lunes, 27 de mayo de 2019

Capítulo 12 "El valle de los narcisos". En una sociedad narcisista, educar para la empatía.


12.
Fingí dormir la siesta cuando mi madre se asomó a mi habitación antes de marchar a su trabajo, y esperé con los ojos cerrados hasta que oí la puerta de la calle.

                            Imagen : https://tinyurl.com/y6axsual
Desde que mi padre murió, mi madre trabajaba como dependienta en unos grandes almacenes, en turno de tarde. Lo había preferido así para poder ocuparse de mi hermano por las mañanas. Yo la relevaba al salir del Instituto. Ahora que Tito había muerto, seguía con la misma rutina: trabajaría toda la tarde y luego ayudaría al encargado a hacer el inventario y la caja, y volvería a casa cerca de las diez. Yo me iba acostumbrando a las horas vacías, sin voces, a veces sentía deseos de pegar el oído al tabique para oír las de los vecinos. O entraba en la habitación de Tito y cerraba los ojos para imaginarme que él aún estaba allí, riendo y hablándome de mil cosas. Déjame estudiar ya, le tenía que decir algunas veces. Ahora añoraba su voz y su risa como nada en el mundo. Sin embargo, esta tarde agradecía el silencio y la soledad de nuestro piso.
Salí a la terraza, quería volver a ver la maceta que me regaló la mujer. Allí estaba, golpeando mi incredulidad y haciéndome sentir una enorme nostalgia por volver a aquel lugar desconocido. Faltaban varias horas para mi encuentro con Oscar, así que pensé que me tranquilizaría dar una vuelta en vez de quedarme encerrado en mi habitación.
Llegué hasta el parque, atravesé la avenida. Recordaba haber pasado por allí con mi maceta en las manos; en la parada del autobús una anciana con un vestido de lunares azules se había quedado mirando mis flores, de eso estaba seguro. El parque de los dos Chopos, y la floristería, la mujer y el jilguero debían de estar cerca. Recorrí todas las calles de los alrededores, ninguna me era desconocida, comprobé entonces. Y ninguna llevaba a mi parque. Empecé a pensar en aquel lugar como algo que me pertenecía, un lugar al que hubiese accedido desde mi interior y al que ahora se me negaba la entrada, y esto avivó mi nostalgia. Había estado pensando en estas cosas mientras continuaba caminando sin rumbo y así llegué a las afueras, a los últimos bloques de pisos de protección oficial: el barrio de Oscar. La visión de aquellos balcones de barandillas oxidadas me hizo volver a la realidad y sentirme avergonzado por dejarme arrastrar por mis fantasías. No era el mejor momento para los sueños, había que estar alerta y despierto. No se trataba de un juego, el miedo de los ojos de Oscar me lo hacía presentir. 
Aún quedaba alguna hora de luz, pero me encontraba bastante lejos del lugar de nuestra cita y decidí emprender el camino hacia allí. No hacía falta apresurarse, podría caminar tranquilamente y así intentar aclarar mis ideas y mis sentimientos. Es cierto que mi fantasía puede hacerme viajar muy lejos en algunas ocasiones, aunque por otro lado mi mente también es a veces capaz de ser fría y calculadora ( esto es otro de los aspectos contradictorios de mi personalidad). Mientras caminaba, esta faceta de mi carácter iba despertando. Analizaba la situación y mi reacción ante lo ocurrido. Habían asesinado a Miguel, mi profesor y mi amigo. Un gran hombre. Todo lo que se decía sobre él y su muerte era mentira, yo estaba seguro de ello. Tenía datos, que los difamadores desconocían, que ponían en evidencia la falsedad de los rumores. No eran sólo sueños, como quizás lo fuesen la sonrisa de la mujer de la floristería y el canto del jilguero, o los dedos de los chopos trenzando hilos de colores. Yo conocía a Miguel, sabía cómo pensaba, lo que sentía. Yo conocía a la mujer del cuadro, a Guadalupe. Y si aquellos rumores eran falsos, era de suponer que los mismos que le causaron la muerte los estaban divulgando para borrar las huellas de los verdaderos culpables. Los difamadores y los culpables eran los mismos. Y no estaban dispuestos a dejarse descubrir. Eran capaces de todo para impedirlo, eso es lo que me dijeron los ojos aterrorizados de Oscar. Oscar tenía miedo, porque Oscar sabía demasiado. Estaba en peligro, y yo lo estaría también en cuanto supiese lo que él sabía. Mi conclusión me hizo estremecer, volví la cabeza con aprehensión. Me di cuenta de que no estaba teniendo ningún cuidado de asegurarme que nadie me seguía, y por un momento pensé que aquello no era más que una locura, que lo mejor que podía hacer era volver a casa y olvidarme de todo. Olvidarme de Miguel. Y de Oscar. Tuve miedo y dudé, como si dos personas estuviesen luchando en mi interior. Cerré los ojos y vi todos los ojos que intentaba olvidar, los ojos azules de Miguel, siempre brillantes, los ojos almendrados de la mujer del cuadro, y ahora veía también los ojos de la mujer de la floristería, eran los mismos ojos almendrados, azules y llenos de luz; y los ojos castaños y espantados de Oscar. Estarían acechando desde algún rincón escondido del parque esperando verme aparecer. Tenía que darme prisa para que no se impacientara.

