Se podría pensar que la ambición de riqueza, poder y gloria es necesaria y que si nos limitamos a realizar acciones ocultas e insignificantes, renunciando a aquellas otras de mayor visibilidad que son las que hacen que el mundo gire en uno u otro sentido, estas tareas serían asumidas por individuos ambiciosos. Esto no es cierto: la persona libre se entregará con fervor a orar en silencio o a tejer una túnica o fabricar una mesa de madera; pero con el mismo fervor será capaz de guiar a multitudes y de luchar por la justicia hasta dar su propia vida por los demás. Pienso en Jesús, o en Gandhi. No carecen de ambición, ambicionan los auténticos bienes. Por eso no tienen miedo a las críticas o el rechazo y no acomodan su actuar a los propios beneficios ni a los aplausos; no se corrompen por sobornos, y no hay precio para comprarlos porque lo que ambicionan no se obtiene con dinero. No se desaniman ni desesperan, porque saben que la fuerza que todo lo transforma está más allá de ellos mismos y es mayor que la de todos sus enemigos. Hombres que sigan esos ejemplos son los que podrán cambiar el mundo, porque el mundo no podrá cambiarlos a ellos.
miércoles, 25 de mayo de 2011
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