lunes, 8 de julio de 2019

Caminando hacia ese punto de encuentro, ese abrazo con todo, que se traduce en acciones llenas de comprensión y compasión.


Hago una pausa durante un tiempo, para internarme en ese camino en búsqueda de respuestas. 


"...somos conscientes de nuestra profunda ignorancia, y de nuestra inmensa necesidad de encontrar un sentido al dolor y a la muerte que nos ayude a vencer el miedo, la rabia y la desesperación. Creamos metáforas, sueños, palabras, mitos, y la rabia y la desesperación se abren cauces hacia la acción compasiva por los que sufren, se sobrepasan los límites de lo individual, del ego, se cobra conciencia de que somos infinitos diversos y al mismo tiempo Uno. Desde nuestra opción mental, desde lo que creemos, nace la motivación para actuar en consecuencia. Creemos y creamos.
De algún modo sentí que el infinito círculo del amor atraía hacia su núcleo la vida de Daniel; que toda nuestra efímera existencia se transformaba en un impulso vital hacia ese punto de encuentro, la casa común, hacia ese abrazo con todo, que se traduce en acciones llenas de comprensión y compasión por todo lo que existe.
No se trata de una certeza, se trata de un acto decidido de voluntad, una opción positiva, aun en medio de la oscuridad. Elijo ser feliz, aceptando vivir en armonía con lo que descubro en mi conciencia: consciente finalmente de mi profunda ignorancia, decido dejarme arrastrar por ese impulso vital que me empuja y levanta a través de la oscuridad hacia el punto de encuentro, más allá de los mitos y los sueños". (Punto de encuentro, más allá de los mitos, epílogo. Editorial Manuscritos)




lunes, 17 de junio de 2019

Un capítulo más de "El valle de los narcisos"


Este es el escenario donde sitúo la acción de mi novela, los espacios y recuerdos de mis alumnos y alumnas con los que he construido la ficción de mi relato.



14.
_A Miguel se lo han cargado, pero no por la trolas que cuentan. Yo sé quién ha sido.
No pude menos que dar un respingo y volver la cabeza hacia el seto.
_¡No mires para acá, tío! Esos pueden estar vigilándonos.

