MI HERMOSA RUANDA

  Hace ya años, en 2014, la desaparecida Editorial Universo publicó mi novela Mi hermosa Ruanda.

    Hace ya años, cuarenta y seis, volví de Ruanda, pero aún hoy no puedo dejar de conmoverme cada vez que recuerdo esa etapa de mi vida. África, y Ruanda en el centro de África, siempre están vivas en mí.

    A veces a mis recuerdos  se unen noticias devastadoras, como el propósito del Gobierno de Boris Johnson de deportar a inmigrantes demandantes de asilo a Ruanda, con la complicidad del Gobierno Ruandés. Esta decisión ha provocado el rechazo de organizaciones de derechos humanos, de las Naciones Unidas y de la oposición de ambos países, como Victoire Ingabire Umuhoza, la principal figura de la oposición ruandesa. La historia de Ruanda es la historia de la humanidad, desgarrada una y otra vez, pero capaz de levantarse y seguir, a pesar de todo.

    Puede ser que quede algún ejemplar perdido en alguna librería, pero de todos modos mi contrato con la Editorial está cancelado, por lo que he decido compartir la novela en sucesivas entradas. Para que nunca demos la espalda a los pueblos de África. Y si después de su lectura queréis apoyar los proyectos de ONG y Asociaciones que trabajan en Ruanda, os adelanto algún contacto: 

https://www.milcolinas.org




El 28 de enero de 2015 presente mi novela en la Casa de la Cultura Adolfo Suarez de Tres Cantos, por gentileza del grupo literario Encuentros.





Presentación en el I.E.S. Josefina Aldecoa, Alcorcón.






Mi Hermosa Ruanda

Todos los derechos reservados.

© Dolores Vendrell

Depósito legal: M-18791-2014

Diseño y maquetación: Maialen Alonso Ilustración de la portada: Cristina Caviedes Autor de las fotos: José María Usoz IMPRESO EN ESPAÑA


    Estos días comenzaré a pasaros todos los capítulos de la novela. Deseo que se lectura os haga descubrir la belleza humana de Ruanda.



Del cuaderno de Inés 

 

Bruselas, 1994.

He decidido escribir mi relato después de leer el cuaderno de Clara; siento que de alguna forma mi madre me encarga la tarea de continuar su propia historia.

 

Madrid, 1995

1.

En la primavera de 1994, las angustiosas noticias sobre el genocidio que estaba masacrando al pueblo ruandés estaban dando la vuelta al mundo: las matanzas de tutsis y el posterior éxodo de miles de hutus ante el avance del Frente Patriótico Ruandés. Fotos de las masacres aparecían en primera plana. Yo observaba los rostros, uno a uno, buscaba entre la multitud. Buscaba a mis amigos, esos rostros no eran imágenes de una película de terror. Eran seres humanos y cada uno tenía un nombre y una historia. Buscaba a Uimana, mi madre negra que se había quedado en Ruanda cuando Clara nos trajo a mi hermano Javier y a mí a España, hacía ya casi 15 años. Buscaba a mis amigos, a Goretti, a Kigesi, a Silvani, a Faustín, buscaba a sus familias.



                                        
                                             


No podía dejar de pensar en lo que estaba ocurriendo esos días en Ruanda. Miles de hombres, mujeres y niños, hutus y tutsis, huían con el terror y la angustia pintados en sus caras; abandonaban su hogar, aquella choza en la ladera tranquila de una colina, y el campo recién escardado con las batatas, las alubias despuntando, y los plátanos enterrados que fermentarían para celebrar el nacimiento de un hijo.

Han pasado ya muchos años desde la boda de Goretti y Silvani. habíamos estado escuchando las últimas noticias, y Clara se había sentado junto a mí. Parecía hablar al vacío, o a sus fantasmas. Habrán tenido ya nietos. La colcha bordada, la que les regalé, se habrá desgastado con los años, o quizá la habrán guardado en alguna vieja maleta en lo alto de la estantería. Qué dulce era la cerveza, el día de la boda la mezclan con miel ¿sabes? Yo fui a la boda con Javier, estábamos sentados entre los invitados.

Mi madre se quedó en silencio, más de una vez yo había observado aquella sonrisa triste y había aprendido a leer sus sentimientos. Siempre que hablaba de Javier sonreía de aquel modo, y pronto empecé a sospechar que lo había amado mucho, que aún lo amaba.

Queman las chozas y destrozan los cultivos. A machetazos matan a hombres, mujeres y niños. Los machetes, ¿te acuerdas cómo eran? Silvani y Goretti habrán huido con sus hijos y su nieta. Me dijeron que le habían puesto mi nombre, Clara. Quizás hayan conseguido llegar a Burundi siguió hablando cómo si contemplase las imágenes que describía Seguro que Silvani habrá tenido que aupar a la pequeña sobre los hombros.

Volvió a callarse sin poder disimular su espanto. Los hombres esperaban junto a los caminos con sus machetes ensangrentados y los cuerpos sin vida se amontonaban en las cunetas.

Los caminos de Ruanda se convertían en vertederos de desechos humanos. Los cadáveres de niños anónimos parecían dormidos. Mientras, los poderosos se reunían para discutir la conveniencia o no de una intervención. Sopesaban sus alianzas y sus intereses en una tierra bañada de sangre con una interesante situación estratégica en un continente preñado de riqueza, y analizaban si se podía hablar de «genocidio» o de «actos de genocidio».

Una mujer contemplaba el rostro de una niña desde la primera plana de un periódico. Sostenía su mano inerte entre las suyas y la expresión de su cara iba más allá de la pena, ella sabía el nombre de esa niña. A través de los ojos de esa madre, a través de los ojos del hombre que abrazaba a su mujer moribunda, yo leía el verdadero significado de la tragedia que se filtraba en su hondura más allá de cualquier cifra o estadística. Esa mirada bañada en lágrimas gritaba el valor único de cada ser humano. Ya no era tutsi, o hutu. Era su hija muerta, su mujer muerta.

Mi madre buscaba en todas las imágenes, buscaba sus caras entre los que caminaban y entre la multitud caída en las cunetas.

¿Qué puedo hacer? se preguntaba.

 Había soñado con un mundo distinto, donde nadie dominase o abusase de los demás; un mundo solidario y libre, pero su sueño se rompía una y otra vez. Luego, al mirarnos a mi hermano Javier y a mí, se decía que no estaba todo perdido, que aún había motivos para seguir luchando.

Quizás sí valga la pena el exceso, la locura nos decía Quizás hay un momento en la vida en que todos nuestros actos buenos desembocan en un acto excesivo. Una ocasión irrepetible.


 

 2.

Me asomé por la ventanilla del avión. Clara miró por encima de mi hombro y me habló de la primera vez que había visto aquella tierra rojiza adornada con los penachos verdes de los platanares. El país de las mil colinas y los mil valles. Alberto estaba junto a ella y le estrechaba la mano.







Como tantas otras veces, vi la expresión de orgullo en los ojos de Clara mientras me miraba. Mi madre adoptiva estaba orgullosa de mí. Siempre lo había estado, y me había enseñado a sentirme satisfecha de mi misma, la niña negra, y ahora la mujer ruandesa en la que me había convertido. Medio tutsi, medio hutu. Como tantos otros. Llevaba siempre el pelo corto, y esto resaltaba la delicadeza del cuello, me decía mi madre. Mi piel parecía haberse aclarado durante todos mis años en España, pero conservaba un tono castaño aterciopelado. Mi boca carnosa y mi nariz ancha eran claramente propias de la raza hutu, pero todos mis otros rasgos me daban la apariencia de una joven tutsi: alta y estilizada, de largas y elegantes manos. A mi madre le encantaban, ponía mi palma sobre la suya y reía, «qué corta es mi mano», decía. Y mis ojos seguían siendo los de aquella niña de cinco años con su hermano cargado a la espalda.

Yo voy contigo le había dicho a mi madre sin la menor vacilación cuando ella me habló de su decisión de marchar con Alberto a colaborar con Médicos del Mundo en Ruanda y a buscar a Uimana.

Clara se opuso con determinación. Yo acababa de terminar mi carrera de medicina. Había sido una estudiante excelente, se sentía orgullosa de mí, pero quizás era demasiado joven, además era el momento de hacer una especialidad. Por otra parte, la situación en Ruanda en aquel momento era peligrosa, sobre todo para una muchacha con apariencia tutsi. Alberto estaba de acuerdo con ella, pero todos sus razonamientos no fueron capaces de convencerme.

¿Y tu hermano Javier? añadió Clara.

Me quedé un momento pensativa, reflexionando.

Sabes que ya no me necesita.

Quizás. Leí la duda en los ojos de Clara.

Javier ha escogido su camino.

Y es tan testarudo como tú, eso es cierto reconoció Clara.

Clara sabía que era inútil intentar convencerme, y que en el fondo había sido yo quien durante todos aquellos años no había dejado ni un instante de avivar el recuerdo. Fue mi añoranza la que fue calando en la voluntad de Clara, y ahora que había llegado el momento sería injusto no permitirme que los acompañarareconoció muy a su pesar.

 Cerré los ojos e imaginé los caminos de Ruanda y a cientos de niños caminando perdidos huyendo de la guerra. Nada podría impedirme volver a Ruanda.


3.

Nos vamos a Ruanda. Alberto, tu hermana y yo al otro lado del teléfono se hizo el silencio— ¿Javier?

Sí, mamá. Te he escuchado. Es que me ha sorprendido. Me voy con vosotros añadió después de una breve pausa.

Nos vamos dentro de una semana.

Yo voy con vosotros.



Vamos con un grupo de médicos. Quizás más tarde.

Quiero ir y contar lo que está pasando.




 

Ya está formado el grupo, no resulta fácil organizar un viaje ahora.

¿Por qué no me lo habéis dicho antes? le reprochó Vuelvo a Madrid en el primer vuelo. No quiero que os vayáis sin daros un abrazo.

— Estupendo, hijo contestó Clara disimulando su emoción.

— Y luego, ya veremos.

Cuando seas un buen periodista, o un escritor. Entonces podrás contar todo lo que está ocurriendo. Ahora tienes que seguir estudiando.

Javier se había refugiado en las palabras. Ellas habían sido su medicina, aunque no sabía muy bien cómo había ocurrido. Quizás fuese por las palabras que le había susurrado en sus noches de furia, trayendo desde el corazón de Ruanda todas las historias que oíamos embelesados al anochecer a los pies de Uimana, o las canciones de los platanares, de las colinas, del sorgo, de los antílopes o del inmenso lago Ihena. El lago que nos hizo soñar con el mar.

La idea de ser escritor y de estudiar periodismo se fue abriendo paso y tomando fuerza frente a otras muchas opciones que fue contemplando y desechando al poco tiempo. Guerrillero, militar, policía. Cantante de rock. Futbolista.

Más tarde llegaron las palabras desde las hojas mudas de papel. Se fue aficionando a la lectura, se refugió en un rincón solitario de su habitación. Allí pasaba horas y horas absorto en sus libros y en sus cuadernos, donde iba escribiendo sus propias historias dejando brotar todo el dolor y la furia de su alma. Solo a mí me permitió acceder a aquel universo tormentoso. Yo leía sus escritos mientras él me observaba interrogante, pendiente de mi aprobación. Le bastaba una sonrisa, o un leve asentimiento de cabeza, para sentirse animado a continuar. Fue en su tercer año de Periodismo cuando publicó su primer relato breve en una revista universitaria. Me lo dedicó, a mí y a nuestros padres, Alberto y Clara. Era un cuento sobre unos niños perdidos.

Javier había conseguido una beca para concluir sus estudios en Paris. Fue allí donde supo del genocidio de Ruanda y de la decisión de nuestros padres de volver en busca de Uimana y en ayuda del pueblo ruandés. Después de hablar con Clara, se dirigió al aeropuerto. Cogería el primer vuelo a Madrid. Solo se llevó una mochila. Aún no era su hora, se dijo intentando controlar su impaciencia. Tenía que esperar, pero llegaría su día y entonces él también volvería a Ruanda.

Una semana no era gran cosa. Siete días. Pero Javier los saboreó uno a uno, instante a instante. Con Clara, conmigo y con Alberto.

Si alguien era maestro del silencio, ese era Alberto. Fue el último en llegar a su vida, pero desde ese instante nunca dejó de estar a su lado, incluso en los momentos más difíciles, los de las palabras airadas y duras. Ahora Javier las lamentaba, solo le aliviaba el recuerdo de los ojos de Alberto, la resistencia y la comprensión que a pesar de todo siempre leyó en ellos. Alberto no lo abandonó jamás y al volverse Javier hacia él, cuando su furia desesperada lo dejaba por fin agotado, siempre encontró una mano tendida. Él, que desde niño había sido animoso y decidido, no podía ahora impedir sentir una profunda añoranza por la partida de Clara. «Estupendo, hijo», recordaba Javier sus palabras cuando le dijo que volvía a Madrid para estar con nosotros los últimos días.


 

Su madre blanca «…la de corazón como el campo abierto, sin barreras, tan libre como el viento, sin fronteras. Cálido hogar de un niño abandonado. Mi hogar es tu corazón, madre…», Javier recuerda el poema que le escribió a Clara una noche, con los ojos enrojecidos por el llanto. Se había escapado de casa, lo buscamos durante días, hasta que nuestros padres dieron con él en los calabozos de la Plaza Castilla. Fue entonces cuando comprendió que la verdadera frontera que separaba a los hombres era la pobreza, la más difícil de salvar. Había permanecido debajo del agua de la ducha largo tiempo, se había frotado rabiosamente la piel con jabón, como si quisiera borrar los recuerdos de aquellos días. Ya en su habitación se había vestido con la ropa limpia que Clara le había preparado y se había calzado un par de zapatos nuevos. «Ya te compraremos otras deportivas», le había dicho ella. Su piel morena no le impedía ser un privilegiado, reconoció avergonzado por su comportamiento con nuestros padres. Él era afortunado y debía aprovechar su suerte y hacer algo por los otros hermanos. Hasta podría llegar a ser Presidente de un gran país, quién sabe. De lo que estaba seguro era de que ninguno de sus compañeros de aquellos días llegaría nunca a serlo.

