domingo, 30 de octubre de 2016

El muchacho estaba arrodillado junto al agua, absorto, contemplando la bella imagen que le devolvía la adoración enamorada.

Continúo compartiendo con vosotros un nuevo capítulo de mi novela corta "El valle de los narcisos"
Podéis encontrar todo lo que he compartido hasta ahora en el siguiente enlace:

          Hacía varios meses ya que había empezado con mis anónimos, no sé cómo se me ocurrió. Porque en realidad eso es lo que eran mis tarjetas, un desahogo cobarde. Fue después de la asamblea de alumnos.
            El representante del Sindicato de Estudiantes nos había convocado a los delegados de curso para informarnos sobre la convocatoria de una huelga. A mí me habían elegido mis compañeros aunque mi perfil no se ajustaba demasiado al de un delegado. Yo era el típico empollón, con todos los atributos correspondientes, incluidas las gafas. Por el contrario, la mayoría de los delegados de los otros cursos cumplían perfectamente los requisitos. La verdad es que estaba un poco perdido en medio de ellos; sentí vergüenza por mi jersey gris (llevaba con él por lo menos tres cursos, a veces pensaba que crecía conmigo; pero conocía muy bien la situación en casa y no se me hubiese ocurrido ir con exigencias a mi madre).
             El compañero que nos estaba informando era alto y desgarbado. Sonreía mientras hablaba, aunque lo que decía no tenía ninguna gracia. Supongo que era una sonrisa de satisfacción (algo así como sí se estuviese diciendo: ¡Hay que ver lo bien que hablo!) No es que yo no estuviese de acuerdo con lo que decía, en muchas cosas creo que tenía razón. Pero había algo en su tono y en su sonrisa que me sonaba a falso.
Estaba yo perdido en estas reflexiones cuando alguien pidió la palabra detrás de mí, apoyándose en mi hombro para empinarse. Era Sofía. La sonrisa del orador se hizo más amplia mientras la invitaba a subir al escenario. Hubo un murmullo de admiración en la asamblea. "Está  buena, la tía" dijo alguien a mi lado, y yo enrojecí hasta las orejas (por fortuna, en las últimas semanas esto ya no me ocurre, ni siquiera cuando Sofía se me queda mirando con sus ojos llenos de chispas verdes y doradas).

lunes, 24 de octubre de 2016

Corruptos y corruptibles.

Aparco por un momento los recuerdos de mi etapa en las aulas, para compartir algunas de las ideas que me rondan estos días.

Es la hora de ponerse a trabajar y a legislar para regenerar la vida política. Pienso que esta regeneración no será posible si no somos capaces de reconocer que todas las personas no son corruptas (sean del partido que sea) pero que todas son corruptibles (sean del partido que sea). El poder y la notoriedad que dan el ejercicio de la política son los mejores ingredientes para que se dé el paso entre corruptible y corrupto.
No se regenerará la política por la creación de un nuevo partido, porque (sea el que sea)  lo componen personas, y la historia nos demuestra machacona que hasta los que se presentan como los más puros acaban atrapados por el ansia de poder, riqueza y gloria.
Hay que empezar, y con urgencia, una regeneración ética. Para ello hay que legislar y crear códigos éticos y reglamentos exigentes, no solo en los preludios y declaraciones de intenciones,  sino en la letra pequeña: es ahí donde poco a poco se va deslizando hacia la corrupción. Se empieza por lo pequeño, se acaba con los fraudes de los que estamos siendo testigo estos días. Se habla mucho de asaltar los cielos, de condenar a los corruptos, de quitar a unos para dárselo a los otros, pero se habla poco de crear la vacuna, los diques, que contengan e impidan que el corrupto que todas llevamos dentro gane la partida. No muchos salen sanos y salvos de este trance, afortunadamente los hay, y aquí no puedo dejar de mencionar a una persona que admiro no por lo que dice, sino por lo que hace: José Múgica, expresidente de Uruguay, un ejemplo de paso por la política honestamente.
Otro aspecto preocupante es la transición a una democracia participativa. Se habla mucho de dar la palabra al pueblo, y aquí se vuelve a olvidar que el pueblo no es un ente abstracto, sino un conjunto de personas capaces de todo lo bueno pero también de todo lo malo. Un pueblo que ha sido educado en y para un determinado sistema competitivo e insolidario. Por otra parte, las personas, la sociedad civil, los trabajadores, tienen sus propias tareas con las que contribuyen al bien común de la sociedad, y su participación en la vida política no puede ser ilimitada.