Volví a quedarme rígido, tragué saliva e intenté concentrar mi atención en las palabras de Oscar.
_ Esto está  muy chungo, tío. Esos tipos se las saben todas. Miguel se empeñó en plantarles cara, yo ya le dije que se la jugaba, pero no me hizo caso. Y ya ves. Él lo hizo por mí.
Se calló un momento. Agucé el oído y creí percibir el torbellino de miedo, rabia y ternura que lo sacudía. Lo oí removerse y sorber el llanto.
_¡ El cabrón del Picao me metió en esto!_ parecía masticar las palabras.
_ ¿El Picao?_ pregunté con disimulo sin volver la cabeza.
_ El tío que vimos en el parque ¿no te acuerdas?
Recordé al tipo que me había señalado hacía varias semanas, el compañero de su madre.
_ El muy cabrón es un chulo, me ha chuleado a mí y a mi vieja. Él me metió en esto, nunca tiene bastante.
Por un momento la voz de Oscar recuperó su tono bronco y provocativo.
_Yo nunca me he picado, ¿eh, tío? Unas rayitas, o unos porritos, eso es otra cosa_ añadió con una risita nerviosa_ El Picao me metió en esto, se la jugó a mi vieja. A ella lo que le va es la botella, pero no quería verme a mí metido en líos de droga. Oscar, tú la droga ni la huelas, eso me dijo mi vieja, y luego me contó no sé qué historia de mi padre, no el Picao, el de verdad, yo no me acuerdo de él. El Picao me la hizo probar, mi madre chillaba como una loca, y él le dio una paliza mientras yo me metía unas rayitas. Mola ¿sabes? Mi vieja dejó de chillar, agarró la botella y se tumbó en la cama. Yo me eché a su lado. Si quieres más, tendrás que ganarlo, chaval, me dijo el Picao tirándome de las orejas. Se me da bien el trapicheo ¿sabes? Pero él nunca tiene bastante. Miguel la cagó, tío. Yo ya se lo dije, pero él se empeñó en que debía dejar toda esa mierda.
_ Lo sé.
_ Y tú también querías que lo dejase, tío, como si fuese fácil_ ahora su voz sonaba como la de un viejo.
Que Oscar era un camello, eso se sabía en el Instituto. Al menos entre los alumnos.
Tenía una buena clientela, no muy numerosa, pero asidua.
_ El chaval es un camello.
_Tío, no te metas.
A veces se oían este tipo de conversaciones en los pasillos, pero había una especie de pacto de silencio, no sé si por indiferencia o por temor. Por no parecer un chivato, o un pringao, un ignorante. 
Oscar fue descubierto en una ocasión. Ocurrió en el segundo Trimestre. Distribuía su mercancía en un callejón a dos manzanas del Instituto. El destino quiso que Doña Rosa decidiera aquel martes ( recuerdo que era martes) atajar por aquel callejón. Tenía prisa y venció su aprensión a aquel lugar maloliente y oscuro por ganar unos minutos.
A Doña Rosa le faltaba un año para jubilarse. Era alta y flaca, siempre llevaba el pelo teñido de un negro intenso y los labios pintados de rojo. Tenía una ceja más alta que la otra y un bigotillo que no conseguía disimular. La Sargento, la llamábamos nosotros. "La
Sargento", dijeron a una Roberto, José, Pablo, Pili y Oscar cuando la vieron aparecer. La Sargento se cuadró, contaban después, no se sabe si al grito militar, o por el pasmo que le produjo lo que vio. Pero el caso es que su carácter fuerte y agrio pudo más que su estupor, y todos salieron en estampida mientras oían su voz chillona amenazándoles con poco menos que con el infierno.
Al día siguiente estalló el escándalo, y las consiguientes reuniones de profesores, de padres, de la Dirección del Centro; de delegados de cursos, de representantes de alumnos; de Servicios Sociales y del Concejal de Educación del Ayuntamiento. Oscar fue denunciado, convocado, amonestado. Fue examinado por el Gabinete
Psicopedagógico; la Asistenta Social a su vez presentó un estudio sobre su medio social y familiar. Pero en definitiva no había pruebas contra Oscar, pues todos los compañeros negaron que se tratase de tráfico de drogas, se estaban fumando unos cigarrillos, dijeron. ¿Qué podía valer el testimonio de Doña Rosa, que no era capaz de distinguir el olor del tabaco y el de los porros? Además, no llevaba sus gafas. 
La madre de Oscar había sido convocada.
_ Mi vieja sí que lo intentó, tío. No olía ni un poco a vino, ni tenía los ojos rojos cuando vino a hablar con el Director y la Asistenta Social_ susurró Oscar desde su escondite, parecía que hubiese estado escuchando mis pensamientos.
Yo la había visto de espalda en el vestíbulo del Instituto. Me fijé en sus piernas, en las corvas blancas ribeteadas de venas violetas, en sus caderas anchas, y en los pliegues bajo las paletillas que el suéter ajustado acentuaba. Tenía el pelo lacio, peinado con la raya en medio. Oscar estaba a su lado. No paraba quieto, daba patadas a la pared o se dedicaba a dar vueltas alrededor de su madre. No se alejaba de ella y clavaba en su cara los ojos muy abiertos.
La hicieron pasar al despacho del Director, a Oscar le dijeron que esperase fuera. Lo vi salir al recreo: estaba hablando solo mientras golpeaba con una vara el seto del patio.
_ ¿Qué pasa, tío?_ le pregunté en un tono que intentaba ser tranquilizador.
_ Ahí están, con mi vieja. Quieren llevarme a un piso de acogida.
Hizo un gesto obsceno y gritó una blasfemia. Un grupo de muchachos de Primero, que lo observaba desde lejos, echó a correr.
_ ¡ Gilipollas de mierda!¨_ gritó Oscar sacudiendo su vara en el aire.
Al fin conseguí calmarlo, justo a tiempo para volver al despacho del Director cuando terminó la entrevista con la madre.
Oscar volvió con ella. Era la última oportunidad que le daban. Y a condición de cumplir estrictamente una serie de compromisos que la madre juró observar aunque le costase
la vida.
Los estuve espiando desde la ventana de mi clase mientras se despedían a la puerta del Instituto. No se besaron, ni se abrazaron. Ni siquiera se sonrieron ( como si todo esto fuera un lujo que les estuviera vedado). Sólo se miraron, y aunque de lejos no distinguía bien la expresión de sus ojos, me imaginé la mezcla de alegría y desesperación que habría en ellos. La madre se alejó, y Oscar entró en el Instituto blandiendo su vara. El Conserje le ordenó que la dejara en el patio antes de entrar.


sábado, 15 de junio de 2019

Cuando lo extraescolar es el alma de la educación.