Clara era su madre, su hogar. Nunca se atrevió a decírselo, ni a darle aquel poema, pero lo guardó entre sus papeles y lo había metido en su mochila en el último momento antes de salir hacia el aeropuerto de Orly. Y también en el último momento lo sacó de su bolsillo en Barajas, cuando Clara iba a traspasar la puerta de embarque, y se lo alargó con timidez. Vio cómo lo leía mientras se alejaba, y sus ojos agradecidos volviéndose hacia él mientras se despedía agitando la mano.

Durante aquellos siete días todos los momentos le supieron a poco para sentarse a mi lado, a veces en silencio, otras, discutiendo acaloradamente (al menos él, porque yo no suelo perder la calma y defiendo mis puntos de vista con serenidad). «Mientras tú esperas hacer tu revolución, yo intentaré aliviar los sufrimientos presentes de tantos desdichados», le decía más de una vez.

Pero de este modo, se perpetua una situación injusta se defendía Javier.

La revolución francesa, la revolución rusa, la revolución china, enumeraba. Gracias a su rebeldía y su lucha los oprimidos habían conseguido sacudir las cadenas. «¿A cambio de cuánto dolor de muchos inocentes?», le preguntaba yo. «Hermanita, no había otro remedio, eso o resignarse», me respondía. Resignarse nunca, en eso estábamos los dos de acuerdo. «Y al cabo de un tiempo, todos los revolucionarios se convierten a su vez en acomodados opresores de otros…», criticaba yo. Como si el corazón humano no tuviese remedio. Todas nuestras discusiones concluían del mismo modo, permanecíamos callados, rumiando cada uno sus argumentos, y terminábamos dándonos un apretón de manos, dispuestos a emprender juntos un difícil camino. Y en nuestro horizonte, siempre Ruanda.

¿Sabes, hermanita? cuando pienso en Ruanda, siempre me viene la imagen de Mamá Uimana, y la tuya me dijo riendo y dándome una palmada en la espalda.

Siempre lo adiviné, que era yo quien avivaba los recuerdos de nuestra madre negra y de la tierra en que nacimos.

Javier se quedó pegado al ventanal del aeropuerto con la frente apoyada en el cristal mientras el avión despegaba. Luego cogió su mochila y se dirigió a la puerta de embarque rumbo a Paris.


 4.

¿Crees que conseguiremos que Uimana vuelva con nosotros? le pregunté a Clara mientras el avión aterrizaba en la pista de Kigali.

Tenemos que intentarlo. me di cuenta de que se esforzaba por parecer confiada. Seguro que sí.



Me es difícil saber hasta qué punto fui yo quien empujó a Clara a regresar a Ruanda en busca de Uimana, o si fueron sus propios recuerdos los que la llevaron a volver. Uimana había estado siempre en mis pensamientos, ella era mi madre negra, la raíz que me anclaba en mi tierra lejana. Pero lo que Uimana significaba para mi madre y la fuerza de los lazos que las unieron, lo fui descubriendo más tarde, entre las páginas de su cuaderno.

En aquella ocasión Clara me habló, una vez más, de Uimana y de Jorge, de aquel amor que traspasaba el tiempo y el espacio y del que ella había sido testigo maravillado. Jorge, el viejo amigo de mi madre, su maestro en cierto modo, que la había guiado en sus primeros días en Ruanda. Yo lo conocí a las pocas semanas de llegar de Ruanda, siendo aún una niña, Clara nos había llevado a visitarlo. Vivía en Barcelona, en un piso de la calle Valencia. Ya no ejercía la medicina, aunque colaboraba con Médicos del Mundo.

Vais a conocer a un antiguo amigo de Uimana. Alguien que la quiere mucho.

Jorge le dije.

Sí me respondió un tanto sorprendida.

Uimana y tú siempre estabais hablando de él.

Y los niños siempre estáis escuchando me dijo riendo, con las orejas alertas, siempre atentos.


 

Jorge había envejecido, mucho más de lo que se puede envejecer en los años que llevaba sin verlo, nos comentó más tarde Clara. La abrazó emocionado y ella sintió su cuerpo debilitado, encogido. Se volvió con su tímida sonrisa hacia nosotros que lo observábamos con curiosidad y acarició nuestras cabezas.

Son mis hijos.

Tus hijos repitió con tristeza. Mi hija Diana no está aquí. No sé cuándo volverá, nunca lo sé.

Sentí lástima por su expresión perdida, y el tono triste de su voz. Pero enseguida se recuperó, volvió su mirada hacia nosotros y la cara se iluminó con una sonrisa.

Pasad, pasad añadió conduciéndonos por el estrecho pasillo hasta el comedor.

Las persianas estaban medio bajadas y los visillos corridos. Una lámpara de pie apenas disipaba la penumbra con su luz amarillenta. Olía a cerrado, a polvo y a libros. La pared del fondo estaba cubierta por una estantería repleta de ellos. Junto a la lámpara, un sofá y un viejo sillón, y cerca de la ventana una mesa y cuatro sillas constituían todo el mobiliario. Soledad y tristeza se respiraban en aquella habitación. Y entre los libros, una caja de madera labrada con las cartas de Uimana como un pequeño fuego que impidiese que el corazón se congelara de dolor.

Clara se sentó con nosotros en el sofá y Jorge en el viejo sillón. Empezamos a hablar de Ruanda y de Uimana. Fue Clara quien comenzó la conversación, pero enseguida nosotros la interrumpimos atropellándonos por contarle todos nuestros recuerdos.

¿Sabes? Corrían y corrían, los antílopes le contamos nuestros viajes al parque Ihema.

Y las cebras y jirafas arrancando las ramas de los árboles.

 

Tenían un cuello largo, muy largo.

Y le hablamos de un lago inmenso pintado de cielo y selva, de aves multicolores.

Pasó junto a mi cabeza, aquel pájaro enorme.

Todos nuestros recuerdos de Uimana.

Me hizo una paloma de madera.

Y una diadema, ya sabes, las que llevan las mujeres.

¡Qué ricos son los pastelillos que hace! ¿Los has probado?

Nos contaba muchas historias ¿tú las conoces?

 Cuando nos despedimos ya había anochecido.

Venid siempre que queráis. Os estaré esperando. Me habéis hecho muy feliz susurró mientras nos abrazaba.

Clara le prometió que volveríamos.

  Dormimos en un hotel cerca de la Sagrada Familia y al día siguiente nos acercamos a la playa. Era la primera vez. Me quedé boquiabierta ante tanta belleza.

¡Es enorme!  exclamó Javier echando a correr hacia la orilla.

Pasamos todo el día en la playa y al anochecer volvimos a Madrid en tren. Habíamos conocido a Jorge y el mar el mismo día, pensé, mientras me adormilaba con el traqueteo suave de las ruedas sobre los raíles. Dos inmensidades.

  

5.

Fue mucho tiempo después cuando volvimos a Barcelona, poco antes de emprender nuestro viaje a Ruanda. Encontramos a Jorge sentado en un banco junto a un parterre de flores. Hacía algunos años que había ingresado en una residencia. Él mismo lo había decidido cuando descubrió los primeros síntomas de Alzehimer. Clara lo reconoció en cuanto lo vio a pesar de lo mucho que había cambiado. Seguía teniendo los mismos ojos grises y la misma expresión tímida y retraída. El pelo completamente blanco era más escaso, aunque aún le caía sobre la frente. Parecía haberse encogido. Solo sus manos y sus enormes pies seguían llamando la atención. Unas manos y unos pies huesudos y descarnados. Clara se estremeció al recordar aquellos mismos pies polvorientos la primera vez que lo vio, me comentó más tarde.

Se sentó a su lado y él se quedó mirándola. Yo los observaba de pie, junto al banco. Sus ojos estaban cansados, pero una luz pareció emerger desde lo más hondo.

Hola, Jorge. Soy Clara. Y esta es Inés, mi hija.

Asintió con la cabeza y creí ver una sonrisa en sus labios.

Clara, Clara repitió.

Luego volvió a quedarse callado, rebuscando en su mente extraviada.

Le he fallado a mi hija le dijo al cabo de un rato con la expresión de un niño pequeño que pidiera perdón.

No somos ángeles, solo hombres y mujeres murmuró Clara.

Le he fallado repitió.

Clara acarició sus manos. Se quedaron mirando los insectos que revoloteaban sobre las flores. Todo parecía nuevo, recién es- trenado. Su cuerpo se iba relajando y de nuevo sus ojos sonrieron.

Uimana susurró.

Se había escapado de nuevo. Clara sabía dónde estaba. Con Uimana, viendo pasar el tiempo a través de los visillos en Ruanda.

Busca a Uimana, Clara.

Nos habíamos levantado para macharnos cuando Jorge se lo suplicó. Parecía que por un momento había recuperado la lucidez y que hacía acopio de todas sus fuerzas para pedírselo. Clara se volvió y le estrechó de nuevo la mano.

Lo haré, Jorge. Buscaré a Uimana.

Le sonrió y de nuevo recuperó su expresión serena y ausente. Clara había decidido volver a Ruanda con Alberto y conmigo; comenzaba la primavera de 1994.

 


6.

Llegamos a Kigali el 29 de abril. Un médico belga que se hospedaba en el hotel Mille Colines nos recogió en el aeropuerto. Clara adivinó su desconcierto al verme.

Es mi hija dijo Clara presentándome. Acaba de terminar medicina.

Toda ayuda es poca sonrió el médico belga con cierta reticencia. Pero ya sabréis hasta qué punto la situación es peli- grosa.

Sobre todo para mí. Clara y Alberto asintieron. Clara lamentó no haber sido más enérgica y fue consciente del peligro que yo corría: bastaba observar los rostros de aquellos que esperaban en el aeropuerto para ser evacuados, o a las multitudes que deambulaban por las calles con el terror pintado en los rostros. Camiones con militares armados pasaban levantando nubes de polvo y obligando a apartarse a los caminantes.

¿Son milicias hutus? preguntó Alberto.

Ya no sabemos bien. Milicias hutus, o soldados tutsis del Frente Patriótico Ruandés, el caso es que todos matan a todos. No es tan simple como cuentan los medios de comunicación occidentales, todo está podrido. Esto es un infierno.

Llegamos al hotel abriéndonos paso entre una multitud que parecía vagar a la deriva. Nos recibió el resto del equipo de médicos y enfermeras.

Dicen que el padre Vallmajó ha desaparecido comentó una de las enfermeras sin poder disimular su nerviosismo.

Los soldados del FPR lo han detenido añadió. Nadie está seguro. Esto es un caos.

El padre Vallmajó era muy crítico, los acusaba a todos: al grupo hutu corrupto que quiere conservar el poder y aniquilar a los tutsis, y al grupo del Frente Patriótico Ruandés que quiere conseguir el poder a cualquier precio. Sufría por el pueblo ruandés, hutu o tutsi, las víctimas inocentes de la ambición y la venganza, del abuso de poder, de la pobreza, el hambre y las atrocidades de la guerra.

Cenaron en el restaurante del hotel con otro grupo de belgas y franceses. Todos comentaban con excitación las últimas noticias, los rumores que llegaban de todas partes. Al día siguiente se pre- paraba una evacuación de europeos, la mayoría de los belgas y franceses del grupo esperaban impacientes el momento de abandonar Ruanda.

Esto es un infierno se lamentaba una mujer de mediana edad mientras se retorcía las manos con angustia.

No te preocupes, querida, mañana estaremos en casa le respondió un hombre regordete y calvo.

Clara estrechó la mano de Alberto. Lo había arrastrado hasta allí, lo sentía más cerca que nunca. Deseó estar a solas con él.

Yo escuchaba a unos y otros. No tenía miedo, pero sí sentía una enorme tristeza. Mi querida Ruanda, ¿en qué la habían convertido? Tenía un recuerdo vago de mis primeros años, del hambre y el cansancio, del llanto de mi hermano cargado a mis espaldas y de mi propio llanto silencioso mientras caminaba doblada por el peso del pequeño. Recordaba sensaciones de dolor, me dolían los pies; y de hambre cuando desmigajaba las batatas que a veces me ofrecían los que nos encontraban por los caminos y se compadecían de nosotros, cuando solo quedaban algunos trocitos y se los daba a mi hermano que no paraba de llorar. Nunca llegué a recordar de dónde venía, o de quién huía. Veía vagamente el rostro de una mujer que me envolvía a mí y al pequeño en un manto, que me ataba a la cintura una bolsa llena de plátanos, que me acompañaba hasta el camino sin hablar en una noche sin luna y que se quedaba atrás, inmóvil, como un árbol muerto. Camina, camina, camina, parecía decirme una voz dentro de mi cabeza durante todo aquel tiempo. Luego todo se llenó de caricias, de comida. No volví a tener hambre, ni yo ni mi hermano, y eso era algo realmente asombroso. Teníamos dos madres, Clara y Uimana, y eso era aún más maravilloso. Comida y dos madres. Y tiempo para jugar, para que Uimana nos contara mil historias y Clara nos enseñara a leer, a escribir, y la lengua de su lejano país, España. El jardín estaba lleno de flores, algunas habían venido de lejos, las habían traído los blancos en sus viajes, y todas florecían allí, en nuestra querida tierra, Ruanda. La que siempre había estado recordando todos estos años.

Ahora un demonio parecía haber surgido de mis pesadillas y estaba allí, en los caminos polvorientos de Kigali, lo había visto en las caras llenas de horror de los que vagaban por las calles.

Deberían venir con nosotros.

La voz de la mujer me hizo salir de mis pensamientos.

Hemos venido a buscar a unos amigos. Están en Kyumbale contestó Clara.

Dentro de unos días saldrá otro avión, hemos estado haciendo gestiones para que nos incluyan con las personas que serán evacuadas entonces añadió Alberto, aunque sin demasiado convencimiento.

Sabía que primero tenían que conseguir llegar a Kyumba y volver con Uimana a Kigali. Los caminos estaban llenos de peligros, era muy difícil organizar el viaje.

Cuatro días después salió otro avión rumbo a Bruselas. Nosotros no habíamos conseguido todavía abandonar Kigali para llegar a Kyumba.


Inés, la joven médica ruandesa vuelve a Ruanda a ayudar a los heridos en medio del horror del genocidio. Y a buscar a Uimana, su madre negra.


 


 

7.

