Aylan también es nuestro hijo.
El pequeño Aylan y su hermano Galip, y otros niños y niñas cuyos nombres no conocemos. Son nuestros hijos, nuestras hijas. Los hijos de los hombres y mujeres de este insignificante planeta que ha perdido el alma.
Recuerdo la historia lejana, de aquel Faraón poderoso que se resistía a librar a sus esclavos hebreos. Cuenta la historia que su país fue azotado por siete plagas. Y finalmente fue su propio hijo el que fue alcanzado por la maldición.
Antes de que sea demasiado tarde y toda la tierra se convierta en un desolador campo de refugiados que huyen de las guerras, el hambre y las catástrofes naturales, hacinados entre alambradas a las puertas del reducto cada vez más exiguo de los opulentos. Antes de que sea demasiado tarde, es el momento de llorar por nuestros hijos muertos y de ponernos manos a la obra con generosidad, valentía y lucidez por hacer habitable el infierno.
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