El martes pasado, 11 de junio, tuve el privilegio una vez más de disfrutar de lo que significa educar. Educar ha sido y es una pasión en mi vida: mirar con aprecio al otro, al niño y la niña, al más joven, descubrir todo su potencial y hacerlo aflorar. He tenido la inmensa suerte de coincidir con personas que comparten la misma pasión. 



Hoy quiero dedicar estas líneas a esas personas, en especial a María y Francis, que año tras año dedican su tiempo todos los viernes terminadas las clases  a un taller de teatro con alumnos y alumnas que voluntariamente deciden participar en esta actividad. Tuve la suerte de participar en ese taller, recuerdo la última obra en la que tuve el papel de la abuela de la familia antes de jubilarme. En el IES Josefina Aldecoa, en Alcorcón.
El trabajo de muchos viernes, el resultado de risas y enfados, de sueños y mucho esfuerzo de María y Francis con alguna ayuda extra de alguna antigua alumna como Bárbara: todo ello se transformó sobre el escenario en un grupo de chicos y chicas que nos contaban el cuento de sus vidas, que se transformaban en príncipes y princesas, en enanos y brujas, todos en un equipo orgulloso de su trabajo. En el salón de actos del IES Josefina Aldecoa, en Alcorcón, donde el corazón apuesta todos los viernes por la verdadera educación: hacer aflorar lo mejor de la gente joven.

martes, 11 de junio de 2019

¿Crueldad o empatía? Hacia dónde evoluciona nuestra especie

Ante los últimos acontecimientos en la política nacional e internacional, no dejo de hacerme la pregunta.
D.Trump consigue que Méjico bajo la amenaza de la subida de aranceles cierre el paso a los inmigrantes que vienen desde Guatemala. Muchos mejicanos se sentirán aliviados.
Y más cerca, en Madrid: tres partidos de la derecha que juntos suman mayoría de votos ( no hay que olvidarlo: representan el sentir de una mayoría) se alían y señalan posibles acuerdos y coincidencias: revertir Madrid Central, una medida que reduce la contaminación; disminuir los impuestos, ese medio para la redistribución de la riqueza; terminar con el problema de los "manteros"; combatir la okupación. Probablemente estas medidas sean celebradas por sus votantes.

Los problemas existen, son graves y de difícil solución: las guerras comerciales, las migraciones de millones de personas, el cambio climático y un muy posible colapso en un futuro no lejano, la desigualdad creciente. Y ante estos problemas podemos entender el motivo que mueve a las personas a las decisiones que he señalado. Pero entender los motivos no significa aceptarlos. Porque hay otras soluciones, tenemos que luchar por encontrarlas, poner en ello todas nuestras capacidades humanas.
Porque estos motivos nacen de la ceguera que nos hace pensar que salvando nuestra casa hoy estamos salvados, aunque fuera o después solo quede el sufrimiento y la muerte. Hoy les toca a ellos, los otros, quién nos dice que mañana no nos toque a nosotras. Y entre tanto habremos perdido lo que nos hace humanos, el rasgo más noble de nuestra naturaleza evolucionada: la razón y la compasión. La bondad.

Veo un vídeo en el que un hombre trajeado patea a un indigente que duerme acurrucado en un callejón. Violan a una niña de cuatro años. Matan a mujeres. Las maestras de un Centro escolar se burlan de una niña con autismo. Las trabajadoras de una residencia de mayores vejan a unos ancianos indefensos. En la vida cotidiana, la crueldad toma ventaja sobre la compasión y la empatía. Y en las decisiones políticas.
Ojalá no tomemos partido por los indiferentes, los verdugos o los que no ven más allá de su obligo.

lunes, 3 de junio de 2019

El valle de los narcisos, capítulo 13: literatura para adolescentes.


