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lunes, 24 de octubre de 2016

Corruptos y corruptibles.

Aparco por un momento los recuerdos de mi etapa en las aulas, para compartir algunas de las ideas que me rondan estos días.

Es la hora de ponerse a trabajar y a legislar para regenerar la vida política. Pienso que esta regeneración no será posible si no somos capaces de reconocer que todas las personas no son corruptas (sean del partido que sea) pero que todas son corruptibles (sean del partido que sea). El poder y la notoriedad que dan el ejercicio de la política son los mejores ingredientes para que se dé el paso entre corruptible y corrupto.
No se regenerará la política por la creación de un nuevo partido, porque (sea el que sea)  lo componen personas, y la historia nos demuestra machacona que hasta los que se presentan como los más puros acaban atrapados por el ansia de poder, riqueza y gloria.
Hay que empezar, y con urgencia, una regeneración ética. Para ello hay que legislar y crear códigos éticos y reglamentos exigentes, no solo en los preludios y declaraciones de intenciones,  sino en la letra pequeña: es ahí donde poco a poco se va deslizando hacia la corrupción. Se empieza por lo pequeño, se acaba con los fraudes de los que estamos siendo testigo estos días. Se habla mucho de asaltar los cielos, de condenar a los corruptos, de quitar a unos para dárselo a los otros, pero se habla poco de crear la vacuna, los diques, que contengan e impidan que el corrupto que todas llevamos dentro gane la partida. No muchos salen sanos y salvos de este trance, afortunadamente los hay, y aquí no puedo dejar de mencionar a una persona que admiro no por lo que dice, sino por lo que hace: José Múgica, expresidente de Uruguay, un ejemplo de paso por la política honestamente.
Otro aspecto preocupante es la transición a una democracia participativa. Se habla mucho de dar la palabra al pueblo, y aquí se vuelve a olvidar que el pueblo no es un ente abstracto, sino un conjunto de personas capaces de todo lo bueno pero también de todo lo malo. Un pueblo que ha sido educado en y para un determinado sistema competitivo e insolidario. Por otra parte, las personas, la sociedad civil, los trabajadores, tienen sus propias tareas con las que contribuyen al bien común de la sociedad, y su participación en la vida política no puede ser ilimitada.

Pienso que la democracia participativa debe empezar por la exigencia de transparencia total por parte de la clase política (desde ingresos, salarios, agendas de trabajo, nombramientos de cargos de confianza...) Los ciudadanos deben saber lo que hacen los políticos, pero es obvio que los ciudadanos no pueden hacerlo todo: cada persona su tarea. Empecemos por informar con transparencia, en crear espacios de participación eficaces y organizados, y hagamos cada una la tarea que nos corresponde.

sábado, 25 de julio de 2015

¿La hora de la gente? (2)

El 15 M nos hizo soñar que había llegado la hora de la gente. Pero aún queda un largo camino. Aún debe adelgazar la clase política, adelgazar hasta quedar reducida al mínimo necesario para servir a la gente, no para servir de refugio a individuos y grupos de oportunistas. En las páginas de cualquier periódico, cualquier día, los podemos encontrar: hoy Granados, Marjaliza...y mañana, y ayer.
Ellos siguen siendo los protagonistas,  héroes o villanos, pero los amos, los dueños, ellos y los que los manejan y les susurran consignas según sus intereses.
Debe adelgazar esa clase política, el número de sus componentes, su poder, su protagonismo en los medios. Porque el protagonista es la gente, el panadero, el pescador, el agricultor, el enfermero, la doctora, el maestro, el maquinista, el mecánico, los artesanos y los obreros, las personas que se ocupan de las tareas del hogar, de los ancianos y los niños; y los músicos, los artistas, los escritores, las personas que nos hacen soñar, emocionarnos y reír... Sin toda esa gente, sin la gente, el mundo se pararía en seco, los discursos y los mítines, los aparatos de los partidos, se desmoronarían como castillos de arena.
Si por un momento la clase política dejase de mirarse el ombligo, mirase a la gente y se sintiese gente que por un tiempo limitado ( muy, muy limitado, que el poder corrompe y hace perder la perspectiva) decide dedicarse al bien común, el mundo cambiaría. Es la única esperanza que nos queda, la única que nos puede hacer dar el paso y decirnos: "Bueno, pues voy a intentarlo, me voy a dedicar a la política, pero solo por un tiempo, que me conozco"

Imagen: cloudfront.net

Ser parte de la Utopía

Deseo agradecer a todas las personas que compartieron conmigo un momento muy especial, la presentación de mi breve ensayo "Punto de e...