Capítulos anteriores:

https://doloresvendrell.blogspot.com/2019/05/el-valle-de-los-narcisos-capitulo-11.html


martes, 21 de mayo de 2019

El valle de los narcisos, capítulo 11: quedar atrapado.


11.
Mi madre golpeó suavemente a la puerta de mi habitación antes de asomarse.
_ David ¿hoy no piensas comer?
Me pareció una pregunta trivial, yo tenía otras muchas cosas en que pensar. Sin embargo no protesté y me dirigí resignado al comedor. Comí en silencio, bajo la mirada inquieta de mi madre. Un plato de lentejas, un filete con patatas fritas y una naranja. No es que el menú tuviera nada de especial, esto es evidente, pero lo recuerdo con todo detalle. Debía reponer mis fuerzas, me esperaba una tarde llena de interrogantes y probablemente también de riesgos.
_ Estas lentejas están riquísimas_ le dije a mi madre mientras saboreaba un trozo de chorizo que le daba un sabor especial al guiso.
Mi madre sonrió, y pareció relajarse.

Eran las cuatro cuando terminé de ayudarle a recoger la cocina. Estaba impaciente por encerrarme de nuevo en mi habitación para reflexionar en todo lo ocurrido hasta la hora de acudir a la cita con Oscar.
Había estado toda la mañana pensando en Guadalupe, ahora tenía que intentar ordenar mis ideas. El tipo de la melena enmarañada había hablado de drogas que habían sido encontradas en casa de Miguel; yo intentaba recordar si ese asunto había sido mencionado en las noticias de la radio, o en los periódicos, pero hubiese jurado que no se hablaba de ello ¿Cómo podía saberlo aquel tipo? ¿O se lo había inventado? Pero me costaba encontrar un motivo para semejante difamación. 
Fue en 4º de Secundaria cuando Miguel nos expuso su postura sobre la droga. Era el tutor del grupo y un compañero propuso que se debatiera el tema. Yo estaba ya resignado a oír una vez más la misma charla que todos se empeñaban en darnos: mi madre, los profesores, el psicólogo, la televisión con sus campañas antidrogas. Pero Miguel me sorprendió en cuanto empezó a hablar.
_Yo las he probado_ fue lo primero que dijo.
Hubo una reacción inmediata en la clase: guiños y codazos, algunos comentarios (un porrito, y alguna raya, mola colega, dijo alguien a mi espalda). No faltó tampoco la expresión de susto en la cara de otros.
_ ¿Qué drogas has consumido, Miguel?_ preguntó un compañero coreado por la risa de los demás.
_Tabaco. Y, para mi desgracia, sigo siendo fumador. Alcohol, pero de forma moderada: alguna caña y un vaso de tinto en las comidas. Y alguna copa con los amigos. Hachís, y coca, cuando era joven.
Hubo risas y murmullos en la clase. Y algún que otro compañero palideció como si hubiese visto al Diablo.
_ Hace ya mucho tiempo_ continuó y su tono serio nos hizo prestar atención_ Nunca quedé atrapado, fue una aventura. Pero nadie puede saber si quedará  o no atrapado.
Se hizo un silencio doloroso. Yo percibí su dolor y su tristeza, aunque entonces aún no conocía la historia de Guadalupe.
_ ¿Vosotros pensáis que vale la pena correr el riesgo de quedar atrapado?_ nos preguntó con una gran ternura cuando salió de sus reflexiones_ Es importante que conozcáis lo que eso significa. Depende de cada droga. Y nadie puede saber quién será  más fuerte, la droga o él. Ni siquiera un adulto, un hombre maduro en su cuerpo y en su mente. Un niño, un muchacho tiene todas las probabilidades de caer en la trampa.
Los que os inducen a consumirlas no merecen ninguna compasión.
 Las últimas palabras las pronunció con tanto coraje que nos asustó. Hasta los más atrevidos se removieron incómodos en sus pupitres.
Ese día empecé a sentir curiosidad por desvelar el secreto de Miguel. Ahora sé que ese secreto se llamaba Guadalupe. 