La adolescencia, etapa de la vida para la que cualquier adjetivo carece de suficiente brillo. Emocionante y trágica, muchas veces. Para los adultos, estar a su lado es todo un reto.


13.
Me encaminé hacia el parque y esta vez tomé la precaución de comprobar que nadie me seguía: me detenía de vez en cuando fingiendo mirar un escaparate y observaba de reojo a los demás transeúntes; cruzaba de acera, incluso por dos veces entré en un portal y desde la penumbra aceché la calle (eso es lo que había visto hacer en varias películas policiacas). Me sentía extrañamente alerta, mi vista parecía haberse agudizado, y sobre todo mi oído: percibía con claridad las voces y el ruido de pasos, ruido de tacones, o de pies cansados que se arrastraban, y a cada instante temía oír el crujir de unos zapatos nuevos. Conforme me acercaba al lugar de nuestra cita, redoblaba mis precauciones. Poco antes de llegar al parque, entré en una heladería. Era mi heladería preferida, Los Pingüinos. Los domingos por la tarde solía comprarme allí un gran cucurucho de chocolate con la propina que me daba mi madre, y me lo iba comiendo poco a poco mientras volvía a casa. Esa tarde pedí uno pequeño ( no era domingo y sólo tenía unas monedas en el bolsillo) y me senté en la mesa del rincón, la que estaba junto al ventanal desde donde se podía observar la calle. El camarero me dirigió una fugaz mirada de extrañeza, quizás se dio cuenta del cambio en mi habitual comportamiento, pero siguió lavando vasos sin prestarme más atención. No había nadie en el establecimiento exceptuando una anciana que sorbía una horchata en la mesa contigua a la mía. Su pelo cuidadosamente peinado era de un blanco azulado, del mismo tono que su vestido. Tenía la mirada perdida a lo lejos, como si estuviese ensimismada en sus pensamientos. Yo la estaba observando cuando ella se volvió hacia mí y me sonrió. Tuve la sensación de que su sonrisa era también azul. Me dirigió un ligero saludo, pagó su horchata y salió. La vi alejarse con pasitos cortos por la calle desierta. Y, no sé por qué, yo también salí precipitadamente detrás de ella.
Al llegar al parque vi a un grupo de chicos jugando al balón, pero Oscar no estaba entre ellos. Me acerqué al seto y entonces lo oí.
_ ¡Eh, David!_ susurró _ Siéntate en el banco, estoy escondido aquí detrás.
Obedecí como un autómata, estaba demasiado aturdido para cuestionarme lo
excéntrico de la situación.
_ Escúchame, pero que no se te note_ continuó en el mismo tono.
Por un momento no supe si estábamos jugando a ladrones y policías o si realmente nos estábamos jugando la vida, y me pregunté si era sensato dejarme conducir por aquel muchacho de apenas doce años.