Durante ese tiempo estuvimos trabajando en el hospital. Clara recordaba sus primeros años como médico en Ruanda, pero la situación actual era de una atrocidad incomparable. Los cuerpos enfermos, heridos, moribundos, relataban mejor que cualquier crónica lo que estaba significando aquella guerra. Palos, machetes, balas, piedras, puños, pies calzados de botas embarradas, dientes y garras de bestias humanas: todo aquel horror era el instrumento que había escrito con sangre en aquellos cuerpos martirizados la historia de la maldad y había dejado su reflejo diabólico en los ojos mortecinos de los pacientes. Trabajábamos sin tregua, apenas descansábamos algunas horas para dormir un sueño intranquilo, o hacíamos una breve pausa para comer de pie en cualquier rincón. En algunos momentos coincidíamos atendiendo a un enfermo. Clara estuvo junto a Alberto mientras se inclinaba sobre un niño al que le habían amputado una pierna, observando su rostro que ya no expresaba espanto, sino una serena obstinación por aliviar todo aquel sufrimiento. Se ocupó conmigo de una mujer herida y se conmovió al descubrir en mi expresión concentrada la misma determinación y el mismo valor de la niña de cinco años que recorrió los caminos con su hermano a la espalda. No me temblaron las manos mientras suturaba la herida de machete de la mujer a la que habían estado a punto de degollar, sentía toda la furia de mi tierra templando mis nervios. Un joven médico se acercó hasta nosotras, se inclinó sobre la mujer y le acarició la frente. Solo percibí sus hermosas manos morenas y no pude evitar un estremecimiento. «Paul», pensé y creí sentir sus caricias al ver aquellas manos. Reviví lo que Paul había significado para mí todos aquellos años: el recuerdo del primer amor. Le había hablado más de una vez a Clara de aquel muchacho que se quedó esperándome en Ruanda y del que nunca más volví a saber nada. (Clara me contó más tarde que yo había alzado entonces la cabeza y que toda la cara se me había iluminado con una sonrisa, hacía tiempo que no me veía sonreír así).

Me llamo Pierre.

Inés. Agnès.

Volví a concentrarme en mi trabajo, pero el pulso se me había acelerado y no pude evitar seguir con la mirada a Pierre cuando se alejó entre los heridos.

Ya había anochecido cuando Clara salió al porche del hospital. El perfume de la noche no conseguía apagar el olor a sangre y desinfectante. El cielo estaba cubierto de una espesa neblina y un inusual silencio lo envolvía todo. Yo estaba apoyada en uno de los pilares del porche. Junto a mí estaba Pierre. Una mariposa nocturna revoloteó en torno a la luz de la entrada, luego huyó y se perdió en la noche. Clara se volvió hacia nosotros, nos saludó con un ligero gesto de la mano y se retiró con sigilo para entrar de nuevo en el hospital. Vi por el ventanal como se acercaba a Alberto que seguía vendando la pierna de un anciano y apoyó la cabeza en su hombro. Entre los dos terminaron de vendar al herido antes de retirarse a descansar a un rincón de la sala, donde se recostaron contra la pared con las manos entrelazadas.

Nosotros nos habíamos sentado en los escalones del porche. Las palabras habían salido a borbotones, empujándose, tropezando. Tantos años resumidos atropelladamente, temblando de emoción por tantas cosas compartidas. La lejanía, la espera, la añoranza. Y ahora, el horror. «Mi madre es ruandesa, mi padre belga», había contado Pierre. «Clara es mi madre, y Uimana, vamos a buscarla para que vuelva con nosotros a España», le expliqué, y que había nacido y crecido en Ruanda, con mis dos madres y mi hermano Javier. Y cómo no había pasado un solo día que no hubiese soñado con volver. «Yo nací lejos, en una ciudad envuelta en la niebla, pero mi madre me hizo soñar con el sol y el cielo de Ruanda, con sus mil colinas y sus hermosos lagos. Lo veía todo en la luz de sus ojos» susurró Pierre. «Y ahora tanto dolor, tanta crueldad». Nos quedamos mirándonos en silencio sin poder seguir hablando. Pierre alargó la mano y su dedo acarició mi frente, mis mejillas húmedas, y mis labios que temblaban. Sentí que sus dedos olían a orquídeas, y que el sol lucía más allá de la noche. Por un instante retrocedí en el tiempo, creí verme en medio del camino de la escuela junto a Paul con el corazón en- cogido al decirle adiós susurrando promesas infantiles; y luego, recelosa y atemorizada en mi pupitre y en la tarima al señalar con el puntero donde se encontraba Ruanda en el mapamundi mientras oía las risas de los demás niños. Ahora el tiempo no existía, solo la caricia de Pierre en mis labios que me hacía huir lejos de mi tierra herida. Alcé la cabeza y nos besamos, temblando como dos niños perdidos en la oscuridad.

Aún no había amanecido cuando nos cruzamos con Clara. Desde una ventana contemplamos cómo una línea violeta recortaba las colinas. El silencio anunciaba el amanecer y, al instante, el canto lejano de los pájaros lo atravesó y el horizonte se tiñó de naranja y amarillo. Clara se volvió al sentir en su hombro la mano de Alberto que le tendía una taza humeante de café mientras sus ojos cansados se esforzaban por sonreírle.

Gracias. Por todo.

Anda, bebe. Te calentará, estás muy cansada y apenas has dormido.

Clara obedeció agradecida por el gesto de Alberto. Uno más, no podría decir cuántos le había brindado a lo largo de aquellos años. Dejó la taza vacía de café en el poyete de la ventana y alzándose sobre la punta de sus pies lo besó. Alberto la estrechó con fuerza entre sus brazos y por un instante también ellos escaparon lejos de aquel infierno. Alguien los llamó, traían más heridos, de nuevo se oían gritos y carreras por los pasillos; nos apresuramos a unirnos a los enfermeros que transportaban las camillas.

Clara apenas se sostenía de pie cuando se sentó en un banco de la sala. Ya había anochecido y ni siquiera había comido.

¿Estás bien, mamá? _ había cerrado los ojos y no se dio cuenta de que nos habíamos acercado y la mirábamos con inquietud.

Estoy bien, no os preocupéis. Solo necesito dormir un poco. Cerró de nuevo los ojos, yo le eché una manta por los hombros. Cuando despertó, Alberto dormitaba a su lado.

 

8.

Fue a media mañana cuando nos anunciaron que un convoy de la Cruz Roja estaba a punto de emprender una incursión hacia el norte y podían incluirnos entre los médicos de la expedición. Alberto me encontró al fondo del pabellón donde habían instala- do a los heridos más graves.

Nos vamos, Inés. A Kyumba.

Kyumba por un instante sentí que todo se iluminaba.

Nos vamos ya, Inés. Nos están esperando.

Pierre volverá esta tarde, ha ido con un grupo de enfermeros a un dispensario de las afueras recordé con inquietud.

No podemos esperar. Pero volveremos pronto a Kigali, no te preocupes.

Sé que Alberto se dio cuenta de lo que yo sentía en ese instan- te, la nostalgia por volver a Kyumba y al mismo tiempo el temor de separarme de Pierre. Me puso la mano en el hombro y bajó los ojos, no intentó tranquilizarme, sabía que era inútil. Éramos conscientes de que no nos estaba permitido soñar con el mañana.

 Al atardecer llegamos a Kyumba.

 Kyumba susurró Clara estrechando la mano de Alberto.

Él le echó el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí. Era el final de un largo viaje al corazón de Ruanda. Se sumergían juntos en su pasado, donde su vida echó las raíces que siempre alimentaron sus sueños. Valía la pena vivir solo por saborear momentos como aquel, que parecía traspasar el tiempo y el espacio.

Fui la primera en saltar del coche. Era la vuelta al paraíso perdido, el que borró tristes recuerdos que se disiparon al calor de unos brazos que me acogieron y compartieron la ligera carga de mi hermano. El sol resplandecía deslizándose hacia su ocaso. Eché a correr hacia el Centro Nutricional. Uimana salía a mi encuentro con los brazos abiertos.

La abracé, tenía las mejillas húmedas. Clara llegó hasta nosotras, sus brazos nos rodearon a las dos, no éramos capaces de decir una sola palabra, temblábamos de felicidad. Alberto nos con- templaba conteniendo la respiración sin atreverse a acercarse. El sol seguía resbalando detrás de las colinas hasta que una línea malva y naranja dibujó el último trazo en el horizonte. Entonces, cogidas de la mano, nos dirigimos hacia la misión. Alberto nos seguía en silencio.

Aquella noche, quise dormir en la choza de Uimana. La hermana África, la única española en la pequeña comunidad de la misión, nos había invitado a pasar la noche con ellas; Clara y Alberto aceptaron la invitación, y aunque ellos y Uimana insistieron en que yo los acompañara, al final cedieron ante mi insistencia.

Uimana caminó a mi lado, y me abrió la puerta de su choza. Al principio mis ojos no eran capaces de distinguir en la penumbra los pocos objetos que eran todas sus pertenencias, pero al instante aspiré el aroma de mi infancia y de mi madre negra, la que quedó al borde del camino, y luego la que me acogió entre sus brazos: Uimana.

Apenas dormimos, Uimana ya había preparado su escaso equipaje, y permanecimos sentadas sobre las esteras casi toda la noche, teníamos tanto que contarnos. A veces nos recostábamos y nos quedábamos calladas, como rumiando los recuerdos y las confidencias, otras seguíamos cada una el relato de nuestros caminos perdiéndonos en la mirada de la otra. Yo me había queda- do dormida, no sé si un instante o alguna hora; cuando abrí los ojos, Uimana estaba sentada junto a mí y me tendía un pequeño cuaderno escolar.

Toma, es para ti, lo he escrito durante muchos atardeceres, después de que os marchaseis me dijo dejándolo junto a mí sobre la estera.

Esta es la traducción de las pocas hojas del cuaderno que Uimana me entregó aquella noche. Estaba escrito parte en kinyaruanda, parte en francés. Uimana había aprendido a escribir correctamente en ambas lenguas, en la escuela y más tarde junto a Jorge. Yo he intentado expresar en español sus sentimientos traduciendo su hermoso relato, el que me hace recordar todas las historias y leyendas llenas de poesía que nos contaba a mi hermano y a mí cuando éramos niños. Sé que la ignorancia de muchos les hará pensar que una mujer ruandesa es incapaz de escribir así, desconocen cuántas canciones puede guardar en su corazón. Yo apenas he variado su relato, únicamente cuando la traducción al español me ha obligado a ello.


En las siguientes páginas he intentado asomarme al corazón de África, el corazón de la mujer ruandesa para retratar su belleza y su bravura. Inés nos ofrece en su cuaderno la traducción del cuaderno y las cartas de Uimana, su madre negra, y la confesión de su amor y su lucha hasta la muerte.


Imagen:  Silvia Fernández  agosto 6, 2020, obseevatorioviolencia.org


(Del cuaderno de Uimana, traducido del kinyaruanda y del francés por Inés)

Recorro los visillos y echo una ojeada a la habitación: todo está en orden. Aliso la colcha blanca. Me gusta hacerlo cada mañana, después de que Clara marcha al hospital. Aún puedo oler el perfume de su cuerpo que parece flotar en el aire. Es lo único que queda de ella. Ahora estará volando por encima de las colinas con los niños rumbo a España y pronto se encontrarán muy lejos. Levanto la vista y me fijo en la lámina enmarcada sobre la cama.

Es el mar me había explicado Clara.

Debe de ser inmenso y muy hermoso. Clara ha prometido a los niños que irán a verlo a Barcelona, donde vive Jorge. Me quedo un momento mirando la lámina y al pescador que le da la espalda. Luego alargo la mano y la descuelgo con mucho cuidado. Acaricio el cristal con el dedo, veo mis ojos maravillados reflejados en el mar gris y me parece que estoy allí, sentada junto a la barca. Salgo de la habitación estrechándola contra el pecho. Así me siento un poco más cerca de ellos.

Al volver a mi choza me siento en el suelo sobre la estera con la lámina en el regazo. La cuelgo en la pared, junto a la foto que me había dado Clara, la que nos había hecho el padre José María en el lago Ihema. Agnès y Javiermaría sonreían apoyándose en mi hombro. Ahora están lejos y yo tengo que ser fuerte. Acaricio el amuleto que mi madre había recibido de mi abuela y que me había dado a mí antes de morir, y cierro los ojos. Mis pies se hunden en la tierra como raíces y el viento no puede arrancarme de aquí. Balancea los troncos y las largas hojas de los plátanos, pero yo sigo agarrada a la mano de mi madre. Abro los ojos y levanto la cabeza. Por la puerta abierta veo la sombra de alguien que pasa por el camino dando un rodeo por no cruzar por delante.


 

Cuando volvió de Burundi después de las revueltas de 1959, me contó Uimana aquella noche, había ocupado de nuevo su antigua choza. O lo que quedaba de ella. El madero central que había soportado toda la techumbre se había transformado en un tronco ennegrecido, retorcido y acusador que parecía señalar al cielo. Las paredes se habían desmoronado, excepto la que daba al este, que se alzaba incomprensiblemente frente al amanecer. Durante años nadie había osado cruzar delante de aquellos restos, por no ser rozados con su sombra. Porque el rumor de los espíritus rondaba junto a ellos y en la oscuridad parecían acechar la vuelta de la mujer.

La mayor parte de sus tierras habían sido ocupadas por sus vecinos, pero el platanar y los restos calcinados de su casa habían sido respetados. Uimana reconstruyó ella misma las paredes de adobe y la techumbre de paja sin reparar en la extrañeza que provocaba el que una mujer realizara las tareas propias de un hombre. Sabía que cuchicheaban a sus espaldas, pero no le importaba.

 

(Del cuaderno de Uimana, traducido del kinyaruanda y del francés por Inés)

Mis brazos y mi espalda son fuertes. Tengo las manos encallecidas, y el corazón. Solo entre los brazos de Jorge puedo ser suave y tierna como un niño.

Cada noche, rebusco en mis recuerdos la imagen de mi madre: su expresión altiva, su frente marcada con el hierro al rojo vivo y el hueco de su ojo izquierdo que tanto miedo me daba cuando era niña; y el calor de su mano cuando me acariciaba y me decía que no tuviese miedo, que ella me vigilaba con su único ojo sano y los espíritus de los muertos velaban mi sueño. Estrecho de nuevo el amuleto y murmuro el nombre de mi madre antes de levantarme para encender el fuego y colocar sobre el fogón el agua para preparar mi cena. Tomo un puñado de harina de sorgo y la voy mezclando lentamente con el agua. Está anocheciendo.

