domingo, 30 de agosto de 2015

Un día perfecto, magnífica película.



Cuando contemplar la realidad se hace insoportable, con todo el dolor y sufrimiento de pueblos enteros frente a la codicia y crueldad de grupos dominantes, películas como "Un día perfecto", de Fernando León de Aranoa, nos devuelven la esperanza en el ser humano.

Actores como Tim Robbins, Benicio del Toro, Olga Kurylenko, Mélanie Thierry, Eldar Residovic, encarnan lo mejor del ser humano, esos héroes polvoriento y sudorosos, hundidos voluntariamente hasta la cintura en la miseria humana, movidos por la empatía sin fronteras. Enfrentados a la burocracia sin alma, luchan por ayudar a resolver los problemas cotidianos de la gente. Frente a la irrealidad de lo abstracto y general, grandes palabras de grandes organismos, ellos se juegan la vida porque un pueblo tenga agua o un niño recupere su balón. 
Capaces de sonreír en el infierno, caldean el alma y renuevan el impulso de seguir luchando por la dignidad humana. A veces he pensado que toda la bondad de tantos hombres y mujeres, millones, que en la vida cotidiana tienden sus manos por los demás, podría volcarse en la política y cambiar el ejercicio del poder; otras veces he dudado y temido que la burocracia sin alma ahogase este impulso de servicio. No lo sé. Pero mientras haya personas como los cooperantes, habrá esperanza.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Solo hay personas


No existen islas. No existen clases, no existen castas. Existen personas que luchan por sobrevivir en un sistema dotado cada día de más interrelaciones y por cuyos recursos, aun siendo suficientes para la supervivencia de todas y cada una de ellas, se compite en vez de compartirse.
La competencia es feroz y cruel, el que más fuerza tiene gana y acumula bienes más allá de sus necesidades y aplasta al débil sin piedad, construye vallas, de alambres de espino u otras invisibles pero no menos segregacionistas; y los más débiles se desesperan y se dejan morir, o se rebelan y dejan su piel en las fronteras. No existen islas, no existen clases ni castas, solo personas ante las que se abren dos opciones: optar por competir hasta la muerte, abandonando toda dignidad humana, o reconocerse como seres sociales, capaces de compadecerse, de compartir, de renunciar a tantas cosas innecesarias para que a nadie le falte lo imprescindible, de asumir el compromiso de colaborar y aportar lo mejor de cada una al Bien Común. Recursos, los hay. Solo nos falta recuperar lo mejor de la naturaleza humana. Y para ello, hay que unirse, más allá de los    –ismos, de todas las señas de identidad de grupos (religión, ideología, partidos), para reconocernos personas.
Como respondió el pequeño a la pregunta “¿hay extranjeros en tu clase?”: “solo hay niños”

Somos personas.

imagen: elpropio.com

martes, 18 de agosto de 2015

Nadie es más que nadie.


Si comprendiésemos que nadie es más que nadie se solucionarían muchos problemas. Por un lado se terminaría con la arrogancia de los que desprecian a los otros con un fatuo complejo de superioridad; por otro, con el resentimiento y la insatisfacción, a veces llena de envidia, de personas acomplejadas y descontentas consigo mismas. En lugar de estas dos actitudes erróneas todas las personas deberían desarrollar la humilde sabiduría y la aceptación gozosa de las propias cualidades y debilidades, y el profundo y sincero respeto por las de las demás.
Muchas brechas sociales se podrían subsanar con este cambio de mentalidad, como por ejemplo el enfrentamiento entre intelectuales vs trabajadores manuales.
 Por un lado, entre muchas personas, que podríamos calificar como intelectuales por su formación y profesión, existe una soberbia que les hace menospreciar a aquellas que no pertenecen a su clase. Esta actitud demuestra una profunda ignorancia vital, el desconocimiento de las infinitas cualidades y capacidades que permiten realizar tareas absolutamente necesarias para el bien de la comunidad. La inteligencia abstracta es solo una parte de la asombrosa capacidad humana.

Po otro lado, entre los trabajadores manuales y artesanos, se da con frecuencia un sentimiento de resentimiento contra la clase “intelectual”. Por desgracia, no son pocos los episodios de revancha que se han dado a lo largo de la historia. Llevar gafas o no tener callos en las manos ha llegado a ser motivo de ser considerado un enemigo en algunos lamentables casos.

Si realmente entendiésemos que todas las personas poseen la misma dignidad, que todas son diferentes, valiosas y necesarias, los complejos de superioridad e inferioridad, igualmente dañinos, no tendrían cabida. Que cada uno se dedique a aquello para lo que está más capacitado: eso no es clasismo ni elitismo, es simplemente sentido común, y en el fondo auténtico respeto por la dignidad de todas las personas sea cual sea su oficio o profesión. No pretendamos que el zapatero nos opere de apendicitis, ni que el cirujano se dedique a hacer zapatos. Los necesitamos a los dos, los dos son valiosos, los dos dignos de todo respeto. Pero, como dice el refrán popular, “zapatero a tus zapatos”.

imagen: pontepalabras.blogspot.com

lunes, 17 de agosto de 2015

Participando en le bien común

La temporalidad del ejercicio representativo de la política debería ir unido a su transparencia, su horizontalidad, el trabajo en equipo y la participación. Si se trabaja con la ciudadanía y para la ciudadanía, no tiene sentido el secretismo, ni la jerarquía que otorga el poder de decisión al líder. Se trata de trabajar en equipo, permitiendo la participación (organizada, por supuesto) de todas las personas que lo deseen. Equipos coordinados, horizontales, donde el liderazgo sea la capacidad de abrir caminos a todas las personas que lo componen y poner en valor sus capacidades sin imponerles el propio valor. La participación de la ciudadanía requerirá de un largo proceso de pedagogía democrática, pues supone compromiso social para buscar y ejecutar soluciones a los problemas comunes. Y sobre todo, habrá que facilitar a la ciudadanía que puedan realizar sus tareas y seguir con sus vidas del modo más digno posible, pues es principalmente de ese modo como se contribuye al bien general de la sociedad. 