Oscar había llegado al Instituto ese mismo año, a primero de Secundaria, dos meses después de que el curso hubiese empezado. Alguien me dijo que lo habían expulsado de otro Centro, y ya el primer día organizó una pelea en el recreo.
_Dos chavales de Primero se han dado una paliza_ comentaban
mis compañeros_ Ese crío nuevo es un navajero, tío. El primer día y ya han tenido que llevarlo al despacho del Director.
_ Mira, es ese_ me dijeron al día siguiente_ ¡Vaya pinta!
Estaba apoyado en la valla del Instituto, con una litrona en la mano. Cuando pasamos a su lado dio un trago y eructó.
_ ¿Qué pasa, pringaos?_ nos dijo con tono retador.
Oscar no tenía miedo. Al contrario. Y en menos de un mes consiguió tener atemorizados a todos sus compañeros. Era un alivio, pensé entonces, no estar en el lugar de aquellos niños de Primero a los que Oscar amedrentaba con sus bravuconadas, sus amenazas y sus provocaciones. Pero cuál fue mi sorpresa cuando una mañana Miguel se presentó con él en nuestra clase de Griego.
_Siéntate allí, junto a David_ le dijo señalando el pupitre contiguo al mío.
Durante toda la clase, Oscar no pestañeó: estuvo escuchando con los ojos muy abiertos como Miguel nos hablaba de Homero, de la Iliada y la Odisea.
_ ¿No te importa que ese crío se siente a tu lado, verdad?_ me preguntó Miguel al terminar la clase_ No sabemos qué hacer con él, y estamos intentando que se integre en la vida escolar. Hemos pensado que alguna hora al día la pase en un grupo de mayores como el vuestro.
Me fui acostumbrando a verlo sentado en aquel pupitre una vez por semana, y a sus cambios de humor: había días en que era incapaz de permanecer sentado y se removía inquieto durante toda la hora, o hacía lo posible por atraer la atención de Miguel de las más diversas maneras; otras veces se mostraba tranquilo y dócil y realizaba las tareas que le habían marcado. Alguna vez lo vi hojeando libros que Miguel le prestaba. Yo mismo le pasé un día mi libro de mitología y durante toda la hora no levantó la cabeza, sólo de vez en cuando me daba un codazo señalando alguno de los personajes de las ilustraciones. “Este se parece a Fulanito o Menganito", me susurraba mencionando extraños apodos, como el Culebra, o el Picao.
_ Apenas sabe leer- me explicó más tarde Miguel_ Ha vivido prácticamente en la calle. Ahora la madre se empeña en que venga al Instituto porque los Servicios Sociales la amenazan con quitarle la custodia del muchacho si no se ocupa de que acuda a las clases. Es difícil imaginar lo que este crío puede haber soportado en sus once años de vida, él y otros muchos como él.

Lo que más me emociona cuando recuerdo a Miguel es cómo hablaba de sus alumnos, y su forma de mirarlos. Para él éramos personas, Oscar era una persona, y Alí, y Alberto. Después de que me hablase de Guadalupe, comprendí que así la habría mirado y hablado a ella. Me era fácil imaginar lo que habría sentido todo el tiempo que la cuidó, me bastaba con pensar en Tito para comprenderlo. Cuando terminaba su horario de clases, Miguel dedicaba algún tiempo libre a colaborar con los Servicios Sociales del Ayuntamiento. Tenía a su cargo a un grupo de chiquillos a los que intentaba ayudar en sus tareas escolares para así compensar sus deficiencias. Entre ellos estaba Oscar.
Yo fui testigo de la metamorfosis que se iba produciendo en Oscar día a día, se trataba de un cambio de imprevisibles resultados lleno de sobresaltos y sorpresas. Pero lo que era indudable es que aquel muchacho estaba empezando a asimilar elementos que hasta ese momento habían sido ajenos a su mundo: el respeto y la estima. También yo, casi sin darme cuenta, empecé a imitar las maneras de Miguel hacia él. Y él nos respondía con sus modales salvajes desbordantes de un agradecimiento que no sabía cómo expresar.
Y ahora me encontraba sentado en aquel banco, escuchando con disimulo sus confidencias.

Capítulos anteriores:

lunes, 27 de mayo de 2019

Capítulo 12 "El valle de los narcisos". En una sociedad narcisista, educar para la empatía.


12.
Fingí dormir la siesta cuando mi madre se asomó a mi habitación antes de marchar a su trabajo, y esperé con los ojos cerrados hasta que oí la puerta de la calle.