Después de cenar me asomo al platanar. Todas las hogueras se han apagado y sobre la oscuridad de las chozas solo se oye el paso del viento entre las hojas de los plátanos y las espigas de sorgo. Yo no tengo miedo de la noche. Sé oír las voces de la tierra. Mis ojos recorren el camino y la ladera suave de la colina, hasta la explanada donde una luz señala la presencia de los hombres blancos y sus casas de ladrillo. El recuerdo de las largas charlas con Jorge y con Clara bajo las estrellas me llena de nostalgia y vuelvo a entrar en mi choza para acurrucarme sobre la estera.

No siento la dureza del suelo y de nuevo la añoranza de la ternura de Jorge me hace encogerme como un niño pequeño, o como antes, cuando descansaba en el vientre de mi madre donde no existían las fronteras y todo era un cálido abrazo. Como hundirse en el mar, así es el recuerdo del cuerpo de Jorge y su abrazo; «Uimana, Uimana», me susurraba, y ahora creo oírselo a las olas, primero aspirando todo el aire del mundo, después dejándolo escapar despacio hasta pronunciar un nombre único. Porque así me veía reflejada en la mirada de Jorge: única, y al mismo tiempo como si contuviese toda mi tierra. Mi hermosa Ruanda. Alargo la mano sin abrir los ojos y acaricio de nuevo la imagen del mar. Por un momento mi corazón se encoge de nostalgia. ¿Por qué no? Yo podría volar un día sobre las colinas hacia el mar, hacia Jorge. Meneo la cabeza, es solo un sueño.

Me siento junto a la puerta de mi choza y cierro los ojos. Siento el alboroto de mis entrañas y me esfuerzo por distinguir los susurros de los espíritus. Los espíritus buenos y los malos espíritus. Siento que la piel de mi frente se arruga en mil diminutas olas que arrastran a la superficie el dolor desde lo hondo. La pequeña Agnès me acariciaba la frente mientras me coronaba con la diadema de la maternidad. Siempre era para mí la más hermosa, la de cuentas de los más diversos y brillantes colores y de dibujos más elaborados y fantásticos. Nos llamaba «madre», a mí y a Clara. Pero me sonaba más dulce la palabra cuando se dirigía a mí con sus ojos sonrientes. Los espíritus de los antepasados parecían agitarse, la mujer blanca les había arrebatado a sus hijos. Abro los ojos y levanto la mirada al cielo, pero el cielo está oscuro y silencioso, el rastro de los niños se ha borrado y solo queda la soledad. Por un momento me avergüenzo de aquel rencor que nace desde mi vientre como una serpiente venenosa. Clara había sido como una hija. Lo mismo que Diana, la pequeña Diana. Blancas. Madre de hijas blancas había sido yo. Había bastado con acercarme, con acariciarlas y estrecharlas entre los brazos para sentir el latido sin color del corazón. Clara. Ni blanca, ni negra. Clara, mi niña. Sin embargo, ahora la dolorosa distancia que el cielo ha puesto por medio y la añoranza de los niños ha despertado en mí amargos sentimientos. Y vuelvo a pensar en Jorge. Él me rescata de nuevo, su amor, una vez más, es más fuerte que todo lo que nos separa. Él está aquí y yo me encojo entre sus brazos. Entro en mi choza y me acurruco sobre la estera.

Durante muchos días se encontró con el muchacho, me contó Uimana aquella noche. Esperaba disimulado en el platanar y salía al camino, el mismo camino que había recorrido junto a mí. Se hacía el encontradizo y caminaba algunos pasos delante de ella hacia la escuela; de vez en cuando se volvía fingiendo mirar a lo lejos.

Se llama Paul le había confesado yo a Uimana hacía algunos meses.

 Aquel día yo había vuelto algo más tarde de lo habitual. Uimana vigilaba desde la cocina. Yo me senté junto al fogón sin decir una palabra.

Tenías los ojos brillantes de alegría y las mejillas encendidasme dijo Uimana riendo—  Yo te observaba en silencio por no romper el hechizo. Te miraba de reojo sorprendida y emocionada, y me sentí de nuevo perdida entre los brazos de Jorge, respirando su mismo aire.

Me marcharía dentro de unas semanas, le había dicho yo a Paul. Muy lejos, al país de los blancos, en un avión. Me temblaba la voz. Él me miró en silencio, abrió la mano y mostró las pequeñas flores de las orquídeas que había cogido para mí. «¡Me encantan las orquídeas, huelen tan bien!», le había dicho una mañana al pasar frente al hospital. Me incliné, aspiré el olor de las flores con los ojos cerrados. Paul sintió mi aliento entre los dedos y sus labios rozaron mi cabeza con un tímido beso. Lo miré asombrada, embriagada de dicha. Las pequeñas flores blancas resbalaron hasta mis pies descalzos. Paul alargó la mano y recorrió con el índice mi frente, muy despacio, como si quisiera cincelar mi imagen en el alma. Recorrió mi frente y me estremecí. Mis mejillas, la curva de la barbilla, y los labios temblorosos. El dedo se deslizó en una caricia por mi cuello hasta el pecho. Sollocé y eché a correr dándole la espalda. Sentía que él seguía con la mirada trazando la línea de mis hombros, de mis caderas. Una gacela huía asustada y él apretaba los puños por no llorar.

Ahora acechaba cada mañana a la mujer a quien yo llamaba madre, como si de ese modo pudiese evitar que se rompiese el débil lazo que nos había unido. Le había prometido que volvería, y él quería creer en mi promesa. Pero ya el sol se había ocultado muchas tardes tras las colinas, y por las noches creía oír la risa burlona del viento, le había confesado a Uimana.

 

(Del cuaderno de Uimana, traducido del kinyaruanda y del francés por Inés)

Cuando esta mañana me he cruzado con el muchacho, he apretado la carta escondida en el bolsillo de mi blusa. Él ha observado el gesto de mi mano y por un instante ha parecido dejar de respirar esperando una palabra. Pero yo lo he mirado en silencio y he continuado mi camino. Sé que ninguna palabra podrá unir a aquellos a los que el destino separa. Solo queda aprender a esperar, a buscar dentro del corazón la fuerza para no dejar nunca de amar. He visto al muchacho parado junto al platanar con la cabeza gacha y he sentido lástima. Por un instante he dudado en volver sobre mis pasos para decirle que ella regresaría. No, he pensado. Es solo un niño, encontrará su propio camino. No debo atraparlo en mis sueños.

No sé cómo puedo sentirlo tan cerca a pesar de la distancia y del tiempo pasado. Solo con cerrar los ojos soy capaz de olvidar las tierras y los mares que nos separan, todos los amaneceres, y todas las noches que han pasado desde entonces. Todo se deshace como huellas de un diminuto insecto sobre el polvo. Siento su piel sobre mi piel, y su aliento en mi aliento, el latido de la misma sangre y el mismo corazón enamorado; me abrazo a la presencia amada hasta que desde la cueva de los espíritus surgen las sombras del pasado y la imagen de Jorge se desvanece. El dolor es entonces tan fuerte que abro los ojos espantados y suplico a Imana que algún día pueda volver a los brazos de Jorge sin el peso de mi secreto.

Derramo cerveza y granos de sorgo sobre la tierra al fondo del platanar. Aplaco así el espíritu de mi madre, que ronda entre las hojas, con su ojo ciego que siempre acecha y vela por mí. Porque las entrañas de la tierra se conmueven sin descanso en una lucha sin fin y el espíritu vengativo de mi marido merodea por los caminos.

No soy capaz de olvidar, los años han pasado sin borrar los recuerdos. Puedo sentir el roce del cuerpo de la mujer joven y hermosa que fui y sentir de nuevo la misma angustia. Estoy moliendo el sorgo sobre una piedra, escucho la charla animada de mi marido, sus risotadas y la de los otros hombres. No los he visto antes. Uno de ellos se vuelve con los ojos inyectados de sangre, me señala y todos se callan. Presiento el peligro, adivino sus propósitos.

Anochece. Siempre me estremezco al anochecer. Siento la aspereza de la estera y la dureza del suelo, y me encojo aterrorizada. El aliento de mi marido huele a cerveza fermentada, me provoca nauseas. Asco. Me golpea, me insulta. Me sujeta bajo su cuerpo sudoroso y jadeante. «Perra tutsi», me grita. «A machetazos os mataremos a todos», amenaza entre risotadas. «El cuello, te lo voy a cortar, a ti y a ese umuzungu con el que te acuestas». Se pasa el dedo por el cuello y me escupe.

Se ha quedado dormido sobre mí, gruñe entre sueños. Después de tantos años aún escuecen las lágrimas que esta noche resbalan sobre la estera. Me paso el dorso de la mano sobre las mejillas, palpo el surco de los recuerdos del llanto silencioso, de la rabia y el odio de la mujer joven y hermosa que fui. Me arden en la garganta los gritos contenidos.

Los gruñidos del hombre han cesado, ahora duerme entre ronquidos. La mujer joven se incorpora con cuidado por no despertarlo. Su mirada delata un profundo desprecio. Gira la cabeza y escupe.

Sé de toda la fuerza de la muerte agazapada en mis entrañas y de todo el poder de los espíritus en mis manos. Lo sé ahora, como entonces, hace ya tantos años.

Te mataré yo antes me atrevo a murmurar al oído de mi marido ebrio.

Me arrastro fuera de la choza, y derramo cerveza sobre la tierra como mi madre me ha enseñado. Murmuro las palabras que he aprendido de ella y mis manos buscan en la oscuridad los brotes secretos. Antes del amanecer, deseando con furia la muerte del hombre. Sé dónde crecen las hierbas, y he seguido protegiendo el escondite después de que mi madre muriese.

El espíritu vengativo de mi madre, fuerte y temible, pero protector conmigo, así lo siento. Muchas veces, siendo niña, me quedaba sentada contemplándola llena de orgullo. Llevaba siempre ceñida a la frente la diadema de la maternidad; yo la ayudaba a engarzar las pequeñas cuentas de colores para fabricarlas y soñaba que alguna vez también adornarían mi frente. Era muy hermosa, incluso después de perder un ojo. Siempre la conocí así; cuando cumplí diez años mi madre contestó por fin a mis preguntas, me contó con voz ronca cómo su marido le había dado una paliza cuando el señor la violó. Ella perdió un ojo, pero no perdió a la hija que ya estaba en su vientre. «Tú, hija mía, Imana te protegió» me dijo mientras derramaba cerveza sobre la tierra y susurraba a los espíritus señalando con su dedo nudoso unas diminutas hierbas que crecían en un oscuro rincón del platanar. En ese momento sentí la fuerza de aquella mujer que parecía brotar de las entrañas de la tierra, de raíces profundas que me atrapaban a mí también. Eres una de las nuestras, murmuraban. Para siempre.

A la mañana siguiente me desperté cuando el sol ya había asomado detrás de las colinas. Abrí los ojos y vi a mi madre inclinada sobre mí.

Bebe me dijo, tendiéndome una calabaza hueca.

Obedecí y mis labios sorbieron con la caña hueca el líquido amargo.

Eres mi hija. Ya no tengo secretos contigo.

Mi madre me contemplaba con expresión grave. Sentí que el pecho se me henchía de orgullo, hubiese deseado abrazarla, pero me contenté con inclinar la cabeza.

Sí, madre murmuré dichosa.

Desde entonces, siempre estuve a su lado. En las tareas del campo y de la casa. Y en los ritos secretos, en la lucha de la vida y la muerte. Y del hombre y la mujer. Más de una vez vi a mi madre socorrer a mujeres que acudían a ella agobiadas por el dolor y la humillación; sabía que sus maridos enfermarían poco después y que ellas volverían a ser respetadas. La frente de mi madre nunca se inclinó.

 Cierro los ojos, y de nuevo estoy allí. Muchos años antes. O en un momento fuera del tiempo. Me interno en el platanar cuando un velo de nubes cubre la luna. Cierro los ojos y murmuro de nuevo las invocaciones secretas, derramo cerveza dulce sobre la tierra y mis manos rebuscan los brotes que me dan el poder de la vida y la muerte. Siento las entrañas de la tierra conmoverse, el aliento feroz de mi madre en la nuca y su fuerza sosteniéndome.

Mi marido empieza a sentirse mal, pero no se inquieta. Cuanta más cerveza bebe, peor se encuentra, sin embargo, no se extraña por ello. Se va debilitando poco a poco, no tiene fuerzas para insultarme. Su madre y sus hermanos vienen a verlo, menean la cabeza y me lanzan miradas recelosas. Hay que llevarlo al hospital, insisten. Jorge viene a verlo varias veces. Yo me acurruco en un rincón, temblando. Observo la expresión preocupada de Jorge, lo veo esforzarse por descubrir cuál es el origen del mal, luchar por salvar al hombre. Al enfermo. Él es médico, él que sana, él que se compadece.

Ha transcurrido toda una vida, y sin embargo aún se me desgarran las entrañas. Tanto amor, tanto odio (el tiempo no borra las huellas del pasado) Me siento sobre la estera, con el cuadro del mar sobre el regazo; contemplo mi imagen sobre el cristal, mis sienes blancas sobre la espuma gris de las olas. Y más allá, el rostro de la mujer joven y hermosa que fui, su espanto ante su propio horror, sus labios que se mueven anhelando confiar su alma a su amado. Su silencio. Su odio reavivado, el fuego de su furia al contemplar los ojos enrojecidos de su marido que se vuelven hacia Jorge amenazantes.

Te mataré yo antes, te mataré yo antes recita en silencio la mujer joven con rabia callada.

Atardece en el platanar, y al volver la cabeza veo a mi marido a unos pasos de mí. Me pregunto cómo ha tenido fuerzas para arrastrarse y seguirme hasta allí. Está detrás de mí con los ojos inyectados en sangre y abre la boca, un pozo cenagoso lleno de espanto, intentando gritar. Yo sigo recitando las palabras mágicas estrechando mi amuleto; toda la tierra se estremece vengativa y furiosa, los espíritus sacuden las raíces de la vida. Lo veo arrastrarse hasta mis pies como una bestia venenosa, y aplasto su cabeza con furia. Lo abandono entre las sombras de los árboles, y me refugio en un rincón de mi choza. Me hundo en el odio y la rabia de toda una vida, por el cuerpo golpeado, por el alma humillada. Y por mi madre, por el hueco triste de su ojo reventado, y por mi vientre seco. El hombre muere, el padre muere. Y mi madre no inclina la frente. Los espíritus no descansan nunca. Siento su murmullo cuando cierro los ojos y me debato por sumergirme en el recuerdo del abrazo de Jorge. A veces la música de mi corazón y la dicha del recuerdo de mi amante apagan sus voces y de ellos solo queda un tenue rastro. Entonces me agarro a aquella luz y ruego a Imana que disipe para siempre las sombras.