Los capítulos anteriores:


sábado, 11 de mayo de 2019

"El valle de los narcisos", capítulo 10

Oscar, David, Sofía, nuestros protagonistas, se enfrentan al mundo lleno de pasión, intriga y fantasía de la adolescencia. Un mundo en el que se refugian, inaccesible para los adultos
Capítulos anteriores:

10.
Durante unos momentos me quedé aturdido, mirando fijamente a aquel tipo, que me dirigía una sonrisa burlona y desafiante.
_ ¡Eh, tú! ¿Tú no eras amigo suyo? ¿No serás un maricón, eh?_ añadió soltando una carcajada.
Sentí como la sangre me subía hasta las mismísimas puntas de las orejas y un deseo enorme de echarme sobre él. Sé que de dos puñetazos lo hubiese tirado al suelo. Algo me retenía a pesar mío, los ojos aterrados de Oscar y su mano tirándome con fuerza de la manga. Y una mano que se apoyaba en mi hombro con un gesto de simpatía que me hizo estremecer. Era la mano de Sofía, que se había añadido al grupo.
                               
_ No eres legal, tío_ dijo con su tono desafiante_ Está  muerto ¿no? No puede defenderse de todos esos chismes, así que cierra ya tu boca de cotilla.
El tipo de la melena enmarañada se quedó mudo, rojo de rabia. Su auditorio agachó la cabeza avergonzado y se dispersó. Sofía seguía allí, mirándolo con descaro. Él se encogió de hombros fingiendo desprecio y dio media vuelta.
Por un momento nos quedamos solos en el patio. Había sonado el timbre que anunciaba el fin del recreo y todos se dirigían hacia las aulas. Ella me miraba con sus ojos llenos de inteligencia y simpatía. No sé lo que sentí entonces, sólo sé que era tan fuerte que temí caer redondo al suelo.
_ Esto no me gusta- dijo Sofía con su firmeza habitual, su voz me devolvió a la realidad.

lunes, 6 de mayo de 2019

"Espera, tío, que estos van en serio, te la juegas" El valle de los narcisos, capítulo 9.

Los anteriores capítulos:
https://doloresvendrell.blogspot.com/2019/04/el-valle-de-los-narcisos-capitulos-1-al.html
9.
Nunca podré olvidar el horror de la muerte de Miguel. Los periódicos dieron todos los detalles de aquel crimen: el cuerpo desnudo sobre la cama con la cara maquillada, las pintadas obscenas en las paredes. No parecía que faltase nada de valor, por lo que se descartaba el robo y todo apuntaba a un crimen pasional. Yo me sentía destrozado, pero sobre todo indignado. Me rebelaba contra la falta de pudor de los que relataban aquella muerte dando pie a todo tipo de conjeturas, como si se tratara de una profanación. Durante muchas noches me atormentaron mis pesadillas, veía sus huesos esparcidos, y su sombra ultrajada perseguida por los aullidos de los perros y los cazadores. El escorpión y la serpiente envenenaban su recuerdo. Los ojos azules de Miguel intentaban volar, transformarse en mariposa o pájaro, pero el pico cruel del cuervo los arrancaba y dejaba la noche en sus cuencas vacías. Me despertaba sobresaltado, gritando, y mi madre acudía asustada a mi habitación.
El martes no había acudido a su clase de griego, a primera hora de la mañana. Recuerdo que lo estuvimos esperando, nos extrañaba su falta de puntualidad, era algo raro en él. Habitualmente yo lo veía pasar desde mi ventana mientras terminaba de ordenar mi habitación. "Date prisa, vas a llegar tarde- me gritaba mi madre- mira, tu profesor de griego ya va hacia el Instituto". Yo salía corriendo y al llegar a la calle lo veía doblar la esquina del parque. Cuando entraba en el aula, lo encontraba sentado en su pupitre ordenando los libros y las citas clásicas que más tarde nos comentaría durante la clase. Aquel martes llovía y no me asomé a la ventana. Estiré un poco las sábanas y eché la colcha por encima. Metí mis libros y mis cuadernos en la mochila y me encaminé al Instituto. Los rezagados caminábamos deprisa, doblados bajo el peso de nuestros macutos y para protegernos de la lluvia menuda que había comenzado a caer desde la madrugada. Llegué a clase sofocado, sacudiéndome el barro de los zapatos y respiré aliviado al no encontrar a Miguel sentado en su pupitre. No se presentó en el Instituto en todo el día. Tengo que decir que nos alegramos de su ausencia: tuvimos la hora libre y nos dedicamos a charlar y algunos echaron una partida de cartas con las barajas clandestinas que siempre llevaba algún compañero por si se daba el caso de tener algún respiro.
Al día siguiente tampoco acudió a su trabajo. Algunos ya habían sacado la baraja cuando se presentó en el aula el Jefe de Estudios para ponernos alguna tarea. "¿Qué le pasa a Miguel?" le preguntó alguien. "Pues la verdad es que no sabemos" respondió con cierta extrañeza en su tono de voz. En aquel momento me sentí preocupado y decidí acercarme a su apartamento después de las clases.