                            Imagen : https://tinyurl.com/y6axsual
Desde que mi padre murió, mi madre trabajaba como dependienta en unos grandes almacenes, en turno de tarde. Lo había preferido así para poder ocuparse de mi hermano por las mañanas. Yo la relevaba al salir del Instituto. Ahora que Tito había muerto, seguía con la misma rutina: trabajaría toda la tarde y luego ayudaría al encargado a hacer el inventario y la caja, y volvería a casa cerca de las diez. Yo me iba acostumbrando a las horas vacías, sin voces, a veces sentía deseos de pegar el oído al tabique para oír las de los vecinos. O entraba en la habitación de Tito y cerraba los ojos para imaginarme que él aún estaba allí, riendo y hablándome de mil cosas. Déjame estudiar ya, le tenía que decir algunas veces. Ahora añoraba su voz y su risa como nada en el mundo. Sin embargo, esta tarde agradecía el silencio y la soledad de nuestro piso.
Salí a la terraza, quería volver a ver la maceta que me regaló la mujer. Allí estaba, golpeando mi incredulidad y haciéndome sentir una enorme nostalgia por volver a aquel lugar desconocido. Faltaban varias horas para mi encuentro con Oscar, así que pensé que me tranquilizaría dar una vuelta en vez de quedarme encerrado en mi habitación.
Llegué hasta el parque, atravesé la avenida. Recordaba haber pasado por allí con mi maceta en las manos; en la parada del autobús una anciana con un vestido de lunares azules se había quedado mirando mis flores, de eso estaba seguro. El parque de los dos Chopos, y la floristería, la mujer y el jilguero debían de estar cerca. Recorrí todas las calles de los alrededores, ninguna me era desconocida, comprobé entonces. Y ninguna llevaba a mi parque. Empecé a pensar en aquel lugar como algo que me pertenecía, un lugar al que hubiese accedido desde mi interior y al que ahora se me negaba la entrada, y esto avivó mi nostalgia. Había estado pensando en estas cosas mientras continuaba caminando sin rumbo y así llegué a las afueras, a los últimos bloques de pisos de protección oficial: el barrio de Oscar. La visión de aquellos balcones de barandillas oxidadas me hizo volver a la realidad y sentirme avergonzado por dejarme arrastrar por mis fantasías. No era el mejor momento para los sueños, había que estar alerta y despierto. No se trataba de un juego, el miedo de los ojos de Oscar me lo hacía presentir. 
Aún quedaba alguna hora de luz, pero me encontraba bastante lejos del lugar de nuestra cita y decidí emprender el camino hacia allí. No hacía falta apresurarse, podría caminar tranquilamente y así intentar aclarar mis ideas y mis sentimientos. Es cierto que mi fantasía puede hacerme viajar muy lejos en algunas ocasiones, aunque por otro lado mi mente también es a veces capaz de ser fría y calculadora ( esto es otro de los aspectos contradictorios de mi personalidad). Mientras caminaba, esta faceta de mi carácter iba despertando. Analizaba la situación y mi reacción ante lo ocurrido. Habían asesinado a Miguel, mi profesor y mi amigo. Un gran hombre. Todo lo que se decía sobre él y su muerte era mentira, yo estaba seguro de ello. Tenía datos, que los difamadores desconocían, que ponían en evidencia la falsedad de los rumores. No eran sólo sueños, como quizás lo fuesen la sonrisa de la mujer de la floristería y el canto del jilguero, o los dedos de los chopos trenzando hilos de colores. Yo conocía a Miguel, sabía cómo pensaba, lo que sentía. Yo conocía a la mujer del cuadro, a Guadalupe. Y si aquellos rumores eran falsos, era de suponer que los mismos que le causaron la muerte los estaban divulgando para borrar las huellas de los verdaderos culpables. Los difamadores y los culpables eran los mismos. Y no estaban dispuestos a dejarse descubrir. Eran capaces de todo para impedirlo, eso es lo que me dijeron los ojos aterrorizados de Oscar. Oscar tenía miedo, porque Oscar sabía demasiado. Estaba en peligro, y yo lo estaría también en cuanto supiese lo que él sabía. Mi conclusión me hizo estremecer, volví la cabeza con aprehensión. Me di cuenta de que no estaba teniendo ningún cuidado de asegurarme que nadie me seguía, y por un momento pensé que aquello no era más que una locura, que lo mejor que podía hacer era volver a casa y olvidarme de todo. Olvidarme de Miguel. Y de Oscar. Tuve miedo y dudé, como si dos personas estuviesen luchando en mi interior. Cerré los ojos y vi todos los ojos que intentaba olvidar, los ojos azules de Miguel, siempre brillantes, los ojos almendrados de la mujer del cuadro, y ahora veía también los ojos de la mujer de la floristería, eran los mismos ojos almendrados, azules y llenos de luz; y los ojos castaños y espantados de Oscar. Estarían acechando desde algún rincón escondido del parque esperando verme aparecer. Tenía que darme prisa para que no se impacientara.

