Eso dice una foto que me llega, entre otras muchas, vía redes. Me choca, la contemplo, y vuelvo a buscarla para reflexionar. Porque es cierto, y al mismo tiempo es todo lo contrario.
Las religiones han sido y siguen siendo un arma poderosa para dominar a los hombres, y el dominar siempre implica engaño, pues ningún ser humano consciente de su dignidad aceptaría ser dominado. Y el ejercicio del poder y el dominio acarrean el enfrentamiento entre aquellos que quieren alzarse sobre sus semejantes y que terminan manipulando a “sus creyentes” contra los creyentes de sus competidores. Así es, y sin embargo es todo lo contrario. “La religión debe llevar al hombre de la diversidad a la unidad, de la separación a la unión, de la esclavitud a la emancipación” afirma Swami Sivananda, maestro Hindú. “La espiritualidad es la base de la auténtica civilización. Establece la paz entre los hombres…la espiritualidad debería ser la religión más importante del hombre”, señala en otro lugar.
Constato con tristeza cómo se agudiza en nuestros días la búsqueda de los rasgos identitarios (y no sólo los basados en las creencias religiosas) y cómo los grupos humanos se blindan unos contra otros, cómo resaltan y subrayan lo que los identifica y separa del resto. Pienso que la auténtica religión, la espiritualidad profunda, nos hace encontrar en el fondo de nuestro corazón el motivo fundamental para abrazar a todas las criaturas, el asombro del don gratuito y compartido de la existencia: ese sentimiento no divide, ni engaña ni domina, sino que une, libera e ilumina el camino de la vida.
"Punto de encuentro, más allá de los mitos" Editorial Manuscritos
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