lunes, 17 de junio de 2019

Un capítulo más de "El valle de los narcisos"


Este es el escenario donde sitúo la acción de mi novela, los espacios y recuerdos de mis alumnos y alumnas con los que he construido la ficción de mi relato.



14.
_A Miguel se lo han cargado, pero no por la trolas que cuentan. Yo sé quién ha sido.
No pude menos que dar un respingo y volver la cabeza hacia el seto.
_¡No mires para acá, tío! Esos pueden estar vigilándonos.

Volví a quedarme rígido, tragué saliva e intenté concentrar mi atención en las palabras de Oscar.
_ Esto está  muy chungo, tío. Esos tipos se las saben todas. Miguel se empeñó en plantarles cara, yo ya le dije que se la jugaba, pero no me hizo caso. Y ya ves. Él lo hizo por mí.
Se calló un momento. Agucé el oído y creí percibir el torbellino de miedo, rabia y ternura que lo sacudía. Lo oí removerse y sorber el llanto.
_¡ El cabrón del Picao me metió en esto!_ parecía masticar las palabras.
_ ¿El Picao?_ pregunté con disimulo sin volver la cabeza.
_ El tío que vimos en el parque ¿no te acuerdas?
Recordé al tipo que me había señalado hacía varias semanas, el compañero de su madre.
_ El muy cabrón es un chulo, me ha chuleado a mí y a mi vieja. Él me metió en esto, nunca tiene bastante.
Por un momento la voz de Oscar recuperó su tono bronco y provocativo.
_Yo nunca me he picado, ¿eh, tío? Unas rayitas, o unos porritos, eso es otra cosa_ añadió con una risita nerviosa_ El Picao me metió en esto, se la jugó a mi vieja. A ella lo que le va es la botella, pero no quería verme a mí metido en líos de droga. Oscar, tú la droga ni la huelas, eso me dijo mi vieja, y luego me contó no sé qué historia de mi padre, no el Picao, el de verdad, yo no me acuerdo de él. El Picao me la hizo probar, mi madre chillaba como una loca, y él le dio una paliza mientras yo me metía unas rayitas. Mola ¿sabes? Mi vieja dejó de chillar, agarró la botella y se tumbó en la cama. Yo me eché a su lado. Si quieres más, tendrás que ganarlo, chaval, me dijo el Picao tirándome de las orejas. Se me da bien el trapicheo ¿sabes? Pero él nunca tiene bastante. Miguel la cagó, tío. Yo ya se lo dije, pero él se empeñó en que debía dejar toda esa mierda.
_ Lo sé.
_ Y tú también querías que lo dejase, tío, como si fuese fácil_ ahora su voz sonaba como la de un viejo.
Que Oscar era un camello, eso se sabía en el Instituto. Al menos entre los alumnos.
Tenía una buena clientela, no muy numerosa, pero asidua.
_ El chaval es un camello.
_Tío, no te metas.
A veces se oían este tipo de conversaciones en los pasillos, pero había una especie de pacto de silencio, no sé si por indiferencia o por temor. Por no parecer un chivato, o un pringao, un ignorante. 
Oscar fue descubierto en una ocasión. Ocurrió en el segundo Trimestre. Distribuía su mercancía en un callejón a dos manzanas del Instituto. El destino quiso que Doña Rosa decidiera aquel martes ( recuerdo que era martes) atajar por aquel callejón. Tenía prisa y venció su aprensión a aquel lugar maloliente y oscuro por ganar unos minutos.
A Doña Rosa le faltaba un año para jubilarse. Era alta y flaca, siempre llevaba el pelo teñido de un negro intenso y los labios pintados de rojo. Tenía una ceja más alta que la otra y un bigotillo que no conseguía disimular. La Sargento, la llamábamos nosotros. "La
Sargento", dijeron a una Roberto, José, Pablo, Pili y Oscar cuando la vieron aparecer. La Sargento se cuadró, contaban después, no se sabe si al grito militar, o por el pasmo que le produjo lo que vio. Pero el caso es que su carácter fuerte y agrio pudo más que su estupor, y todos salieron en estampida mientras oían su voz chillona amenazándoles con poco menos que con el infierno.
Al día siguiente estalló el escándalo, y las consiguientes reuniones de profesores, de padres, de la Dirección del Centro; de delegados de cursos, de representantes de alumnos; de Servicios Sociales y del Concejal de Educación del Ayuntamiento. Oscar fue denunciado, convocado, amonestado. Fue examinado por el Gabinete
Psicopedagógico; la Asistenta Social a su vez presentó un estudio sobre su medio social y familiar. Pero en definitiva no había pruebas contra Oscar, pues todos los compañeros negaron que se tratase de tráfico de drogas, se estaban fumando unos cigarrillos, dijeron. ¿Qué podía valer el testimonio de Doña Rosa, que no era capaz de distinguir el olor del tabaco y el de los porros? Además, no llevaba sus gafas. 
La madre de Oscar había sido convocada.
_ Mi vieja sí que lo intentó, tío. No olía ni un poco a vino, ni tenía los ojos rojos cuando vino a hablar con el Director y la Asistenta Social_ susurró Oscar desde su escondite, parecía que hubiese estado escuchando mis pensamientos.
Yo la había visto de espalda en el vestíbulo del Instituto. Me fijé en sus piernas, en las corvas blancas ribeteadas de venas violetas, en sus caderas anchas, y en los pliegues bajo las paletillas que el suéter ajustado acentuaba. Tenía el pelo lacio, peinado con la raya en medio. Oscar estaba a su lado. No paraba quieto, daba patadas a la pared o se dedicaba a dar vueltas alrededor de su madre. No se alejaba de ella y clavaba en su cara los ojos muy abiertos.
La hicieron pasar al despacho del Director, a Oscar le dijeron que esperase fuera. Lo vi salir al recreo: estaba hablando solo mientras golpeaba con una vara el seto del patio.
_ ¿Qué pasa, tío?_ le pregunté en un tono que intentaba ser tranquilizador.
_ Ahí están, con mi vieja. Quieren llevarme a un piso de acogida.
Hizo un gesto obsceno y gritó una blasfemia. Un grupo de muchachos de Primero, que lo observaba desde lejos, echó a correr.
_ ¡ Gilipollas de mierda!¨_ gritó Oscar sacudiendo su vara en el aire.
Al fin conseguí calmarlo, justo a tiempo para volver al despacho del Director cuando terminó la entrevista con la madre.
Oscar volvió con ella. Era la última oportunidad que le daban. Y a condición de cumplir estrictamente una serie de compromisos que la madre juró observar aunque le costase
la vida.
Los estuve espiando desde la ventana de mi clase mientras se despedían a la puerta del Instituto. No se besaron, ni se abrazaron. Ni siquiera se sonrieron ( como si todo esto fuera un lujo que les estuviera vedado). Sólo se miraron, y aunque de lejos no distinguía bien la expresión de sus ojos, me imaginé la mezcla de alegría y desesperación que habría en ellos. La madre se alejó, y Oscar entró en el Instituto blandiendo su vara. El Conserje le ordenó que la dejara en el patio antes de entrar.


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