Capítulos anteriores:

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martes, 21 de mayo de 2019

El valle de los narcisos, capítulo 11: quedar atrapado.


11.
Mi madre golpeó suavemente a la puerta de mi habitación antes de asomarse.
_ David ¿hoy no piensas comer?
Me pareció una pregunta trivial, yo tenía otras muchas cosas en que pensar. Sin embargo no protesté y me dirigí resignado al comedor. Comí en silencio, bajo la mirada inquieta de mi madre. Un plato de lentejas, un filete con patatas fritas y una naranja. No es que el menú tuviera nada de especial, esto es evidente, pero lo recuerdo con todo detalle. Debía reponer mis fuerzas, me esperaba una tarde llena de interrogantes y probablemente también de riesgos.
_ Estas lentejas están riquísimas_ le dije a mi madre mientras saboreaba un trozo de chorizo que le daba un sabor especial al guiso.
Mi madre sonrió, y pareció relajarse.

Eran las cuatro cuando terminé de ayudarle a recoger la cocina. Estaba impaciente por encerrarme de nuevo en mi habitación para reflexionar en todo lo ocurrido hasta la hora de acudir a la cita con Oscar.
Había estado toda la mañana pensando en Guadalupe, ahora tenía que intentar ordenar mis ideas. El tipo de la melena enmarañada había hablado de drogas que habían sido encontradas en casa de Miguel; yo intentaba recordar si ese asunto había sido mencionado en las noticias de la radio, o en los periódicos, pero hubiese jurado que no se hablaba de ello ¿Cómo podía saberlo aquel tipo? ¿O se lo había inventado? Pero me costaba encontrar un motivo para semejante difamación. 
Fue en 4º de Secundaria cuando Miguel nos expuso su postura sobre la droga. Era el tutor del grupo y un compañero propuso que se debatiera el tema. Yo estaba ya resignado a oír una vez más la misma charla que todos se empeñaban en darnos: mi madre, los profesores, el psicólogo, la televisión con sus campañas antidrogas. Pero Miguel me sorprendió en cuanto empezó a hablar.
_Yo las he probado_ fue lo primero que dijo.
Hubo una reacción inmediata en la clase: guiños y codazos, algunos comentarios (un porrito, y alguna raya, mola colega, dijo alguien a mi espalda). No faltó tampoco la expresión de susto en la cara de otros.
_ ¿Qué drogas has consumido, Miguel?_ preguntó un compañero coreado por la risa de los demás.
_Tabaco. Y, para mi desgracia, sigo siendo fumador. Alcohol, pero de forma moderada: alguna caña y un vaso de tinto en las comidas. Y alguna copa con los amigos. Hachís, y coca, cuando era joven.
Hubo risas y murmullos en la clase. Y algún que otro compañero palideció como si hubiese visto al Diablo.
_ Hace ya mucho tiempo_ continuó y su tono serio nos hizo prestar atención_ Nunca quedé atrapado, fue una aventura. Pero nadie puede saber si quedará  o no atrapado.
Se hizo un silencio doloroso. Yo percibí su dolor y su tristeza, aunque entonces aún no conocía la historia de Guadalupe.
_ ¿Vosotros pensáis que vale la pena correr el riesgo de quedar atrapado?_ nos preguntó con una gran ternura cuando salió de sus reflexiones_ Es importante que conozcáis lo que eso significa. Depende de cada droga. Y nadie puede saber quién será  más fuerte, la droga o él. Ni siquiera un adulto, un hombre maduro en su cuerpo y en su mente. Un niño, un muchacho tiene todas las probabilidades de caer en la trampa.
Los que os inducen a consumirlas no merecen ninguna compasión.
 Las últimas palabras las pronunció con tanto coraje que nos asustó. Hasta los más atrevidos se removieron incómodos en sus pupitres.
Ese día empecé a sentir curiosidad por desvelar el secreto de Miguel. Ahora sé que ese secreto se llamaba Guadalupe. 


Los capítulos anteriores:


Caminando hacia ese punto de encuentro, ese abrazo con todo, que se traduce en acciones llenas de comprensión y compasión.

Hago una pausa durante un tiempo, para internarme en ese camino en búsqueda de respuestas.  "...somos conscientes de nuestra ...