Recito mis plegarias cada anochecer y cada amanecer y me pregunto cómo pueden caminar juntos el agua y el fuego, el frío y el calor, la risa y el llanto. El día y la noche, la vida y la muerte. El recuerdo de Jorge inclinado sobre los enfermos para sanarlos, y el poder invocado para causar la enfermedad y la muerte. Me pregunto cómo puede dormir todo ello en mi propio corazón. Y no encuentro respuesta.

Durante un tiempo pienso que las sombras se han disipado, y que la cálida luz de los recuerdos hermosos ha llegado hasta los más oscuros rincones de mi alma. Pero basta la mirada triste de la joven mujer que me aguarda sentada junto a la puerta de mi choza al atardecer para que todo el poder de los espíritus retumbe en mis entrañas. La mujer tiene los ojos hinchados y amoratados y los labios hendidos. Agacha la cabeza avergonzada mientras retira el manto que cubre su cuerpo magullado. Acaricio aquel cuerpo martirizado, con los ojos, con la yema de los dedos. Cierro los ojos y siento imparable toda la furia femenina de la tierra. Invoco a los espíritus y acaricio la cabeza de la mujer.

Ven mañana antes del amanecer.

No me está permitido rendirme, aprieto los dientes. Y me pierdo en la oscuridad del platanar con un cuenco de cerveza de sorgo.

 

***

  Clara me ha enviado una carta para anunciarme su boda con Alberto. Han pasado dos años desde que se fueron, apenas me he dado cuenta del paso del tiempo. Esta mañana he recibido un sobre abultado que contenía varias fotos. Me he sentado en un banco junto a la entrada del hospital y las he contemplado largo rato, una a una: Clara, con un vestido de raso blanco y una diadema de flores recogiéndole el pelo junto a Alberto. He tenido la sensación de que me sonreían a mí. «Esta es para ti, con todo nuestro cariño», había escrito Clara en el reverso de la foto. Clara y Alberto, firmaban ambos; Javier, con una reluciente camisa blanca, una pequeña corbata azul marino y un gesto travieso en sus ojos. El pequeño Javier, he pensado. «Ese no es su sitio», no he podido evitar decirme inquieta. Y la última foto, la que he dejado en mi regazo sobre todas las demás: Inés, vestida de un ligero vestido azul turquesa que realzaba el color avellanado de su piel; sus ojos sonreían, y esta vez he tenido la certeza de que pensaba en mí. «Mamá Uimana y mi hermosa Ruanda. Mi corazón está con vosotras». Era la música de la tierra, o del viento entre las espigas de sorgo. Así debe de ser la música del mar. O el aroma de las acacias y las orquídeas. Los aspiro mientras mis dedos acarician la imagen de Inés.

En los últimos años apenas he escrito a Clara. Poco a poco mis cartas se han hecho más breves y menos frecuentes, me cuesta mucho escribir, encontrar las palabras. Pero siempre estoy esperando, aunque mis ojos se apagan, en el fondo aún confío en su promesa. A veces le ruego a África que escriba por mí una carta a Jorge, me quedo mirando a lo lejos largo rato y apenas soy capaz de decir algo; siempre estaré contigo, en Ruanda, siempre estaré esperando, le dicto al cabo de un instante, y África añade lo que adivina en mis ojos. He estado enviando las últimas cartas a la Residencia donde está internado Jorge, pero hace tiempo que no hemos tenido ninguna respuesta.

Clara me ha escrito a finales del invierno. Me promete que pronto volveremos a estar juntas y que esta vez no abandonará Ruanda sin mí. Es una larga carta en la que me habla de Alberto, y de Inés y Javier. Están deseando volver a verme, han cambiado mucho: son ya un hombre y una mujer que le sacan una cabeza me cuenta— y que antes irán a Barcelona a despedirse de Jorge y a asegurarle que regresarán conmigo.

He esperado esta mañana a África con la carta entre las manos que temblaban. Le he rogado que me la leyera, una y otra vez, porque yo no conseguía terminar su lectura sin que los ojos se me empañasen. Me he quedado sentada junto a la entrada del Centro con la carta en el regazo y la mirada perdida a lo lejos, acechando el vuelo de los pinzones, soñando con el pájaro de hierro que volaba por encima de las nubes. Quizás aún pueda ver el mar y perderme por última vez en los brazos de Jorge, aunque no sea ya más que una vieja mujer. O quizás es solo un sueño que disipa el frío y el miedo de mis huesos cansados. Hace tiempo que he dejado de contar los días y los años; la vida pasa y ya no mido sus pasos, pero cada mañana mi asombro agradecido es mayor al abrir los ojos y sentir el aire fresco de un nuevo día llenarme el pecho y el sol caldeándome las entrañas. Camino con lentitud, y así puedo agradecer mejor a Imana el seguir viva. Cuando en momentos como este me llegan de lejos las palabras que me dicen que también sigo viva en la memoria de Clara, de Inés y Javier, me pregunto cómo es posible ser tan feliz. Otra cosa es el recuerdo de Jorge, porque en realidad Jorge no es un recuerdo, es una presencia que impregna mi cuerpo y mi alma, y hasta en el silencio y la ausencia puedo sentirlo vivo en mi piel.

 

Nunca la olvidé y alimenté los recuerdos de mi hermano. Incluso la memoria de Clara tuvo periodos de tibieza en los que apenas quedaban de Uimana más que algunos recuerdos vagos. Por eso siempre se sorprendía cuando yo revivía la imagen de mi madre negra. Atrapé aquella imagen de mi infancia, la revestí con el hermoso ropaje de los sentimientos de un niño, de la suavidad de sus caricias y el olor de su piel, de los colores de sus pareos o de las pequeñas piedras de sus diademas. Del balanceo de su cuello o su cintura al andar, ligero como el de una gacela, y de la luz de sus ojos, que reflejaban toda la luz de Ruanda. Uimana vivía en mis sueños, mis recuerdos infantiles se cobijaron en la magia de la cueva más profunda de mi mente, donde el paso del tiempo no puede borrarlos. Era el hada buena, el ángel de la guarda, el espíritu que vela en la noche. No olvidaría nunca la vez que la sorprendí al fondo del huerto susurrando al viento.

«¿Qué haces, Uimana? ¿Con quién hablas?». Ella se había sobresaltado, pero enseguida se recuperó y me sonrió con dulzura. Estaba hablando con los espíritus de los muertos, me explicó. Los espíritus buenos que velaban por ella y también por mí había añadido. Yo había asentido con naturalidad y me había sentado junto a un plátano sin decir una palabra, como si quisiera invitar a Uimana a seguir con sus plegarias. Ante mis ojos infantiles, Uimana se había transfigurado en todo el esplendor y la fuerza vital de mi hermosa Ruanda. Estés donde estés, mi corazón estará contigo, me lo dijeron entonces sus ojos y así había sido siempre. Y luego llegaban aquellas cartas, de vez en cuando, cada vez más breves y con menos frecuencia, pero siempre impregnadas de la magia de una lengua lejana, la lengua de mis antepasados. Yo las leía en mi habitación en voz alta con la puerta cerrada y me dejaba atrapar por el hechizo de sus sonidos. Cerraba los ojos y de nuevo volaba por encima de las colinas y los valles plantados de té de la mano de mi madre negra. Guardaba todas sus cartas y no sabía muy bien cuándo ni cómo empecé a repetir el ritual que me permitía volar así. Las cogía entre mis manos y con ellas me santiguaba, «líbranos, Imana, de nuestros enemigos», rezaba. Balanceaba la cabeza y los brazos, como recordaba haberlo visto hacer a Uimana, y dejaba que mi alma se me escapara engarzando los hermosos sonidos del kinyaruanda en una plegaria a los espíritus de mi madre tierra.


9.

África había vuelto a Ruanda un año después de nuestro regreso a España. Desde entonces había permanecido al cargo de su escuela, solo se había permitido breves periodos de descanso en su Valencia natal. Yo apenas la recordaba, había abandonado Ruanda años antes que nosotros y mis recuerdos eran más bien de todas las anécdotas que Clara nos contaba. Ahora había aceptado, a regañadientes, acompañarnos de vuelta a España. Le dolía separarse de las dos hermanas ruandesas que habían decidido quedarse con sus familias hasta que la situación se normalizara.

Mi pequeña amiga así la llamaba Clara cuando hablaba de ella.

Por eso tenía ganas de volver a verla, recordaba su imagen frágil cuando se despidió de ella en el aeropuerto.

La encontramos a la puerta de la escuela. Al principio Clara no la reconoció: parecía más baja, o quizás era pura apariencia debido a que había engordado, todo su cuerpo daba una sensación de solidez y seguridad. Su piel curtida había perdido su antigua delicadeza y las arrugas que rodeaban sus ojos dibujaban una perenne sonrisa.

¡Qué buen aspecto tienes! le dijo Clara estrechando sus manos ásperas.

¿Te acuerdas? preguntó África con timidez.

Su mirada había cambiado, quizás era lo que más le llamó la atención a Clara. Había perdido la ingenuidad, pero al mismo tiempo tenía el brillo alegre de la mirada de los niños.

Son buenas mujeres, pero la bondad no basta había comentado Clara más de una vez con nosotros. Hace falta también lucidez y fuerza.

Yo pensaba que en eso tenía razón, pero había empezado a creer que era justamente la bondad la raíz de todo, la que liberaba la mente de la oscura espesura de la condición humana y la abría al conocimiento y a la libertad. La fuente de una fuerza que ningún dique podía retener.

 

10.

Al amanecer del día siguiente, acompañé a Clara. Quería acercarse a la choza de Veronique.

¿Quién es Veronique? le pregunté.

Se quedó en silencio, sin poder disimular su turbación.

Es algo del pasado, algo que me hizo sufrir mucho. Tú eras muy pequeña.

Me di cuenta de que le costaba hablar de ello, y que al mismo tiempo parecía querer desahogarse.

Ya me lo contarás le dije, y le di un beso.

Seguimos caminando hasta la choza. Estaba abandonada. De la techumbre de paja solo quedaban algunas hojas secas balanceándose entre las pocas cañas que aún se sostenían sobre los restos de las paredes de adobe. La puerta, arrancada del marco, no era más que dos trozos de madera carcomida y negruzca. Unos cántaros rotos y una silla desvencijada era lo único que quedaba entre las cuatro paredes.

Al entrar en la choza destruida de Veronique levantamos la mirada: se veía el cielo y las hojas verdes de los árboles a través del ralo ramaje que quedaba de lo que fue la techumbre. Clara cerró los ojos y me estrechó la mano. Observé la expresión de dolor de su cara.

Nunca te he hablado de Veronique. Es una vieja historia, algo que me hizo sufrir mucho me dijo de nuevo, y una sonrisa borró la tristeza de sus ojos.

La luz serena de la tarde penetraba por entre las ramas hasta los cuatro rincones de la choza. Ya no había sombras y el aire corría libre.

Veronique… murmuró cuando salimos a la explanada. Una mujer se alejaba por el camino con andar cansado, arrastrando los pies bajando entre las chozas. Al volver la cabeza nos sonrió.

Me ha recordado a Veronique, no, no es ella era la sonrisa desdentada de una vieja que sostenía su pipa entre unos dedos nudosos.

¿Qué fue de Veronique? le preguntó a África.

Veronique se marchó a Kigali al final del verano después de que muriese su padre, me contó Belén.

¿Murió el viejo Noé?

Estaba muy mal. En realidad, no sé cómo pudo aguantar tantos años. Era un hombre fuerte, pero estaba muy enfermo. Veronique lo trajo una tarde a la misión. Creyeron que no sobreviviría. El alcohol le había corroído el hígado y el cerebro. Y luego, todas las infecciones juntas... Por un momento, pareció recuperarse. Pero duró poco. Lo encontraron muerto detrás de un tugurio. Había perdido en el juego y debía dinero. El dueño del cabaret lo hizo arrastrar hasta su casa. Quería recuperar lo que le debía. Veronique buscó entre las tinajas de sorgo el pequeño saco de lona que contenía todos sus ahorros. Apenas bastaron para contentar al tabernero, que se alejó refunfuñando después de dejar tendido al viejo a la puerta de su choza. Intentamos ayudar a Veronique en la misión. Trabajó con Belén algún tiempo, pero una mañana desapareció con su hermano. Luego supimos que estaba en Kigali, en un prostíbulo de mala muerte.

África permaneció en silencio.

No puedes imaginar cuánto odié a Veronique. Y a Javier — susurró Clara desahogando su antiguo dolor.

África la miraba sin la menor extrañeza. Yo escuchaba en silencio por primera vez las confidencias de mi madre.

 Lo suponía.

¿Javier te lo confesó?

No hizo falta.

Bajó la cabeza, como si quisiera sustraer de su mirada secretos y confidencias. Así permaneció mientras Clara dejaba brotar su amargura reprimida durante tanto tiempo. África levantó los ojos y sonrió, estrechándole la mano con timidez.

La recuerdo, a Veronique junto a Javier. Ya no me duele.

África y mi madre se miraron sonriendo, me agradaba la complicidad que observaba aunque sentía que yo no participaría nunca de ella.

Solo algún tiempo después, leyendo su cuaderno, comprendí sus sentimientos.

 

11.

África cerró la puerta de su escuela. Había dejado los pupitres bien alineados y las pizarras limpias. En las estanterías todo estaba en orden, los cuadernos del profesor y los diarios de clase, hasta el último día. Permaneció un momento de pie frente al pequeño huerto al borde de la colina. No nos oyó cuando nos acercamos.

Mañana estaremos en Kigali.

Otro viaje más, Dios quiera que no sea el último; desearía volver, este es mi sitio.

Volverás

Se quedaron en silencio, recordando. Clara soñaba con aquel último viaje a Kigali con Javier, bajo la lluvia, de cómo se habían amado. Se lo contó a África aquella tarde y yo, de nuevo, fui testigo silencioso y asombrado de sus confidencias. Aunque de aquel amor de Clara yo ya tenía sospechas. Hacía tiempo que lo había adivinado por aquel ligero temblor cuando, en alguna ocasión, le había oído decir su nombre.

Yo acompañé a Javier en la camioneta más de una vez le respondió África volviéndose hacia ella.

