Había sonado el timbre que anunciaba el fin del recreo y todos se dirigían hacia las aulas. Ella me miraba con sus ojos llenos de inteligencia y simpatía. No sé lo que sentí entonces, sólo sé que era tan fuerte que temí caer redondo al suelo.
_ Esto no me gusta- dijo Sofía con su firmeza habitual, su voz me devolvió a la realidad.
Estrechó de nuevo mi hombro y se dirigió corriendo hacia las aulas después de entregarme un papel doblado, "mi teléfono", me dijo. Antes de entrar se volvió hacia mí y me hizo un gesto con la mano. Yo me encaminé hacia la salida del Instituto. Por primera vez en mi vida, me ausenté antes de que terminasen las clases. Necesitaba escapar, estar solo, pensar. Deambulé por las calles y por los parques. Me parecía estar en otra ciudad, la luz era distinta, y la gente con la que me tropezaba. Eran personas mayores que caminaban despacio disfrutando del sol tibio de la mañana, o amas de casa que se apresuraban de camino al mercado. Descubrí calles por las que nunca había pasado, y un pequeño jardín entre bloques de casas. Había un banco vacío a la sombra de dos enormes chopos que sobrepasaban la altura de los edificios (viejos supervivientes, pensé acurrucándome a su sombra protectora). En la terraza de un primer piso, un jilguero revoloteaba en su jaula y se paraba de vez en cuando para lanzar sus trinos a los cuatro vientos. Me sentí seguro y a salvo. Cerré los ojos e intenté calmarme, recomponerme por dentro. Era lo primero que tenía que hacer si pretendía sacar algo en claro de toda aquella locura. Nada encajaba, era como un enorme puzzle en el que ninguna pieza estuviese en su lugar. Tenía que volver a empezar y recomponerlo todo.
La televisión estaba puesta, fue en lo primero que pensé. Pero Miguel nunca ponía la televisión, no le gustaba. Estaba en un rincón, en medio de montones de libros y revistas. El asesino, o los asesinos, habían puesto la televisión. No conocían a Miguel, no sabían de sus gustos y aficiones. Eran extraños. Habían urdido todo aquel montaje para despistar, pero nada encajaba en aquel escenario. No conocían a Miguel, no le habían oído hablar de Guadalupe como lo había hecho yo. Ahora me daba cuenta de que en ningún momento se mencionó el cuadro, a pesar de todo el lujo de detalles con los que se describía la escena del crimen. Y era aquel cuadro lo primero que se veía cuando se entraba en el piso, se veía desde todos los  ángulos, lo llenaba todo. Pensé en los ojos almendrados, mudos testigos de lo ocurrido. El jilguero me sobresaltó con un trino más agudo de lo habitual, tuve la sensación de que sus diminutos ojos negros estaban fijos en mí. Y que desde algún punto, quizás desde las copas de los chopos, me contemplaban los ojos almendrados de la mujer del cuadro 

Mientras recordaba a Guadalupe, debí de quedarme dormido. Me despertaron los trinos del jilguero, y el roce de las hojas de los chopos, era el roce de dedos trenzando hilos de colores con los rayos del sol, me susurraban algo que no alcanzaba a comprender. Como un aviso, que me hizo agudizar el oído y estar alerta. Podía oírlo desde lejos, el crujir de los zapatos nuevos del hombre trajeado. Abrí los ojos y vi a la mujer que me sonreía. Estaba en la puerta del pequeño establecimiento, al pie del balcón donde el jilguero se agitaba en su jaula. Era curioso que no hubiese reparado antes en la pequeña floristería. Me levanté sin dudarlo y me dirigí hacia la mujer. Ella se apartó, invitándome a entrar en la tienda. Era una pequeña estancia atiborrada de macetas y jardineras que desbordaban plantas y flores de todos los colores y formas imaginables. Y en los rincones, jilgueros, canarios y periquitos revoloteaban en sus jaulas añadiendo el colorido amarillo, verde, rojo y azul de sus plumajes al arco iris vegetal. La mujer continuaba de pie en la puerta dándome la espalda. Entonces, a través del escaparate, lo vi apareciendo en la esquina: era el mismo hombre joven con el que me crucé frente al piso de Miguel. Se quedó parado un momento en medio del parque, daba la impresión de estar olfateando una presa. Luego dirigió su mirada hacia la tienda, hacia la mujer inmóvil en la puerta. Sentí un estremecimiento de espanto y di un paso hacia atrás, pegando la espalda al rincón más oscuro de la estancia. El corazón me latía con tanta fuerza que temí pudiera oírlo desde la calle. No sé cuánto tiempo pasó, a mí me pareció una eternidad, hasta que por fin dio media vuelta y se alejó, acompañado del chirriar correoso de sus zapatos nuevos.
La mujer se volvió hacia el interior, estuvo un momento pensativa observando sus macetas y luego se inclinó tomando entre sus manos una de diminutas rosas amarillas.
Me la tendió sin dejar de sonreír.
_ No tengo dinero_ le dije aturdido.
_ No tiene importancia. Es un regalo.
Tomé la maceta entre mis manos y salí precipitadamente. Cogí la dirección opuesta a la que había tomado el hombre y estuve deambulando por calles estrechas por las que nunca había pasado. Cuando me di cuenta estaba a pocas manzanas de mi casa. Apresuré el paso, había perdido la noción del tiempo y del espacio. Ni siquiera había podido retener el rostro de aquella mujer, como si la luz me hubiese deslumbrado al mirarla, y sólo recordaba el trazo amable de su sonrisa. Cuando llegué a casa, dejé la maceta en la terraza.
_ ¿Dónde está  mi maceta?_ le pregunté a mi madre al día siguiente.
_ ¿Qué maceta?
-            _La que traje ayer_ dije, y luego creí reconocerla en un rincón_ Ah, ahí está.
_ David, esta maceta se la regaló Miguel a tu hermano ¿no lo recuerdas? 
No supe que responder, miraba las flores como si estuviese hipnotizado. 
_ ¿Te ocurre algo?_ preguntó mi madre con expresión inquieta.
_ Nada, no es nada. Estoy un poco cansado_ le contesté intentando sonreír.
Me encerré en mi habitación y me tumbé en la cama con los ojos cerrados. Seguía viendo la sonrisa blanca de la mujer, era como una caricia que me tranquilizaba y ya no sentía la sensación de vértigo de haber caminado por un espacio y un tiempo que no pertenecían a mi Universo. 




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