lunes, 6 de mayo de 2019

"Espera, tío, que estos van en serio, te la juegas" El valle de los narcisos, capítulo 9.

Los anteriores capítulos:
https://doloresvendrell.blogspot.com/2019/04/el-valle-de-los-narcisos-capitulos-1-al.html
9.
Nunca podré olvidar el horror de la muerte de Miguel. Los periódicos dieron todos los detalles de aquel crimen: el cuerpo desnudo sobre la cama con la cara maquillada, las pintadas obscenas en las paredes. No parecía que faltase nada de valor, por lo que se descartaba el robo y todo apuntaba a un crimen pasional. Yo me sentía destrozado, pero sobre todo indignado. Me rebelaba contra la falta de pudor de los que relataban aquella muerte dando pie a todo tipo de conjeturas, como si se tratara de una profanación. Durante muchas noches me atormentaron mis pesadillas, veía sus huesos esparcidos, y su sombra ultrajada perseguida por los aullidos de los perros y los cazadores. El escorpión y la serpiente envenenaban su recuerdo. Los ojos azules de Miguel intentaban volar, transformarse en mariposa o pájaro, pero el pico cruel del cuervo los arrancaba y dejaba la noche en sus cuencas vacías. Me despertaba sobresaltado, gritando, y mi madre acudía asustada a mi habitación.
El martes no había acudido a su clase de griego, a primera hora de la mañana. Recuerdo que lo estuvimos esperando, nos extrañaba su falta de puntualidad, era algo raro en él. Habitualmente yo lo veía pasar desde mi ventana mientras terminaba de ordenar mi habitación. "Date prisa, vas a llegar tarde- me gritaba mi madre- mira, tu profesor de griego ya va hacia el Instituto". Yo salía corriendo y al llegar a la calle lo veía doblar la esquina del parque. Cuando entraba en el aula, lo encontraba sentado en su pupitre ordenando los libros y las citas clásicas que más tarde nos comentaría durante la clase. Aquel martes llovía y no me asomé a la ventana. Estiré un poco las sábanas y eché la colcha por encima. Metí mis libros y mis cuadernos en la mochila y me encaminé al Instituto. Los rezagados caminábamos deprisa, doblados bajo el peso de nuestros macutos y para protegernos de la lluvia menuda que había comenzado a caer desde la madrugada. Llegué a clase sofocado, sacudiéndome el barro de los zapatos y respiré aliviado al no encontrar a Miguel sentado en su pupitre. No se presentó en el Instituto en todo el día. Tengo que decir que nos alegramos de su ausencia: tuvimos la hora libre y nos dedicamos a charlar y algunos echaron una partida de cartas con las barajas clandestinas que siempre llevaba algún compañero por si se daba el caso de tener algún respiro.
Al día siguiente tampoco acudió a su trabajo. Algunos ya habían sacado la baraja cuando se presentó en el aula el Jefe de Estudios para ponernos alguna tarea. "¿Qué le pasa a Miguel?" le preguntó alguien. "Pues la verdad es que no sabemos" respondió con cierta extrañeza en su tono de voz. En aquel momento me sentí preocupado y decidí acercarme a su apartamento después de las clases.

Imagen: https://foter.com/re2/6db1c0">Foter.com

El apartamento de Miguel estaba a dos manzanas del nuestro, en un sencillo bloque de ladrillos rojos de ocho alturas. Las terrazas rompían la monotonía de la fachada con sus variopintos arreglos: algunas habían sido acristaladas para ganar espacio interior, en otras se habían instalado armarios y estanterías, donde se almacenaban los más diversos objetos; en algunas se habían acondicionado tendederos donde las sábanas y demás ropa ondeaba al viento. Las había coquetas y aseadas, que lucían macetas pintadas de verde, o de rojo, o de azul, donde los geranios y las gitanillas competían con otras especies populares. La terraza de Miguel era de estas últimas. "A Guadalupe le encantaban las flores", nos había explicado. Y en las tres jardineras junto a la barandilla y las seis macetas adosadas a la pared lucían todo tipo de flores: margaritas blancas y amarillas, claveles, pensamientos, petunias, dalias, lirios, que iban alternándose según las estaciones. Aquel miércoles pasé de largo delante de mi casa y continué hasta el portal de Miguel. Crucé a la acera de enfrente. No había nadie en la calle en ese momento. Desde allí podía observar la terraza y las dos ventanas que daban a la calle. Vi las manchas azules y blancas de las petunias, y la puerta que daba al salón desde la terraza. Estaba cerrada, y las persianas de las dos ventanas, bajadas. Me sentía paralizado, como si estuviese clavado en el suelo con la vista puesta en aquel segundo piso. Tenía una extraña opresión en el pecho. Alguien se acercaba calle abajo, me percaté cuando lo vi pasar debajo de la terraza de Miguel. Era un hombre joven, trajeado, con zapatos lustrosos que chirriaban al andar. Me miró de reojo y me hizo ser consciente de lo sospechosa que podría parecer mi actitud. Entonces decidí volver a casa, con la esperanza de encontrar a Miguel al día siguiente sentado en su pupitre. No fue así. A primera hora de la mañana, la radio dio la noticia, que se repitió a lo largo del día. Y los periódicos recogían lo ocurrido en las páginas de sucesos. El cadáver había sido descubierto a media tarde del miércoles por la asistenta que acudía dos veces por semana. En cuanto entró en el piso tuvo la sensación de que ocurría algo extraño: por las voces y música que se oían (era la televisión), y por un desagradable olor. Miguel llevaba muerto desde la tarde del lunes.
No se hablaba de otra cosa en el Instituto. La mayoría estábamos apenados por lo ocurrido, Miguel era un buen profesor, y todos sus alumnos lo apreciábamos. Pero no podíamos dejar de estar perplejos por los rumores sobre su muerte. Y alguien se estaba encargando de difundir y agrandar aquellos rumores. El mismo día que se tuvo noticias de su muerte, vi al tipo de la melena enmarañada rodeado de un grupo que lo escuchaba asombrado.
_ El muy maricón, con la excusa de ayudar a los más pequeños se los llevaba a su casa. Era un marica de mierda. Y además, está  el asunto de la droga. Se ha encontrado en su casa, en los cajones de su despacho.
Yo me había acercado movido por la curiosidad y al oír semejante mentira estuve a punto de saltar sobre aquel farsante. Alguien me detuvo: estaba tirándome de la manga con fuerza. "Espera, tío, que estos van en serio, te la juegas". Me volví con los puños apretados, rojo de rabia, dispuesto a sacudirme a aquel inoportuno. Pero la expresión del muchacho me dejó paralizado: era Oscar y nunca había visto tanto terror en unos ojos. "Luego hablamos, te espero esta tarde en el parque. Que no te vea nadie", añadió disimuladamente y desapareció antes de que yo pudiese darme cuenta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Caminando hacia ese punto de encuentro, ese abrazo con todo, que se traduce en acciones llenas de comprensión y compasión.

Hago una pausa durante un tiempo, para internarme en ese camino en búsqueda de respuestas.  "...somos conscientes de nuestra ...