La única victoria es la que se levanta desde un campo de batalla donde no hay vencedores ni vencidos, donde no queda la tierra sembrada de semillas de futuras guerras. Hoy, 12 de marzo, aún resuenan los ecos del 8M. Es un paso más en la evolución de la Humanidad, pero no avanzamos en línea recta, sino zigzagueando. Conviene no reproducir aquello que pretendemos erradicar: la desigualdad, el abuso de poder, el sometimiento.
Y hemos avanzado, y los signos de esperanza se multiplican. Los veo con alegría cada día. No voy a decir sus nombres, por respeto a su privacidad, pero quiero recalcar que no son personajes de ficción, que me los cruzo cada día. El compañero que aprende con su hijo a hacer punto y coser, mientras ella, la madre, ocupa su puesto en una entidad social; me encuentro con ella, profesora de ciencias, él trabaja en una editorial y cuida de los niños mientras ella va al Instituto; él se ocupa de su hija, la lleva al colegio y forma parte del Consejo Escolar, mientras ella trabaja en un Centro Médico; él empuja la silla de ruedas de la madre de su mujer, que está preparando oposiciones; más adelante, me cruzo con el vecino que empuja el carrito de su bebé...nadie ha perdido, todos han ganado. Esos hombres jóvenes no han renunciado a su masculinidad, la han enriquecido con las cualidades femeninas reprimidas durante siglos, siguen ocupando su puesto en la sociedad y también en el hogar, comparten la vida social y la vida doméstica, no hay humillación en sus caras, hay orgullo.
Ellas siguen amando y cuidando a los suyos en el hogar, pero trascienden los límites de sus casas para contribuir con su talento y sus capacidades al Bien Común de la sociedad. No hay revancha en sus caras, no pretenden adoptar la prepotencia masculina, hay fuerza, valentia, orgullo y mucha ternura.
Nadie ha perdido, todas y todos han ganado. Esa es la única victoria.