sábado, 5 de marzo de 2016

La degeneración de la democracia.

        Constatamos la degeneración de la democracia cuando los adelantos de la tecnología, que facilita la participación ciudadana y la difusión de la información, podría hacernos pensar que nos encontramos en una situación óptima. La causa de esta degeneración es un error de base: ignorar la naturaleza humana, creer que hay "buenos" y "malos" y que evidentemente los malos son los otros.
       En todos los seres humanos conviven pulsiones positivas y negativas, cada persona y cada grupo de personas pueden desarrollar unas u otras según las circunstancias. Solo construyendo potentes diques, que frenen la fuerza destructora que cada individuo y cada grupo  tiene, se conseguirá salvaguardar el bien común. El pueblo también se equivoca, basta con estimular las pulsiones negativas para que de modo grupal tome decisiones destructivas.

      Un ejemplo: las elecciones en EU y la ascensión vertiginosa de Donald Trump. Puede decir que el pueblo ha hablado, cierto.¿ Podemos decir que el pueblo no se equivoca? ¿No se equivocó cuando votó a un monstruo responsable del Holocausto judío? El pueblo se equivoca. Decir esto puede sonar tremendamente incorrecto, pero no es una opinión, es la constatación de hechos históricos. Basta con pulsar ciertos sentimientos: el rencor o el miedo, por ejemplo.

       Pero no está todo perdido. Porque existen pulsiones positivas, las pulsiones de la vida. La que nos hace reproducirnos, concebir, gestar y alumbrar, criar y velar por nuestros descendientes. A nivel individual, familiar, es la pulsión más ancestral y más fuerte, la que nos ha permitido llegar hasta aquí. Pero también a nivel colectivo, porque el ser humano es un "zoon politikon", un animal político, cívico, social y necesita organizarse en grupos. 
      A lo largo de la historia se han cometido errores de los que no hemos aprendido. Necesitamos aprender, y lo primero que debemos aprender es a inventar el futuro y no a reproducir versiones de modelos caducos que en varios siglos no han conseguido una sociedad equitativa y libre. Libertad, igualdad, fraternidad, aún no han conseguido alumbrar un modelo en el que se den juntas, por eso los actuales modelos han fracasado. El liberalismo ha fracasado, el marxismo ha fracasado. O inventamos el futuro, o el enfrentamiento será cada vez más brutal. No quiero recordar el debate de investidura de estos primeros días de marzo. Marzo 2016. 
      Libertad, porque nacimos libres. Igualdad, porque todas las personas por el hecho de existir son sagradas y merecen el mismo respeto. Fraternidad, quizás la clave: porque hay un principio  que trasciende la pulsión de la célula social mínima, la familia, para hacernos sentir hermanados con todas las personas, y hoy de modo global. Solo avanzaremos juntas.
    La clase política debe ser consciente de que no son los dueños, los amos. Son los empleados públicos de sus vecinos y vecinas. Y deben ponerse a su servicio. ¿Imagináis que contratáis a 10 empleados para que cuiden vuestra casa, eduquen a vuestros hijos, cuiden a vuestros enfermos, y se pasan meses discutiendo cómo lo van a hacer? ¿Y no se ponen de acuerdo, porque cada uno defiende que las cosas deben hacerse cómo él dice o no se hacen?
    Cuidemos la familia humana, construyamos un futuro nuevo. Y no olvidemos construir fuertes diques para contener la pulsión destructiva que todas llevamos dentro, la que parece que se ha adueñado de nuestros parlamentos. Construir estos diques, un código ético ( qué lejos estamos, en las formas y en el fondo) leyes claras y eficaces y procedimientos para hacerlas cumplir es lo primero y más urgente. En esto podríamos estar todas de acuerdo. Si no empezamos por ahí, sabemos lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que pasará: el poder corromperá a muchos, que se creerán los amos del cortijo.
 Imagen: lasvocesdelpueblo.com


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