Eran dos mujeres libres en medio del caos. La guerra hacía una pausa y dejaba un resquicio para la risa alegre del que contempla una antigua cicatriz sin dolor.

Cuando acudía a Kigali por provisiones. «Voy a Kigali ¿necesitas algo?», me decía. Y yo aprovechaba casi siempre para comprar tela para el taller de costura, o para intentar vender lo que las chicas habían confeccionado. Recuerdo especialmente una vez. Salimos por la tarde (normalmente lo hacíamos por la mañana). La luz era suave, había una especie de lentitud en el camino: las gentes que caminaban indolentes después de pasar el día cultivando, los niños que venían de la escuela, los pastores con sus esqueléticas vacas. Me gustaba cantar cuando viajaba. Creo que pocas personas cantan peor que yo, puedo hacer irreconocible la canción más sencilla. Y por si fuera poco, no cantaba cualquier cosa: me dio por cantar lo de «Ese toro enamorado de la luna, que abandona por la noche su maná». Por supuesto, no había ningún doble sentido en lo que cantaba, lo cantaba con toda el alma, porque tenía la impresión de que esa canción me salía bien. Y luego, la de «Eres tú como el agua de mi fuente», la canción del grupo Mocedades que habían ganado en Eurovisión. Ahora que lo pienso no puedo evitar llorar de risa al recordar cuando Javier, un tanto perplejo, me preguntó: «Pero, ¿a quién te refieres con ese “tú”?» Qué pasmo le produciría oír mi respuesta (respondí sin la menor duda): Jesús. Y seguí cantando lo de «Eres Tú, el fuego de mi hogar». Y luego otra vez lo de «Ese toro enamorado de la luna». África no pudo contener una carcajada y acabó contagiándonos.

Alberto se había acercado al oír nuestras risas y terminamos pidiendo a África que nos cantara sus famosas canciones. Al final acabamos haciendo coro y por un momento pudimos soñar que la pesadilla terminaría alguna vez.

 

12.

Dos días después nos trasladamos a Kigali con un convoy de la Cruz Roja. Llegamos al atardecer. Iban a hospedarnos en el hotel Mille Colines, pero les rogué que pasáramos antes por el hospital.

No pude despedirme de Pierre expliqué con timidez.

Uimana tendió sus manos y tomó las mías entre las suyas mientras toda su cara se iluminaba con una amplia sonrisa. Durante todo el viaje yo no había dejado de hablarle de él y Uimana había sentido cómo su corazón se iba caldeando con mis confidencias. «Cuéntame, cuéntame muchas cosas», me había pedido Uimana. Todos los recuerdos se habían deslizado como pequeños regatos hasta desembocar en un torrente impetuoso: Pierre, y mi hermosa Ruanda. La suave piel morena de Pierre, y el cielo azul de Ruanda.

Ven conmigo, Uimana. Te lo presentaré le dije frente al hospital.

Ya había anochecido cuando llegamos al hotel Mille Coline. Alberto nos había acompañado mientras Clara y África habían continuado hacia el hotel para instalarse. Habían conseguido dos habitaciones y esperaban impacientes en el hall sin poder contener su nerviosismo.

¡Cuánto habéis tardado! Ya empezábamos a temer que os hubiera pasado algo exclamó Clara al vernos aparecer.

No hemos conseguido encontrar a Pierre respondió Alberto.

Uimana se quedó en silencio, apesadumbrada ante mi expresión de angustia. Yo permanecía ajena a todo lo que me rodeaba. No pude pronunciar una palabra en el restaurante del hotel, ni después, cuando nos retiramos a descansar.

Me instalé con África y Uimana en una habitación al final del pasillo. Alberto y Clara ocuparon la habitación continua. África se durmió enseguida, pero Uimana parecía distinguir mis ojos abiertos vueltos hacia la ventana. Me estuvo oyendo llorar, un llanto silencioso que adivinaba por el ligero temblor de los hombros. No sé cuánto tiempo pasó hasta que conseguí calmarme, entonces se acercó con sigilo a mi cama.

Estoy despierta le dije, aunque tenía los ojos cerrados— No volveré a verlo.

Calla me dijo Uimana sentándose al borde de mi cama y acariciándome la cabeza. Calla, niña. Solo Imana lo sabe.

Ni siquiera sé su dirección, o un número de teléfono… nos dijimos tantas cosas, pero ni un número, o una dirección…

El corazón no necesita números… siempre encuentra al que ama. Los que se aman se encuentran siempre. Jorgeañadió Uimana en un suspiro. Volveré a sus brazos, siempre lo he sabido. Dónde o cuándo, o cómo será, eso solo está en las manos de Imana. Tú volverás a encontrar a Pierre, confía, niña.

“Está escrito en las estrellas” creí oír que susurraba Uimana antes de dormirse.

 

13.

Apenas dormimos aquella noche. Cuando nos despertamos, Alberto y Clara nos esperaban en el hall del hotel.

Los están esperando nos dijo uno de los soldados que nos escoltaría hasta el aeropuerto.

Mañana estaremos a salvo le susurró Alberto a Clara. Clara no respondió, y Alberto se estremeció por su silencio.

Siempre estaremos juntos respondió al fin Clara acariciándole la frente. Prométeme que te irás con Inés, pase lo que pase. Por favor.

Alberto oyó las palabras que tanto había temido.

Nos iremos todos juntos protestó.

Prométemelo, Alberto, si ocurriese algo.

Se besaron con desesperación y permanecieron abrazados en silencio. Por un momento, tuve la impresión de que todos los demás habíamos desaparecido, que solo estaban ellos dos.

La gente se agolpaba a la puerta del hotel. Los ruandeses discutían con los encargados del convoy insistiendo para conseguir una plaza.

Evacuamos a los extranjeros era la respuesta implacable. Alberto se abrió paso entre la muchedumbre.

Solo los extranjeros insistió el capitán señalándome con su arma a mí y a Uimana.

Es mi hija protestó Clara mostrando mi pasaporte.

¿Y la vieja?

Por favor.

Solo los extranjeros.

Alberto se había sentado en el jeep y me había arrastrado. Clara se volvió un momento y abrazó a Uimana.

Espérame le susurró.

África y Clara montaron en el jeep junto a nosotros.

¡Uimana! estuve gritando hasta que el polvo del camino ocultó la figura inmóvil entre la multitud a las puertas del hotel.

Alberto estrechaba la mano de Clara mientras recordaba sus últimas palabras en el hall del hotel.

Pase lo que pase, no permitas que Inés vuelva a Ruanda hasta que toda esta locura haya terminado, cuando este infierno termine harán falta personas como ella, díselo le había suplicado.

Nos abrimos paso hasta llegar a la pista del aeropuerto donde un avión nos esperaba. Alberto estrechaba con fuerza la mano de Clara. Yo caminaba delante junto a África. Al pie de la escalinata del avión se agolpaban los pasajeros. La mayoría blancos. Había también un grupo de niños junto a unas religiosas belgas y una maestra ruandesa.

Un militar les pedía los pasaportes.

Solo los extranjeros dijo señalando al grupo de niños y a las religiosas belgas.

Los niños se echaron a llorar, pero el militar empujó dentro del avión a las dos religiosas.

Solo los extranjeros insistió señalando a Inés.

Es mi hija, es española respondió con rabia Clara enseñándole el pasaporte.

El militar apartó su arma y me dejó pasar. Clara me empujó, estrechó la mano de Alberto y retrocedió.

No puedo abandonar a Uimana. Cuida de Inés le suplicó. Los pasajeros se empujaban para entrar en el avión. Los soldados impedían el paso a los que intentaban acercarse. Recogieron la escalinata y la puerta se cerró.

 

14.

Alberto golpeó suavemente la puerta de mi habitación. Habíamos llegado a Bruselas la víspera y nos habíamos alojado en el hotel Sofitel más próximo del aeropuerto. Para estar cerca cuando Clara, Uimana y África llegaran.

Llegarán pronto, cualquier día de estos nos decíamos intentando disimular la angustia.

Le abrí la puerta y nos quedamos frente a frente, inmóviles.

Pasa, Alberto.

Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, y parecía a punto de desvanecerse.

Estaba leyendo dije con esfuerzo señalando con la cabeza un cuaderno y unas hojas dobladas sobre la cama. Clara me los dio antes de venir.

 

 

Clara sonreía mientras escribía las últimas líneas de su manuscrito. Había terminado de hacer su maleta cuando lo encontró junto a una vieja redacción escolar en el fondo de un cajón. Yo me había acercado por la espalda y curioseado por encima de su hombro. «¿Qué haces, mamá?». Clara dejó su bolígrafo sobre la mesa y me tendió su diario y la redacción. «Toma, guárdalos tú»

 

(Del cuaderno de Clara)

«…He leído una redacción escolar que escribí cuando tendría unos diez años. Estaba buscando en mi cajón de los recuerdos cuando la encontré.

El tiempo y los sueños parecen jugar como hojas secas volteadas por el viento. A veces ocurre que el pasado queda atrapado en una hoja de papel y llega hasta nosotros, inesperada, cargada de significado: un anhelo, una ilusión infantil. Y ya curtidos por el paso del tiempo, recordamos apenas aquel sueño y cómo un día se hizo realidad, ya tan lejano que parece también desvanecerse en el mundo de la irrealidad. Sin embargo, aquello sucedió, y sentimos la acuciante necesidad de recuperarlo: la primera inocencia, y los años vividos enraizados en un sueño infantil que nos hicieron madurar y encontrar un sentido a nuestras vidas».

Leímos en silencio la última página del cuaderno. Luego cogí las dos hojas dobladas que estaban sobre la cama. Eran dos hojas amarillentas con los bordes arrugados arrancadas de un cuaderno escolar.

«Redacción: lo que yo prefiero», empecé a leer en voz alta: «Me gustan las excursiones y toda clase de deportes y un sin fin de cosas. Pero hay algo superior a todo esto; sí, verdaderamente ahora es una ilusión, pero quizás algún día se haga realidad este sueño. Me gusta estudiar, y sobre todo las ciencias. Desde muy pequeña deseé ser médico. Es algo desconocido para mí lleno de cosas maravillosas. Me gustaría especializarme en enfermedades del cerebro, pues es lo menos conocido y hay muchas cosas que aprender en él. Pero me gustaría más, aunque nadie cree que esto sucederá y es una simple ilusión, después de tener el título de doctor, marchar a algún pueblo lejano de África o China, donde están algo aislados de la civilización, donde carecen de medios, maestros y otras muchas cosas que nosotros tenemos y no nos damos cuenta de lo grandes que son. Pero no convertirlos en gente como nosotros; yo creo que ellos son felices en sus casas de paja, comiendo con las manos y durmiendo en el suelo, dueños de todo el sol y de todo el cielo. Yo sería como, no sé… Me querrían mucho y yo a ellos y no habría allí ninguna clase de envidia, rencor ni odio. Dormiría como ellos y comería como ellos, curaría a los niños y a todos, y no tendría repugnancia por ninguna clase de herida, llaga o enfermedad. Quizás cuando yo sea mayor ya no habrá ningún pueblo lleno de niños hambrientos».




Del Cuaderno de Clara

 "Aún hoy me cuesta describir su belleza y la impresión que me causó. Las palmas de sus manos eran ásperas, pero el dorso tenía la suavidad de la seda. Me imaginé que todo su cuerpo debía de conservar aquel tacto sedoso y el tono aterciopelado y uniforme del color de las avellanas maduras. Era la misma suavidad serena de su sonrisa y su mirada". 

 


1.

Temo que mis recuerdos de Ruanda empiecen a desvanecerse. No quiero que esto ocurra. No quiero dejar de conmoverme con su recuerdo, sería como arrebatarle el derecho a existir. Yo también me sentiría menos viva. Mi hermosa Ruanda. Por eso he empezado a escribir este cuaderno.

El espejismo duró apenas algunas semanas. Había llegado a Ruanda un sábado, a finales de 1975, y el lunes comencé mi trabajo en el hospital de Kyumba, aún bajo los efectos de mi primer encuentro con el país de las mil colinas y con mis compañeros. Aquellos primeros días los había vivido como en un sueño, en parte porque estaba realmente agotada después del viaje y de todo lo que lo precedió, y en parte por el aluvión de sensaciones y sentimientos que se despertaron en mí en cuanto divisé por la ventanilla del avión las suaves colinas pintadas de verde y ocre. Cierro los ojos, y aún veo el brillo de los platanares y la tierra cobriza, las manchas floreadas de las figuras esbeltas de las mujeres, las pardas y azuladas de hombres y niños; aún huelo, y casi paladeo, el sabor verde y rojizo de los campos de té. Oigo las risas, las exclamaciones de bienvenida, y siento el tacto áspero de las manos que retienen y estrechan las mías.

El doctor Jorge Sanromá había venido a recibirme al aeropuerto de Kigali. Lo acompañaba un joven enfermero ruandés, Silvani. Entre los dos se hicieron cargo de mis maletas antes de que yo pudiera darme cuenta y las cargaron en la camioneta. Silvani no paraba de reír mientras me señalaba y hacía comentarios que yo no entendía, pero que terminaron por hacerme sentir incómoda. El doctor Sanromá parecía divertirse con sus ocurrencias, pero al observar mi embarazo me sonrió tímidamente.

Perdónanos, Clara. No me daba cuenta de que no nos entendías, ya ves, soy un viejo despistado y grosero. Umuzungu muiza, umuana, eso es lo que dice Silvani, que eres una bonita niña blanca. A pesar del tono bondadoso del doctor Sanromá, no pude evitar sonrojarme, y creí percibir también cierto sonrojo en la cara de Silvani. Bueno, en marcha. Nos queda un largo camino, y Clara tiene que estar muerta de cansancio.

Durante el viaje, Silvani parecía intentar reparar la incomodidad que me había hecho sentir con sus risas y sus comentarios en kinyaruanda. Se esforzaba en mantener una conversación en un francés correcto, aunque con un fuerte acento, desde el asiento trasero de la camioneta. El doctor Sanromá conducía y apenas participaba en la animada charla de su joven enfermero. Poco a poco, el cansancio de volver continuamente la cabeza para responder a Silvani me fue venciendo, y la conversación se convirtió en un alegre monólogo hasta apagarse paulatinamente. Giré la cabeza con disimulo y vi cómo Silvani, ya en silencio, se asomaba a la ventanilla con la mirada perdida a lo lejos.