Pienso que la democracia participativa debe empezar por la exigencia de transparencia total por parte de la clase política (desde ingresos, salarios, agendas de trabajo, nombramientos de cargos de confianza...) Los ciudadanos deben saber lo que hacen los políticos, pero es obvio que los ciudadanos no pueden hacerlo todo: cada persona su tarea. Empecemos por informar con transparencia, en crear espacios de participación eficaces y organizados, y hagamos cada una la tarea que nos corresponde.

sábado, 22 de octubre de 2016

Comparto alguna página más de mi novela "El valle de los narcisos", añadiendo al final todo lo compartido hasta ahora. Una historia de adolescentes, como tantos de los que he conocido en mis años en las aulas; una historia donde la realidad y la fantasía se entrelazan.
Agradezco a la vida haber podido dedicar todos esos años a la educación.

"El valle de los narcisos" (continuación.)
      Por un momento me olvidé del peligro que corríamos y tuve la sensación de haber sido transportado al santuario de una pequeña diosa con los cabellos de fuego y el rostro blanco como el mármol. Hubiese deseado permanecer así, adivinando en el brillo verdoso y dorado de sus ojos lo que ella sentía. Alargué la mano y acaricié su cabello y su cara. Sofía sonrió y yo sentí como se aceleraban mis latidos.
            _¿Qué vamos a hacer?_ dijo haciéndome volver a la realidad mientras cogía un resto de pizza de un plato y empezaba a mordisquearlo.
          _Sobre todo, que nadie sospeche lo que sabemos. Al menos hasta que averigüemos con seguridad en quién podemos confiar_ le respondí no sin cierta sensación de frustración por el brusco desvanecimiento de mi espejismo_ Habrá  que pensar cómo hacerlo. No quisiera que corrieses peligro, no deben relacionarte conmigo. Aunque quizás nos hayan estado espiando y sepan que Óscar estuvo escondido en tu casa los últimos días.
            Sofía suspiró resignada y sacudió la ceniza de su cigarrillo. Uno de los libros amontonados en el sillón cayó al suelo y de sus páginas escapó una tarjeta: un narciso de brillantes hojas color azafrán pintado a acuarela sobre una cartulina color crema. Ella se inclinó y la recogió. Yo no pude evitar sonrojarme al ver como se quedaba contemplándola con una expresión ausente.
            _¿Qué te ocurre?_ preguntó extrañada al levantar la vista y ver mi aturdimiento_ Te has puesto rojo como un tomate.
            Su mirada fue del dibujo del narciso a mi cara, una y otra vez. Luego se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, como si le costase un enorme esfuerzo admitir lo que estaba pensando.
            _¿Eras tú, no?_ dijo al fin mostrándome la tarjeta.
            Yo asentí y bajé la cabeza avergonzado. No encontraba palabras para disculparme.
            _Todos estos meses_ continuó ella_ Llegué a tener miedo. ¿Qué significa esto?
            _ No sé si podrás perdonarme, tú no te lo mereces.
            _¿Merecer el qué? ¿ O es que se trata de un insulto?
            _ Una crítica más bien.
            _¡Vaya! Sabía que había un lenguaje de las flores, pero nunca hubiese pensado que este bonito lirio era un reproche. Creí que era el regalo de un admirador.
            Me sonreía con los ojos llenos de pequeñas centellas doradas, y yo sentí que me ardían hasta las orejas.
            _ Y lo era_ murmuré sin atreverme a mirarla.
         _ Otro día me cuentas la historia de este lirio_ añadió  mientras colocaba la tarjeta sobre un aparador antiguo- Este mueble era de mi abuela.
            Me sentí avergonzado al ver con qué cuidado había puesto mi dibujo en el lugar de honor del comedor ( se notaba cuánto lo respetaba, era el único sitio perfectamente en orden, con una pulcritud que contrastaba con el resto de la habitación). Me sonrió agradecida al sentarse de nuevo junto a mí, y eso me hizo sentirme aún peor.
            _ Mis padres volverán mañana. No tenemos mucho tiempo.
         Asentí y me quedé con la vista fija en el desorden de la mesa y los sillones, en los platos sucios y en los envases vacíos. Y en la cara preocupada de Sofía. La sombra de una amenaza parecía flotar en torno a nosotros, y el recuerdo doloroso de la muerte de Oscar volvió a hacerme sentir una punzada en el estómago, y reviví la angustia aún no olvidada de aquella otra muerte: la de Miguel, nuestro profesor, y la indignación por todas las murmuraciones sobre su vida que alguien se encargó de difundir.
           Sofía tenía razón, no había tiempo que perder. Así que lanzando una mirada de reojo al narciso de mi tarjeta, hice un esfuerzo por dominar mis sentimientos y centrar toda mi atención en el peligro que corríamos.