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El apartamento de Miguel estaba a dos manzanas del nuestro, en un sencillo bloque de ladrillos rojos de ocho alturas. Las terrazas rompían la monotonía de la fachada con sus variopintos arreglos: algunas habían sido acristaladas para ganar espacio interior, en otras se habían instalado armarios y estanterías, donde se almacenaban los más diversos objetos; en algunas se habían acondicionado tendederos donde las sábanas y demás ropa ondeaba al viento. Las había coquetas y aseadas, que lucían macetas pintadas de verde, o de rojo, o de azul, donde los geranios y las gitanillas competían con otras especies populares. La terraza de Miguel era de estas últimas. "A Guadalupe le encantaban las flores", nos había explicado. Y en las tres jardineras junto a la barandilla y las seis macetas adosadas a la pared lucían todo tipo de flores: margaritas blancas y amarillas, claveles, pensamientos, petunias, dalias, lirios, que iban alternándose según las estaciones. Aquel miércoles pasé de largo delante de mi casa y continué hasta el portal de Miguel. Crucé a la acera de enfrente. No había nadie en la calle en ese momento. Desde allí podía observar la terraza y las dos ventanas que daban a la calle. Vi las manchas azules y blancas de las petunias, y la puerta que daba al salón desde la terraza. Estaba cerrada, y las persianas de las dos ventanas, bajadas. Me sentía paralizado, como si estuviese clavado en el suelo con la vista puesta en aquel segundo piso. Tenía una extraña opresión en el pecho. Alguien se acercaba calle abajo, me percaté cuando lo vi pasar debajo de la terraza de Miguel. Era un hombre joven, trajeado, con zapatos lustrosos que chirriaban al andar. Me miró de reojo y me hizo ser consciente de lo sospechosa que podría parecer mi actitud. Entonces decidí volver a casa, con la esperanza de encontrar a Miguel al día siguiente sentado en su pupitre. No fue así. A primera hora de la mañana, la radio dio la noticia, que se repitió a lo largo del día. Y los periódicos recogían lo ocurrido en las páginas de sucesos. El cadáver había sido descubierto a media tarde del miércoles por la asistenta que acudía dos veces por semana. En cuanto entró en el piso tuvo la sensación de que ocurría algo extraño: por las voces y música que se oían (era la televisión), y por un desagradable olor. Miguel llevaba muerto desde la tarde del lunes.
No se hablaba de otra cosa en el Instituto. La mayoría estábamos apenados por lo ocurrido, Miguel era un buen profesor, y todos sus alumnos lo apreciábamos. Pero no podíamos dejar de estar perplejos por los rumores sobre su muerte. Y alguien se estaba encargando de difundir y agrandar aquellos rumores. El mismo día que se tuvo noticias de su muerte, vi al tipo de la melena enmarañada rodeado de un grupo que lo escuchaba asombrado.
_ El muy maricón, con la excusa de ayudar a los más pequeños se los llevaba a su casa. Era un marica de mierda. Y además, está  el asunto de la droga. Se ha encontrado en su casa, en los cajones de su despacho.
Yo me había acercado movido por la curiosidad y al oír semejante mentira estuve a punto de saltar sobre aquel farsante. Alguien me detuvo: estaba tirándome de la manga con fuerza. "Espera, tío, que estos van en serio, te la juegas". Me volví con los puños apretados, rojo de rabia, dispuesto a sacudirme a aquel inoportuno. Pero la expresión del muchacho me dejó paralizado: era Oscar y nunca había visto tanto terror en unos ojos. "Luego hablamos, te espero esta tarde en el parque. Que no te vea nadie", añadió disimuladamente y desapareció antes de que yo pudiese darme cuenta.

Caminando hacia ese punto de encuentro, ese abrazo con todo, que se traduce en acciones llenas de comprensión y compasión.

Hago una pausa durante un tiempo, para internarme en ese camino en búsqueda de respuestas.  "...somos conscientes de nuestra ...