sábado, 30 de enero de 2016

Confianza, prudencia y ternura.

Somos lo que cada una una es y lo que cada una deviene en su relación con las demás personas.
El cómo establezcamos estas relaciones tiene una enorme importancia pues condicionará lo que seamos y lo que sea el pequeño universo que nos corresponde, esta célula que es parte de otras en círculos cada vez más amplios hasta el infinito. Todo está interrelacionado.
La confianza es uno de los pilares de estas relaciones. La confianza cerraba tratos económicos no hace muco tiempo, bastaba un apretón de manos para sellar un contrato. Pero esta confianza se ha perdido como valor económico y también como valor social  e incluso personal. La confianza ha dado paso al engaño y al abuso. En este momento, la situación política de nuestro país, donde emergen escándalos de corrupción a cada minuto, es de desconfianza y decepción, y no solo hacia las clases dirigentes. Por desgracia, este sentimiento se contagia hasta impregnar todas las relaciones.
Hay que recuperar la confianza y generarla.


La confianza auténtica no tiene nada que ver con la ingenuidad o la imprudencia. La auténtica y sólida confianza tiene que ser lúcida e ir acompañada del conocimiento de la naturaleza humana. Las personas, todas las personas, somos capaces de engaño. Todas buscamos nuestro propio interés, y esto es algo básico y natural. El error está en buscar el propio interés en contra del interés de las demás, es esto lo que pervierte la relación. La relación echa raíces y da buenos frutos cuando hay colaboración y el bien común de las partes es el bien da cada una de ellas, y cuando el engaño da paso a la franqueza. Las palabras calladas pervierten la confianza.
Cuando confiamos en las demás, nos hacemos dignas de confianza e incitamos a las otras personas a ser a su vez dignas de confianza. Con frecuencia las personas devienen aquello que se espera de ellas.
Como broche de oro de toda relación está la ternura, otra palabra incomprendida pues se identifica con debilidad. La ternura es una gran fuerza que nace de las entrañas y se trasparenta en la mirada, en la sonrisa y en la mano tendida. La ternura nos empuja a reconocernos en las demás, a reconocernos frágiles pero capaces de crecer gracias a unas relaciones impregnadas de lúcida confianza y aprecio. Somos lo que somos, y crecemos en relación con las demás. O nos destrozamos y marchitamos. Es la opción de cada una.

Imagen. forwallpaper.com



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