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miércoles, 26 de agosto de 2015

Solo hay personas


No existen islas. No existen clases, no existen castas. Existen personas que luchan por sobrevivir en un sistema dotado cada día de más interrelaciones y por cuyos recursos, aun siendo suficientes para la supervivencia de todas y cada una de ellas, se compite en vez de compartirse.
La competencia es feroz y cruel, el que más fuerza tiene gana y acumula bienes más allá de sus necesidades y aplasta al débil sin piedad, construye vallas, de alambres de espino u otras invisibles pero no menos segregacionistas; y los más débiles se desesperan y se dejan morir, o se rebelan y dejan su piel en las fronteras. No existen islas, no existen clases ni castas, solo personas ante las que se abren dos opciones: optar por competir hasta la muerte, abandonando toda dignidad humana, o reconocerse como seres sociales, capaces de compadecerse, de compartir, de renunciar a tantas cosas innecesarias para que a nadie le falte lo imprescindible, de asumir el compromiso de colaborar y aportar lo mejor de cada una al Bien Común. Recursos, los hay. Solo nos falta recuperar lo mejor de la naturaleza humana. Y para ello, hay que unirse, más allá de los    –ismos, de todas las señas de identidad de grupos (religión, ideología, partidos), para reconocernos personas.
Como respondió el pequeño a la pregunta “¿hay extranjeros en tu clase?”: “solo hay niños”

Somos personas.

imagen: elpropio.com

viernes, 7 de agosto de 2015

Clases y castas, o la riqueza de la diversidad

La mente humana es diseccionadora y desintegradora, va parcelando la sociedad, y enfrentando cada parcela a la vecina: enfrentamientos por diferencias en la concepción del mundo, por el sexo, por la raza o la nacionalidad, por la lengua, por la clase social, por la casta. El error no está en esta disección sino en que debería ir más lejos para descubrir la verdadera esencia de la sociedad: cada individuo, único e irrepetible, sea hombre o mujer, sea cual sea su religión, su raza, su nacionalidad, su lengua, su clase social, su casta. Para regenerar el sistema social hay que desmontar este parcelamiento, y desmontarlo no para concebir la sociedad como un bloque granítico unitario sino más bien para profundizar hasta llegar a la maravilla de la unicidad de cada persona y la inconmensurable riqueza de la diversidad.

La dignidad y la grandeza de una persona no depende de que sea obrero o empresario, intelectual o trabajador manual: depende de que desarrolle su capacidad sin menosprecio de la capacidad del otro, que se realice como persona en su actividad y que contribuya al bien común, y esto es aplicable para todas las personas. No hay que menospreciar ninguna capacidad, al contrario, hay que estimularla premiando el esfuerzo, el trabajo y la valía; ni hay que sustraer al bien común la capacidad de cada persona pueda aportar.

Todas las personas somos diferentes, todas somos necesarias, los empresarios y los obreros, los intelectuales y los artesanos. Cada vez que excluimos a alguien porque no es de “los nuestros” perdemos todas.

Ser parte de la Utopía

Deseo agradecer a todas las personas que compartieron conmigo un momento muy especial, la presentación de mi breve ensayo "Punto de e...