Más relajada, me recosté en mi asiento y me hubiese dormido a no ser por el traqueteo de la vieja camioneta, que a duras penas sorteaba los baches de la descarnada carretera de tierra a pesar de la indudable habilidad del doctor Sanromá. Observé sus enormes manos que sostenían y giraban el volante con firmeza. Y sus pies, calzados con unas polvorientas sandalias, que se deslizaban del freno al embrague o al acelerador. Todo su cuerpo emanaba un olor cálido y suave que no lograba identificar y que me producía una agradable sensación. Me dije que era un hombre sorprendentemente atractivo: se trataba de algo físico, un magnetismo que me paralizaba y conmovía al mismo tiempo. Cuando se volvió hacia mí, fingí contemplar el paisaje para disimular mi turbación.

El doctor Sanromá acababa de cumplir 60 años. Hacía ya tiempo que se resistía, pero después de 20 años en Ruanda se había resignado por fin a poner término a su trabajo allí y a volver a su Barcelona natal.

No sé si podré llegar a acostumbrarme dijo, volviéndose hacia mí, como si hubiese seguido el hilo de mis pensamientos.

Será difícil.

Tarde o temprano todo se acaba. Me he resistido durante tiempo, pero al final me he rendido.

No le veo muy convencido…

Clara, por favor, tutéame. Me vas a hacer sentir aún más viejo de lo que soy. Y llámame Jorge. añadió riendo.

No eres viejo sentí que me sonrojaba.

Soy un viejo testarudo. Y si tú no estuvieras ya aquí para sustituirme, probablemente me volvería atrás.

No me cabía la menor duda de su sinceridad. Aquellas pocas horas habían bastado para que ganase toda mi confianza. Adivinaba algo con lo que no estaba acostumbrada a convivir y que no sabía definir muy bien, quizás indefensión o inocencia. Lo percibía en todo su cuerpo, aquel enorme corpachón desmadejado, de hombros caídos y piernas largas; en sus manos y sus pies, exageradamente grandes, y su cabello abundante y revuelto que le caía sobre la frente, tan blanco que parecía iluminarle toda la cara. Me miraba con timidez, con unos alegres ojos grises. Quizás era esa misma timidez la que le hacía tartamudear y ser parco en palabras, pero me sorprendía la cordialidad que comunicaba cada uno de sus gestos.

Me habían hablado del doctor Sanromá hacía varios meses, algún tiempo después de que me hiciera socia de Médicos del Mundo. Me propusieron sustituirle y me pusieron en contacto con él. Al principio fueron solo algunas breves cartas, pero poco a poco nuestra correspondencia se hizo más asidua y sincera. Cuando hablaba de su trabajo, de sus enfermos, de las necesidades de aquellas gentes, parecía no cansarse de llenar folios y folios con su letra picuda y regular. Yo me había hecho una idea de lo que él sentía y pensaba a través de sus cartas, pero fue sentada a su lado, mientras daba tumbos en la vieja camioneta, cuando empecé a conocer a aquel hombre y la profundidad sorprendente de su alma que parecía aflorar a su piel.

Ya hemos llegado.

Me había adormecido y la voz del doctor me sobresaltó. Silvani me abría la puerta con una amplia sonrisa, mientras sostenía una de mis maletas con la otra mano.

Cuando quise darme cuenta, un enjambre de chiquillos nos envolvió sin parar de reír y de dar exclamaciones de alegría. Yo sonreía a todos aquellos ojos chispeantes que me observaban sin ningún disimulo, y estrechaba las manos que se alargaban buscando las mías. Los niños se habían abierto paso entre las mujeres y los hombres que también nos rodeaban y que se acercaron para abrazarme: me retenían entre sus brazos un instante mientras las manos acariciaban mi espalda, y toda mi piel se iba impregnando del tacto áspero y el olor cálido y húmedo de sus cuerpos. A mi fatiga se sumó la excitación de aquel entrañable recibimiento, y por un momento sentí que las piernas me flaqueaban. Fue en ese momento cuando la mano firme del doctor Sanromá agarró mi brazo y me sostuvo mientras se abría paso entre aquella algarabía para dirigirnos a su casa.

Ya ves cómo te quieren y no has hecho más que llegar. Mira, se llevan las manos a la boca para expresar su cariño y su gratitud.

No sé si voy a ser capaz de merecerlos.

Claro que vas a poder, estoy seguro.

Me hacía sentir confiada, fuerte. Siempre había sido así, desde las primeras cartas hasta el momento en que me abrazó en el aeropuerto, y durante todo el viaje. Y en ese momento, cuando las fuerzas empezaban a fallarme.

Así que ya puedo irme tranquilo —al momento pareció arrepentirse de su última observación al darse cuenta de un ligero sobresalto por mi parte Pero tendré tiempo de echarte una mano los primeros días, y por supuesto comprobarás que disponemos de un equipo estupendo. Creo que vas a tener que darme un buen empujón para que me vaya.

Me gustaría poder trabajar contigo.

Trabajaremos juntos, no te preocupes levantó la mirada y sonrió a la mujer que nos esperaba junto a la puerta de su casa.

Bienvenida, doctora me dijo ella en francés mientras cogía mi pequeño maletín.

Clara, te presento a Uimana percibí un ligero temblor en la voz y en la mirada de Jorge.

«Ama a esta mujer», me dije sin poder evitar sorprenderme.

Encantada, Uimana. Yo soy Clara.

El doctor me ha hablado de ti respondió con una tímida mirada, y dejó el maletín en el suelo para estrechar mi mano.

            Era muy hermosa. Aún hoy me cuesta describir su belleza y la impresión que me causó. Las palmas de sus manos eran ásperas, pero el dorso tenía la suavidad de la seda. Me imaginé que todo su cuerpo debía de conservar aquel tacto sedoso y el tono aterciopelado y uniforme del color de las avellanas maduras. Era la misma suavidad serena de su sonrisa y su mirada. No debía de ser joven, pensé, al descubrir pequeñas arrugas en torno a los ojos y algunos cabellos grises en sus sienes. Se inclinó ligeramente al saludarme, pero aún así yo no le llegaba a los hombros. Llevaba una blusa blanca y un pareo largo de flores azules y violetas que realzaba aún más su esbeltez. Su semblante y toda su figura irradiaban una apacible luminosidad que me deslumbró. Estaba descalza, sus pies eran hermosos y largos, como sus manos. «Él la ama, y la verdad es que no me sorprende», me dije de nuevo. Y sentí una cierta incomodidad. O quizás fuesen celos, o una humillante sensación de inferioridad.

En ese momento me di cuenta de que sabía muy poco de la vida privada del doctor Sanromá. Nadie me había hablado de ella, o si alguien había mencionado algo, yo no había prestado atención. Creía recordar que me comentaron que estaba divorciado, y que tenía una hija, pero de esto último no estaba segura. Yo tampoco había mostrado ningún interés ni había preguntado. El tema de toda nuestra correspondencia había sido Ruanda, y nuestro trabajo. Y sin embargo, desde el primer momento en que vi a Uimana, la curiosidad se despertó en mí y se me ocurrieron un sinfín de preguntas. Me llevó tiempo encontrar las respuestas a todas ellas, pero desde entonces Uimana ha ocupado un lugar preferente en mis recuerdos de Ruanda y en mi vida.

 

 2.

La puerta de la casa, abierta de par en par, daba a un jardín cuadrado rodeado de un porche por tres de sus lados. La mañana soleada hacía relucir con sus mejores colores las flores de los arriates cuidados con esmero. En el centro, una enorme acacia desparramaba su tenue aroma junto a dos plátanos cargados de racimos maduros.

Todas las habitaciones daban al porche: cinco dormitorios, el salón comedor, la cocina, la despensa, los servicios y las duchas. A uno de los lados del jardín se alzaba una tapia de ladrillos que separaba el huerto, al que se accedía por una puerta de madera pintada de verde.

Uimana había acondicionado la habitación de invitados para mí. Un amplio ventanal en la pared del fondo se abría a un pequeño terreno plantado de árboles frutales; entre las ramas de los chirimoyos, los papayos, aguacates, los tres naranjos y el limonero, se balanceaban a la brisa de la tarde el amarillo y el ocre, columpiándose entre el color rojizo de la tierra; y aquí y allá mil matices de verde lo envolvían todo con su brillo.

A la izquierda de la puerta había una amplia cama con cabezal metálico de aspecto hospitalario cubierta con una colcha blanca. Un armario, una mesa y dos sillas completaban el mobiliario. Las paredes estaban desnudas, a excepción de una pequeña lámina enmarcada colgada sobre la cama. Su tamaño no armonizaba con el vacío de su alrededor, pero eso acentuaba su originalidad. El mar gris aguamarina se extendía hasta el horizonte ante la mirada de un pescador sentado en la arena junto a su barca. El hombre me daba la espalda y sentí curiosidad por su rostro. Me quedé observándolo unos instantes, como si esperase que se volviese. Luego me giré y me acerqué al ventanal y contemplé los frutales y más allá las suaves colinas; la sensación de desnudez que me produjo la ausencia del menor signo de lujo en la habitación, por extraño que pudiese parecer, me hizo sentir por fin libre y en paz. Solo la nostalgia del mar, a mi espalda, perturbaba la quietud.

 

3.

Durante aquellas noches, nos sentábamos en el porche después de cenar. Uimana nos servía el té y terminaba de recoger la cocina mientras nosotros charlábamos sobre nuestro trabajo. Yo estaba hecha un mar de dudas y Jorge intentaba responder a todas mis preguntas.

Lo vas a hacer muy bien, todos te van a ayudar decía intentando infundirme confianza.

A veces permanecíamos en silencio, y yo me quedaba hipnotizada contemplando aquella infinitud de estrellas que tachonaban el cielo mientras Jorge, agotado por las interminables explicaciones que me daba para tranquilizarme, se adormilaba con su pipa en la mano. Mi inquietud parecía entonces desvanecerse con las tenues volutas del humo del tabaco.

Me retiraba siempre la primera, después de dar las buenas noches a Uimana que seguía limpiando la cocina. Sabía que una vez yo me hubiese acostado, ella se sentaría en el porche junto a Jorge. Lo supe desde la primera noche. El mismo agotamiento me impedía dormir y salí al patio. La luz azulada de la luna iluminaba sus siluetas inmóviles, y un tenue susurro llegaba hasta mí. Permanecí quieta, espiando en el silencio de la noche. Me ocultaba la sombra de un plátano que me permitía observarlos sin que se dieran cuenta.

Ahora me avergüenzo. En realidad me avergoncé a los pocos minutos de estar disimulada en la sombra. Una hoja del plátano me había rozado el hombro. Me sentí descubierta y volví a mi habitación. Tardé en dormirme.

Cuando desperté, el sol estaba ya alto. Uimana me había preparado el desayuno.

El doctor ha ido al hospital, volverá a la hora de comer.

Me sonrojé y Uimana me miró con curiosidad. Su amabilidad me hacía sentir incómoda y culpable.

Lamento haberme despertado tan tarde dije con torpeza a modo de excusa. Me costó dormirme.

Uimana se contentó con sonreír mientras me servía café, tostadas y papaya.

 

4.

Dos días antes de la partida de Jorge permanecimos toda la noche sentados en el porche. No nos dimos cuenta de que se estaba haciendo de día hasta que la primera claridad comenzó a recortar las siluetas de las colinas en el horizonte, entonces Jorge y yo nos retiramos a descansar mientras Uimana cogía algunos leños para encender el fogón de la cocina.

Aquella noche se había sentado con nosotros. Jorge se lo había pedido cuando nos sirvió los dulces que había estado cociendo en el horno después de comer.

El doctor quiere que me vaya con él a España me dijo Uimana mirando de reojo a Jorge con expresión burlona y echándose a reír.

Pretendía mostrarse alegre y despreocupada, pero apenas podía ahogar la tristeza que se abría paso a través de su risa.

No hay quien la convenza añadió Jorge resignado.

Recordé los susurros en la penumbra, sus figuras inmóviles en el porche, y me imaginé aquellas largas conversaciones, la insistencia desesperada de Jorge y la resistencia obstinada de Uimana.

¿Y qué voy a hacer yo en España? continuó ella bromeando.

«¿Y qué voy a hacer yo sin ti?», decían los ojos de Jorge. Sentí su desconsuelo, y el de Uimana disimulado en su risa mientras nos servía una infusión de menta.

Y, además, ¿quién cuidará de Clara si yo me voy? añadió Uimana sin que pudiese ocultar el ligero temblor de su voz. Tú tendrás a tu hija, la pequeña Diana.

Ella te quiere mucho.

Le darás un abrazo muy fuerte de mi parte.

Sabes que siempre pregunta por ti en sus cartas, le gustaría volver a verte.

Ya es una mujer.

Siempre recuerda todas las historias que le contabas cuando era una niña.

Me gusta contar historias, me hubiera gustado tener un hijo, para poder contárselas.

De nuevo nos quedamos callados, sobrecogidos por la nostalgia de Uimana, que disimulaba sus ojos en la oscuridad.

Siempre era la primera en probar mis dulces añadió, recuperando su tono despreocupado y alegre.

Estuvieron hablando de Diana durante horas. Hablar de un niño ahuyenta las penas y los fantasmas. Yo los escuchaba en silencio, me encogía en mi sillón de mimbre y tenía la sensación de que ya no existía para ellos. Solo de vez en cuando volvían del pasado y me dirigían una sonrisa, o Uimana volvía a ofrecerme un pastel; o Jorge suplicaba mi ayuda para convencerla de que lo acompañase a España.

 

5.

La víspera de la partida cenamos algo más pronto de lo habitual. Al día siguiente debíamos salir de Kyumba antes del amanecer para llegar a Kigali a tiempo de coger el avión.

Uimana se había pasado toda la tarde en la cocina, planchando la ropa de Jorge. Con las últimas brasas del fogón había llenado el depósito de la plancha. Era una plancha de hierro toscamente labrada con un asa de madera fijada a la tapa que cubría el receptáculo para el carbón. Uimana apoyaba todo el peso de su cuerpo sobre la mano que la asía con fuerza para deslizarla con suavidad una y otra vez sobre las camisas y pantalones hasta conseguir una raya perfecta. Acarició la lisura de las prendas al depositarlas sobre la cama de Jorge, y se apresuró a volver a la cocina para preparar la cena y las pastas para el té. Nos los sirvió en el porche con las infusiones, y se sentó junto a nosotros sin que hiciera falta que Jorge se lo pidiese. Apenas hablamos, lo que decíamos no tenía demasiado sentido ni interés. Las palabras salían con dificultad, y aunque los tres nos esforzábamos por parecer alegres, no podíamos disimular nuestros verdaderos sentimientos.