"El valle de los narcisos" fue finalista en el XLVII certamen literario Ateneo Ciudad de Valladolid.

jueves, 20 de octubre de 2016

El valle de los narcisos, retomamos la historia

Vuelvo de nuevo a mi blog para compartir las páginas de mi novela "El valle de los narcisos". Añado lo publicado hasta ahora, por si alguna persona lo lee por primera vez.
En recuerdo de todos los chicos y chicas con los que trabajé tantos años.
                                                           -3-
            Todos comentaban la detención del padre de Oscar, y a nadie le cabía la menor duda de que él era el culpable de aquel crimen. Sin embargo, yo estaba casi seguro de que aquel desgraciado era inocente. Al menos inocente de la muerte de Oscar, no del infierno en el que vivió el muchacho desde que él comenzó a vivir con la madre.
            Yo presentía quiénes podían ser los auténticos artífices del crimen, y ese presentimiento me hacía sentirme amenazado. Sabía demasiado, y eso era lo que ponía mi vida en peligro. Hasta entonces había conseguido disimular, y por el momento debía seguir haciéndolo hasta lograr las pruebas necesarias. Debía callar. Sólo había una persona con la que podía compartir mis sospechas y mi miedo: Sofía.
            La víspera, cuando descubrieron el cadáver de Oscar, apenas hablamos. Sólamente nos abrazamos en silencio.
            -¿Qué vamos a hacer?- me susurró ella.
            - No sé. Debemos tener mucho cuidado y aparentar que no sabemos nada. Me saltaré la última clase y te esperaré en tu portal, si logro que no me sigan. Tú procura despistar al Antonio- había improvisado un plan y se lo susurré al oído.
            Nos separamos, yo me acerqué a mis compañeros mientras Sofía se dirigía a su clase.
           
            Cuando Sofía llegó a su casa, yo llevaba una hora esperándola. Le temblaba la mano que sostenía el cigarrillo.
            - Entra- me dijo, empinándose un poco para besarme- La casa está  hecha un asco, tendré que darme una paliza para ponerlo todo en orden antes de que vuelvan mis padres del pueblo. Pasa y siéntate donde quieras.
            La mesa del salón estaba cubierta con envases vacíos de Coca-Cola y alguna cerveza, junto a platos con restos de patatas fritas y pizza, y un cenicero repleto de colillas. Tuve la sensación de que el humo de los cigarrillos flotaba en el aire coloreándolo todo de gris. Sobre el sofá  y los sillones estaban esparcidos algunos libros y revistas, un pantalón vaquero y dos camisas. Sofía lo amontonó todo en uno de los sillones. Me senté en el sofá  y ella se encaramó a mi lado cruzando las piernas como un pequeño buda.

sábado, 1 de octubre de 2016

Cada existencia es única y maravillosa, como el tesoro escondido que hay que agradecer y gozar cada amanecer.



He aquí el tesoro que quisiera encontrar: el secreto de la serenidad y la felicidad. No podemos alcanzarlo si vivimos con el miedo de perder lo que tenemos, o con el deseo de tener lo que aún no poseemos. Todo es efímero, todo es limitado e incompleto en nuestras vidas. Pero cada existencia es única y maravillosa, como el tesoro escondido que hay que agradecer y gozar cada amanecer como el más hermoso de nuestra vida. Existe el sufrimiento y el dolor, existe una maldad que apenas es comprensible, pero cada uno es dueño de elegir vivir en paz, lo cual no significa pereza o abandono; descubrir que la existencia es un regalo y un deber compartirla y hacerla florecer; no enterrar los talentos, cultivar en la tierra de nuestra vida y nuestro tiempo limitado el don de nuestro ser. En definitiva, elegir ser feliz.


Caminando hacia ese punto de encuentro, ese abrazo con todo, que se traduce en acciones llenas de comprensión y compasión.

Hago una pausa durante un tiempo, para internarme en ese camino en búsqueda de respuestas.  "...somos conscientes de nuestra ...