Imagen: tbc2economia_bien_comun

domingo, 16 de agosto de 2015

Elecciones, elecciones, elecciones.


¿Les queda tiempo a los políticos para otra cosa que no sea hablar de sí mismos y de sus oponentes? A veces nos preguntamos si la política no se ha transformado en metapolítica, y los políticos en metapolíticos: personas dedicadas a ellos mismos, a promocionarse, defenderse o denostar a sus oponentes. Oyéndolos, elección tras elección (europeas, autonómicas, municipales, generales…y vuelta a empezar, con el añadido de las primarias en cada partido) nos preguntamos: ¿y nosotras qué? ¿y  nuestros problemas?
¿y la gente que realmente los resuelven: los maestros que educan a nuestros hijos e hijas, los profesionales que se encargan de nuestra salud, los funcionarios, los técnicos, los artesanos, los obreros, los empresarios, los artistas…la gente que cada mañana se levanta a su trabajo y por la que el mundo sigue y seguirá aunque todos los políticos desapareciesen?

Algo hay que hacer, algo no funciona. 

Y no me cansaré de repetir que hay personas que se dedican a la política por convicción, profundamente comprometidas con el bien general y con una conciencia social admirable. Estas personas merecen todo nuestro respeto. Pero el sistema necesita mejorar, corregir esta sobresaturación propagandística de las elecciones.

imagen: Promo_slices49.jpg Daniel Vendrell, otros

viernes, 7 de agosto de 2015

Clases y castas, o la riqueza de la diversidad

La mente humana es diseccionadora y desintegradora, va parcelando la sociedad, y enfrentando cada parcela a la vecina: enfrentamientos por diferencias en la concepción del mundo, por el sexo, por la raza o la nacionalidad, por la lengua, por la clase social, por la casta. El error no está en esta disección sino en que debería ir más lejos para descubrir la verdadera esencia de la sociedad: cada individuo, único e irrepetible, sea hombre o mujer, sea cual sea su religión, su raza, su nacionalidad, su lengua, su clase social, su casta. Para regenerar el sistema social hay que desmontar este parcelamiento, y desmontarlo no para concebir la sociedad como un bloque granítico unitario sino más bien para profundizar hasta llegar a la maravilla de la unicidad de cada persona y la inconmensurable riqueza de la diversidad.

La dignidad y la grandeza de una persona no depende de que sea obrero o empresario, intelectual o trabajador manual: depende de que desarrolle su capacidad sin menosprecio de la capacidad del otro, que se realice como persona en su actividad y que contribuya al bien común, y esto es aplicable para todas las personas. No hay que menospreciar ninguna capacidad, al contrario, hay que estimularla premiando el esfuerzo, el trabajo y la valía; ni hay que sustraer al bien común la capacidad de cada persona pueda aportar.

Todas las personas somos diferentes, todas somos necesarias, los empresarios y los obreros, los intelectuales y los artesanos. Cada vez que excluimos a alguien porque no es de “los nuestros” perdemos todas.

jueves, 6 de agosto de 2015

Ni “cada uno para sí”, ni “que me lo solucione papá”


Un nuevo sistema social y político requiere superar desde las estructuras más básicas (asociaciones, municipios) dos posturas que nos han llevado a una situación global abocada al fracaso: el “cada uno para sí” (competir, buscar beneficio propio por encima y contra el beneficio común) en un extremo, y en el otro el “que me lo soluciones todo papá estado, el alcalde, el presidente; lloro, pataleo, exijo y papá me lo soluciona”
Un sistema alternativo debería cimentarse en el estricto cumplimiento de los Derechos Humanos Universales (tan lejos de ser observados), que aunase la libertad del individuo, su unicidad, su iniciativa y creatividad, y el valor de su esfuerzo por un lado, y por otro lado la igualdad, la contribución al bien común y la redistribución de los excedentes.


El cambio real debe ser radical y comenzar por el individuo; crear el marco necesario para que cada persona aporte al común según sus capacidades y reciba del común según sus necesidades.
La sociedad debe amparar a los individuos, de modo especial a los más débiles, y los individuos deben adquirir la madurez de la auténtica participación: no basta con denunciar o quejarse, hay que proponer soluciones y sobre todo ejecutarlas. Y esto es tarea de todas.

El Estado, el gobierno, los que ejercen la política, deben actuar como facilitadores de las acciones de la ciudadanía y como garantes de la libertad y la justicia social para todas las personas. Nunca olvidar que los protagonistas no son los políticos (por más que los medios nos abrumen con sus cara y sus nombres) sino la gente.

imagen: derechoshumanspuno.org

Ser parte de la Utopía

Deseo agradecer a todas las personas que compartieron conmigo un momento muy especial, la presentación de mi breve ensayo "Punto de e...