Yo sentía pánico, me veía incapaz de llenar el vacío que Jorge iba a dejar. «¿Cómo una mujer tan pequeña va a poder ocupar el puesto de nuestro enorme doctor?», había bromeado en kinyaruanda uno de los enfermos. Tuve que insistir para que me lo tradujesen, pero, aunque entonces yo también reí por la ocurrencia, ahora aquel comentario cobraba todo su inquietante significado. Jorge se esforzaba en comer las pastas que Uimana nos había preparado mientras se tomaba el té a pequeños sorbos. Noté que sus manos, siempre tan firmes y seguras, temblaban un poco. No habíamos encendido la luz del porche a pesar de que Uimana había comentado que había muchos mosquitos y aún en la penumbra, yo podía observar la expresión contraída de su rostro. Me conmovió aquel dolor contenido, sentí que en ese momento me tocaba a mí ser fuerte. Comprendí que era una afortunada, ahora que leía en la cara de Jorge, y en sus manos que no podían disimular la emoción, lo que suponía abandonar Ruanda. Y abandonar a Uimana.

Debería retirarse, doctor, mañana le espera un largo viaje.

Jorge asintió con la cabeza, pero continuó con la mirada clavada en la taza de té que giraba entre sus manos.

Uimana tiene razón le susurré yo.

Jorge parecía clavado en su silla, incapaz de levantar la cabeza. Entonces Uimana hizo algo que me conmovió. Se levantó, tomó la taza de manos de Jorge y la depositó en la bandeja sobre la mesa, pero no para llevarla a la cocina, como hacía habitual- mente, sino para tomar la mano de Jorge entre las suyas. Él levantó la cabeza y ella lo ayudó a incorporarse. Permanecieron un momento mirándose en silencio bajo la luz blanca de la noche ruandesa; después ella lo condujo con suavidad a su habitación. Yo ya no existía para ellos, nada existía, solo la separación presentida y el apremio por abrazarse por última vez hasta el amanecer.

Permanecí algún tiempo sentada en el porche, con los ojos cerrados aspirando el olor de la acacia; me sentía como el escudero velando a su señor la víspera de una gran batalla. Pensaba en Jorge y en Uimana. Intentaba imaginarme cómo sería amarse tanto, ser una mujer como ella, llevar a un hombre por la mano con tanta suavidad y tanta fuerza. Y el cuerpo de Jorge, inmenso, acogiéndola y cobijándola. Me imaginaba sus caricias y sus susurros cada noche, sus cuerpos y sus almas desnudos, derramándose en el otro. Sin secretos, pensaba entonces. Pero me equivocaba; al cabo del tiempo empecé a sospechar, y más tarde, cuando entre nosotras nació el afecto y la complicidad, fue la propia Uimana quien me confesó lo que nunca se habría atrevido a confiar a Jorge, precisamente porque lo amaba tanto y temía que él no pudiese perdonarla.

Él es médico, Clara. Lucha por la vida. Nunca me perdonaría mi crimen, aunque lo hice porque lo amaba me diría años más tarde.

Pero aquella última noche con Jorge parecía no tener secretos, era luminosa y transparente como el día. Al fin me levanté, recogí la bandeja y la llevé a la cocina. Enjuagué las tazas mientras me comía las pastas que habían quedado en el plato. Granos de azúcar y canela quedaron en la yema de mis dedos; me los llevé a los labio y los lamí con los ojos cerrados aspirando el aroma de la noche ruandesa; olía al tabaco de la pipa de Jorge y al perfume de la piel de Uimana.

 

6.

Cuando me desperté, Uimana estaba ya en la cocina preparando el desayuno y Jorge terminaba de cargar sus dos viejos bolsos en la camioneta. Tomamos unas tajadas de papaya y un café negro, bien cargado.

Uimana nos acompañó hasta la puerta y se quedó allí, diciéndonos adiós con la mano. Había tocado su cabeza con un turbante granate y verde, del mismo estampado geométrico que su pareo. Una princesa, o una reina africana al amanecer, así era su reflejo en el retrovisor. Su imagen se diluía como la bruma matinal, hasta que desapareció detrás de la primera curva.

Solo se oía el ronquido del motor de nuestra camioneta rompiendo el silencio que precede al alba. Los caminos estaban aún solitarios, las primeras ligeras columnas de humo se levantaban de algunas chozas. Debe de ser un alivio para él esta calma, pensé.

Jorge conducía con la mirada fija en el camino. Yo permanecía callada, sin saber qué decir, medio muerta de pena y de miedo. Sabía que iba a perder a un gran amigo, y que a él se le partía el alma al dejarnos.

Cuando llegamos al aeropuerto, un único avión parecía dormitar en la pista. En la sala de espera solo había unos pocos viajeros: algunos misioneros, varios ruandeses vestidos a la europea con exagerada elegancia (quizás algún que otro político u hombre de negocios, pensé) y un grupo de turistas con aspecto desaliñado. El despegue estaba previsto para dos horas más tarde, pero tuvimos que aguardar casi cuatro. Y durante ese tiempo Jorge me habló de Uimana. Ya no me habló de Ruanda, me habló de ella.

Cuida de Uimana me dijo cuando nos sentamos junto a los ventanales que daban a la pista.

Yo asentí con la cabeza, por no interrumpirle. Me había sido fácil reconocer su timidez y lo embarazoso que le resultaba hacer confidencias, aunque ahora él debía de suponer que aquella despedida sería definitiva; quizás por eso estuvo hablando de Uimana con la mirada perdida en la pista del aeropuerto. O en su pasado.

— Ella tenía veintidós años cuando la conocí. Jorge permaneció unos instantes en silencio; en sus ojos yo intentaba recrear la imagen de una joven princesa, tejer su retrato con toda la belleza que el tiempo no había conseguido marchitar y que me había deslumbrado en cuanto la vi por primera vez. Me enamoré en el mismo momento en que me miró, sonriendo con una inmensa tristeza. Concha se dio cuenta enseguida. Mi mujer añadió después de una pausa.

Era la primera vez que Jorge mencionaba a Concha y en todos los rasgos de su rostro creí leer el tedio y la amargura sedimentada en su memoria aunque Jorge hubiese deseado borrar su recuerdo. A veces se preguntaba si se habían amado realmente alguna vez. Quizás en algún momento compartieron un sueño. Él había dedicado su vida al estudio y al ejercicio de la medicina y había decidido abandonarlo todo y marchar a la aventura a ejercer como médico en el corazón de África. El padre de Concha era un famoso filántropo, uno de los hombres más ricos de Barcelona, y se ofreció a financiar su aventura. Concha lo conoció en una velada que se organizó para despedirlo, unos meses antes de su partida. Y esa misma noche, le diría más tarde, decidió que él sería el amor de su vida. Su padre fue incapaz de objetar nada, en realidad nunca había sido capaz de negarle nada. En cuanto a Jorge, aún hoy no sabría decir cómo pudo dejarse seducir así a sus cuarenta años, pero el caso es que una semana antes de marchar hacia Ruanda, Concha y él se casaron en la mismísima catedral de Barcelona.

Cuando nació Diana, decidió buscar a una mujer que se ocupara de la niña; Concha decía que se sentía enferma y agotada después de haber dado a luz en un país de salvajes, lejos de las comodidades de Barcelona.

Uimana se presentó una mañana y tomó a la niña entre sus brazos. Nunca después la he visto llorar, pero en ese momento no pudo contenerse. Jorge se volvió hacia mí y percibí la profunda emoción que lo embargaba al recordar. Fue solo un instante, enseguida recuperó su serenidad, pero ya no pudo nunca ocultarme su sufrimiento. Uimana no podía tener hijos. Poco a poco fui descubriendo lo que eso significaba para ella y para cualquier mujer ruandesa.

Llegaba al amanecer. Yo espiaba su llegada, oía sus pasos sigilosos, casi oía su respiración, tanto la deseaba. La oía trajinar en la cocina y preparar los biberones. Entonces Concha se levantaba, soñolienta y malhumorada, se echaba la bata por encina de los hombros y cogía a Diana para dejarla en brazos de Uimana. Volvía a la cama y se acurrucaba junto a mí. Me costaba fingir, ponía la excusa del trabajo y me levantaba al poco tiempo mientras ella escondía la cara en la almohada. Antes de marcharme al hospital entraba en la cocina y me acercaba a Uimana que me tendía a mi hija; yo la cogía con cuidado, abrazaba aquel pequeño cuerpo y aspiraba su olor. Después la dejaba en el regazo de Uimana; nuestras manos se rozaban siempre, en silencio, pero pronto aprendimos el leguaje sin palabras de los amaneceres. Solo una leve caricia, cada mañana, durante años.

Cuando volvía del hospital, Uimana había vuelto ya a su choza al otro lado de la colina junto a su marido. Yo me sentaba en el porche y acunaba a Diana, soñando con el amanecer, mientras Concha desahogaba su hastío conmigo.

Pardon, Monsieur nos interrumpió uno de los turistas.

Era un hombre alto, de aspecto saludable y risueño, nórdico probablemente por el color casi albino de su pelo y de su piel enrojecida por el sol.

Chéri, ils sont là, nos amis le llamó una mujer que aparentaba ser bastante más joven que él.

El hombre se alejó de nosotros, no sin antes excusarse en francés y en inglés.

Era holandés continuó Jorge, a quien el desconocido parecía habérselo evocado El amante de mi mujer.

Un joven aventurero. Había recorrido África con su cámara al hombro, y les hechizó con sus relatos. Con él las veladas transcurrían sin que se diesen cuenta. Jorge tenía siempre que interrumpirle para retirarse a descansar mientras Concha se quedaba escuchándolo embelesada, y él se dormía oyéndolos reír.

Concha decidió acompañarlo a Kenia. «No puedes perderte la visita de aquellos hermosos parques naturales», le decía él. Concha no volvió. Jorge no la culpaba. Había dejado de amarla, y no pudo mentirle. Los últimos meses, antes de la llegada de Guillermo (así se llamaba el joven holandés) habían sido un infierno. Ella sabía muy bien cómo hacerle sufrir: no perdía ocasión de humillar a Uimana, de menospreciarla e insultarla. Concha la odiaba. Jorge se arrepentía de haber sido un cobarde. Hubiese podido ofrecer a Uimana otro trabajo en la misión para acabar con su sufrimiento, pero no podía ni pensar no verla cada mañana. Ella tampoco lo habría aceptado, se decía.

No sabes hasta qué punto es fuerte. Nunca se quejó Jorge interrumpió un instante su relato, en ese momento nos anunciaban que el despegue se retrasaría todavía una hora. No supe de todo su dolor hasta años más tarde, cuando descubrí en su cuerpo las huellas de todos sus sufrimientos. Pero durante años me lo ocultó. Siguió ocupándose de Diana. Concha nos había abandonado a los dos, a la niña y a mí. Uimana continuó llegando, cada amanecer, con su paso sigiloso. Yo la esperaba ya levantado y me sentaba en la cocina mientras ella daba de desayunar a mi hija. Permanecíamos en silencio, y a veces nos preguntábamos cómo era posible tanto amor y tanta dicha.

Años después murió su marido, de una extraña y dolorosa enfermedad. Yo lo visité varias veces. Uimana pasaba las noches junto a él, pero durante el día seguía viniendo a casa para ocuparse de Diana. Nunca se quejaba de su esposo. Cuando murió temí perderla, durante días no volvió a mi casa. Fui a buscarla. La encontré sentada en el interior de su choza. Llevaba días sin comer ni salir. Creí que había enloquecido. La tomé en brazos y la llevé al hospital. Solo tiempo después me fue confiando todos los sufrimientos que había soportado, o más bien yo se los fui arrancando, como se arrancan las espinas del cuerpo. Hubiera hecho cualquier cosa para curarla, para borrar sus cicatrices. Pero hay heridas que nunca sanan, aunque se aprende a vivir con ellas, a soportarlas. Y poco a poco aprendimos a ser felices.

Jorge se calló un momento. Lo miré con disimulo. Sus ojos soñadores y la tenue sonrisa que se dibujó en sus labios me hizo comprender hasta qué punto llegaron a serlo.

Poco después continuó— comenzaron las revueltas de los hutus contra los tutsis.

Sí, eso leí, hacia 1959, cuando se acabó con la monarquía tutsi con la muerte de su último Rey.

Efectivamente. Y de nuevo la vida de Uimana corrió peligro.

¿Uimana es tutsi?

Oficialmente es hutu, pero los genes la traicionan y a nadie se le escapa su ascendencia tutsi. Fueron años muy duros. En la misión hacíamos lo que podíamos, y fuimos testigos de muchos horrores. Envié a Diana con su madre aprovechando el viaje de unos misioneros españoles que volvían a Barcelona.

Un atardecer uno de los enfermeros me avisó de que la choza de Uimana estaba ardiendo. Corrí a casa. Ella estaba a punto de marcharse. En cuanto me vio comprendió lo que estaba ocurriendo. Tomé sus manos entre las mías y ella se dejó conducir con un abandono que me conmovió. La oculté durante meses en mi propia habitación.

Otros muchos tutsis se escondieron en la misión, algunos consiguieron salvarse, pero otros encontraron la muerte incluso en las mismas iglesias donde se refugiaron.

Cuánto odio no pude evitar interrumpir a Jorge, sentía una enorme repulsión por los crímenes de los hutus.


Nadie es inocente, Clara.

En ese momento una azafata belga se dirigió a los pasajeros que aguardaban en la sala de espera para comunicarles que embarcarían en algunos minutos.

La madre de Uimana era hutu y fue violada por un tutsi, su señor, en presencia de su marido. Los señores tutsis humillaban así a sus siervos hutus. Es una larga historia de odio, Clara continuó Jorge mientras nos encaminábamos a la pista de despegue.

Una larga historia de odio y de amor pensé mientras veía perderse el avión en el cielo ruandés. Y de nuevo sentí miedo, pero al mismo tiempo una fuerte determinación por continuar la tarea de Jorge y por merecer el privilegio de conocer y amar a Ruanda, el privilegio de estar viva, por doloroso y fugaz que esto fuese.

 

 Continuará...

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