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lunes, 11 de enero de 2016

Cuanto más oscura sea la caverna, más debemos velar para que no se apague el fuego.

Cuanto más oscura sea la caverna, más debemos velar para que no se apague el fuego. El fuego de la razón, el entendimiento y la concordia; de la compasión y la solidaridad, de la fraternidad universal y el respeto a la dignidad de todas las personas. Frente a la barbarie y los enfrentamientos viscerales, las bombas que se arrojan contra personas indefensas, o las que se prueban bajo tierra y cuya capacidad destructora se aplaude con orgullo; frente a la indiferencia ante tanto sufrimiento insoportable de tantos hombres y mujeres despojados de todo; frente a tantos –ismos enfrentados (¡españolismo, catalanismo!). Frente a ese lobo que despierta en las noches oscuras de la Historia, nuestro principal deber es velar porque no se apague el fuego.

Imagen: Miguel Gil

viernes, 12 de octubre de 2012

LOS EJERCITOS, EL FUEGO Y EL AGUA




Afortunadamente, no he sido testigo directo de ninguna guerra, pero sí, a través de los medios de comunicación, de otras innumerables y devastadoras que parecen no terminar nunca, principalmente en las zonas más empobrecidas del planeta.
No nos atacan los ejércitos enemigos, ni tampoco parecemos dispuestos a enfrentarnos unos contra otros en una contienda fraticida, por más que las calles se llenen de indignados y las autoridades ordenen una represión desproporcionada de los manifestantes, o que algunas voces susurren nostálgicas el papel del Ejercito para salvaguarda de la Patria. Lo que el pueblo quiere, hoy y siempre, es vivir, por más que haya quienes han hecho un negocio de la guerra.
Y sin embargo, paisajes desolados por las catástrofes, ruina, dolor y muerte no es algo ajeno a nuestra realidad. Hace poco fue el fuego, hoy es el agua. ¿Qué estamos haciendo ante esto? Como ya escribí en el momento en el que los incendios arrasaban nuestros bosques y nuestros campos y dejaban en la ruina a muchas personas que perdieron sus casas, sus tierras de cultivo y sus ganados, hoy ocurre lo mismo a causa de las inundaciones. Y otra vez más no cabe el fatalismo resignado, sino la autocrítica comprometida. La Naturaleza es digna de respeto, incluso de veneración. Pero debemos aspirar a que sea nuestra aliada, de hecho lo es. Sólo hay que poner todos nuestros medios, la ciencia y la técnica, para cuidarla y guiarla. Cuánta ruina se podría evitar cuidando nuestros bosques, limpiándolos y vigilándolos continuamente; y lo mismo ocurriría con nuestros ríos, nuestros cauces secos con memoria de torrentes, nuestras ramblas abandonadas y convertidas en escombreras y tantos y tantos diques cortando el paso del agua dormida; y el olvido de  las autoridades que permiten la construcción de viviendas en zonas inundables. Y cuántos puestos de trabajos de guardianes de nuestras tierras y nuestros ríos, y de investigadores para prevenir las catástrofes. Ejércitos para la vida, soldados que no empuñaran armas contra otros hombres sino que emplearan toda su fuerza para domar a una Naturaleza de la que vivimos. Industrias punteras, sí, pero a favor de los hombre. Trabajo no les faltaría. Lamentablemente, hoy por hoy los echamos en falta.


Hoy, 12 de octubre, día de los desfiles militares, hombres y mujeres de nuestra Patria sufren y lloran el desastre. Sentir con ellos, ese es el verdadero patriotismo.

Imagen: elmundo.es

Ser parte de la Utopía

Deseo agradecer a todas las personas que compartieron conmigo un momento muy especial, la presentación de mi breve ensayo "Punto de e...